La llave era vieja, pesada y tenía grabado un número: 317.
—¿Qué abre? —pregunté.
Rosa miró hacia la puerta.
—Una caja de seguridad.
—¿Dónde?
—En el banco que su familia utilizaba antes de que usted asumiera el control de Grupo Valdés.
Sentí un escalofrío.
—¿Y por qué Camila sabe de Mateo?
Rosa apretó los labios.
—Porque ella conoció a Nicolás.
Me quedé inmóvil.
Camila me había contado durante años que nunca había visto a mi hermano después de su desaparición.
—Eso no es posible.
—Yo también lo creí —respondió Rosa—. Hasta que la escuché hablar con él.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Nicolás está vivo?
Rosa negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
Sacó su teléfono y me mostró una fotografía tomada hacía varios meses.
Era una captura de una cámara de seguridad.
Un hombre entraba en un estacionamiento subterráneo.
El rostro estaba parcialmente oculto.
Pero reconocí inmediatamente la cicatriz detrás de su oreja.
La tenía Nicolás desde niño.
Debajo de la fotografía aparecía una fecha.
Tres meses después de la supuesta muerte de mi hermano.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Él me la envió.
Miré nuevamente la imagen.
Entonces recordé algo.
Camila había sido la primera persona que insistió en que Nicolás debía ser declarado muerto.
Había contratado abogados.
Había presionado a mi familia.
Incluso convenció a mi padre de cerrar la investigación privada.
Y ahora Rosa decía que ella sabía de Mateo.
—¿Quién es realmente Camila?
Rosa respiró profundamente.
—La mujer que estaba a punto de casarse con usted para controlar sus acciones.
Sentí que todo el hospital se volvía silencioso.
—¿Mis acciones?
—Nicolás descubrió que alguien necesitaba que usted muriera, desapareciera o firmara ciertos documentos. Su compromiso con Camila no fue casualidad.
Me levanté.
—¿Dónde está Mateo?
—En casa de la vecina.
Tomé las llaves del coche.
—Voy por él.
Rosa me sujetó la muñeca.
—No solo.
La miré.
—¿Por qué?
—Porque si Camila descubrió que usted encontró la llave, Mateo será lo primero que buscará.
En ese momento mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
No escuché ninguna palabra.
Solo una respiración.
Después llegó un mensaje con una fotografía.
Mateo estaba sentado en el asiento trasero de un automóvil.
Debajo aparecía una frase:
“Ahora sabes por qué Nicolás desapareció.”
Sentí que la sangre se me helaba.
Rosa miró la pantalla y palideció.
—Señor Alejandro…
—¿Qué?
Señaló la esquina de la fotografía.
Había una pequeña pegatina azul pegada al cristal.
La misma que Nicolás llevaba siempre en su automóvil.
Entonces llegó otro mensaje.

“Si quieres volver a ver al niño, lleva la llave 317.”
Y por primera vez comprendí que la llave no abría una caja.
Abría el secreto que mi hermano había protegido durante seis años.