PARTE 2: EL IMPERIO QUE YA NO PODÍA RECLAMAR

Julian miró la carpeta como si contuviera una sentencia.

—¿Qué hiciste?

Deslicé el primer documento hacia él.

—Durante diez años pensé que estaba salvando la empresa de tu familia.

Hice una pausa.

—En realidad, estaba construyendo algo que tú abandonaste.

Julian tomó los papeles.

Su expresión cambió página tras página.

Las acciones.

Las adquisiciones.

Las deudas canceladas.

Los contratos.

Las nuevas filiales.

Todo llevaba mi firma.

—Esto no puede ser legal —murmuró Vivian.

Adrian soltó una risa amarga.

—Claro que puede.

Sacó su propio teléfono.

—Porque yo fui testigo de cómo Isabella pagó cada deuda cuando tú estabas desaparecido.

Emily se acercó a la mesa.

—Y mamá firmó el acuerdo de sucesión hace ocho años.

Julian levantó la cabeza.

—¿Mamá?

Eleanor no respondió inmediatamente.

Miró a su hijo durante unos segundos.

—Cuando tu padre enfermó, tú desapareciste.

Su voz tembló.

—Isabella se quedó.

Julian apretó los dientes.

—Yo tuve mis razones.

—Entonces explícalas —dije.

Silencio.

Vivian tomó su brazo.

—Julian, no tienes que justificarte ante ella.

Me reí suavemente.

—Eso es curioso.

Abrí otro documento.

—Porque esta mujer sí debería explicarnos algo.

Vivian palideció.

—¿Qué quieres decir?

Coloqué una copia sobre la mesa.

—El registro del barco.

Julian se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—La noche de tu supuesta muerte, el barco nunca salió del puerto como declaraste.

Sus ojos cambiaron.

—Isabella…

—No terminamos.

Deslicé otra hoja.

—La persona que compró los boletos falsos para ti y Vivian fue una empresa vinculada a tu propio abogado.

Adrian dio un paso hacia adelante.

—¿Nos engañaste durante diez años?

Julian no respondió.

Emily comenzó a llorar.

—¿Nos dejaste creyendo que estabas muerto?

Eleanor se cubrió la boca.

Yo cerré la carpeta.

—No regresaste para recuperar a tu familia, Julian.

Lo miré directamente.

—Regresaste porque descubriste que la empresa que abandonaste ahora vale diez veces más.

Vivian bajó la mirada.

Pero entonces Julian sonrió.

Una sonrisa fría.

—Aunque todo eso fuera cierto, sigo siendo heredero de los Lancaster.

—No.

Mi abogado entró al salón.

Llevaba un sobre azul.

—Ya no.

Julian lo miró.

—¿Quién es usted?

—El representante legal del fideicomiso Lancaster.

Sacó un documento.

—La junta aprobó hace siete años una cláusula de pérdida de derechos para cualquier heredero que abandonara voluntariamente la familia y ocultara su paradero.

Julian dejó de respirar.

—Eso es imposible.

—No —respondió mi abogado—. Es precisamente lo que firmaste antes de desaparecer.

Julian miró a su madre.

Eleanor bajó los ojos.

Por primera vez, entendió.

Nunca había vuelto para recuperar un hogar.

Había vuelto para recuperar un imperio.

Y acababa de descubrir que el imperio ya no lo reconocía como dueño.

Entonces uno de sus hijos se acercó a mí.

Era el menor.

Me miró con ojos confundidos.

—¿Tú eres Isabella?

Me agaché.

—Sí.

El niño apretó los labios.

—Papá dijo que tú le quitaste todo.

Miré a Julian.

Luego volví a mirar al niño.

—No, cariño.

Me levanté.

—Tu padre lo dejó todo.

Y esta vez, fue Julian quien no pudo responder.

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