Luca miró la fotografía durante varios segundos.
Luego levantó la vista hacia mí.
—Nia… ¿cuántos años tienen?
No respondí inmediatamente.
Mis gemelos tenían siete años.
La misma edad que tendría un hijo suyo si hubiéramos formado la familia que una vez imaginamos.
Evelyn se acercó.
—Luca, vámonos.
Él no se movió.
Uno de los niños dejó el lápiz sobre la mesa.
—Mamá, ¿por qué ese señor me mira así?
Luca tragó saliva.
—Porque…
No pudo terminar.
Yo tomé la fotografía de su mano.
—Luca, esta no es una conversación para tener aquí.
Él me miró con una mezcla de incredulidad y miedo.
—¿Son míos?
El restaurante pareció quedarse en silencio.
—No hagas esa pregunta delante de ellos.
—Necesito saberlo.
—Después de tantos años, ¿ahora necesitas saberlo?
Su rostro se endureció.
—Me dijiste que te ibas porque no querías tener hijos conmigo.
Solté una risa amarga.
—Eso nunca fue lo que dije.
Evelyn intervino:
—Luca, ella está intentando aprovecharse de ti.
Uno de mis hijos levantó la cabeza.
—Mamá, ¿ese señor es famoso?
El otro respondió:
—Creo que se parece a nosotros.
Luca cerró los ojos durante un instante.
Luego volvió a mirarlos.
—¿Cómo se llaman?
—Mateo y Leo.
Él repitió los nombres en voz baja, como si quisiera memorizarlos.
Entonces preguntó:
—¿Quién es su padre?
No contesté.
Mi silencio fue suficiente.
Luca retrocedió un paso.
—Dios mío.
Evelyn palideció.
—No puedes estar seguro solo por unos ojos.
—Lo sé —respondió él.
Sacó el teléfono.
—Por eso voy a hacerme una prueba.
Lo miré fijamente.
—No.
Luca levantó la vista.
—¿Por qué?
—Porque ellos no son una prueba de lo que hiciste conmigo.
Su expresión se quebró.
—Nia, si son mis hijos…
—Entonces tendrás que descubrirlo de la manera correcta.
Guardé la fotografía en mi bolso.
—No vas a aparecer después de siete años y exigir respuestas delante de ellos.
Luca asintió lentamente.
—Está bien.
Pensé que se marcharía.
Pero antes de irse, sacó una tarjeta y la dejó sobre la mesa.
—No te estoy pidiendo que vuelvas conmigo.
Hizo una pausa.
—Solo quiero conocer la verdad.
Esperó unos segundos y añadió:
—Porque si esos niños son míos, hay alguien que me mintió durante todos estos años.
Lo miré.
—Sí.
Su rostro cambió.
—¿Quién?
No respondí.

Porque durante siete años había guardado una carpeta que contenía los resultados médicos de nuestro último tratamiento de fertilidad.
Y en aquella carpeta aparecía un nombre que Luca jamás esperaba volver a ver.
El de su propia madre.