Los tacones de Daniela sonaban cada vez más cerca.
Tac.
Tac.
Tac.
Teresa seguía arrodillada junto a la cuna, con el frasco escondido entre las manos.
Debajo de la cuna, Rodrigo no respiraba.
Nunca en su vida había sentido una vergüenza tan grande.
Había desconfiado de la única persona que llevaba meses cuidando a su hijo como si fuera suyo.
Y había estado a punto de entregar a Emiliano a la mujer que acababa de confesar algo imposible de perdonar.
La puerta se abrió lentamente.
Daniela apareció sonriendo.
—¿Todavía aquí?
Teresa se puso de pie despacio.
No respondió.
Daniela cerró la puerta detrás de ella.
—Te dije que nadie iba a creerte.
La nana apretó el frasco contra el pecho.
—No se acerque al niño.
Daniela soltó una risa baja.
—¿De verdad piensas detenerme?
Dio un paso.
Luego otro.
—Rodrigo ya tomó una decisión. En unos minutos vas a estar fuera de esta casa y nadie volverá a escucharte.
Teresa retrocedió hasta quedar junto a la cuna.
—Dios la está viendo.
Daniela sonrió con desprecio.
—Dios no firma testamentos.
Le arrebató el frasco de las manos de un tirón.
En ese mismo instante, una voz grave rompió el silencio.
—Pero yo sí.
Daniela se quedó inmóvil.
Su rostro perdió todo el color.
Rodrigo salió lentamente de debajo de la cuna.
Tenía el saco cubierto de polvo.
Las manos cerradas en puños.
Y unos ojos que Teresa nunca le había visto.
No eran ojos de tristeza.
Eran ojos de un padre que acababa de descubrir que casi entrega a su hijo a la persona equivocada.
Daniela dio un paso hacia atrás.
—Amor… yo…
Rodrigo levantó la mano.
—No vuelvas a llamarme así.
Ella intentó sonreír.
—Escuchaste mal.
—Escuché suficiente.
Daniela tragó saliva.
—Esa mujer me tendió una trampa.
Rodrigo señaló a Teresa.
—Ella nunca supo que yo estaba aquí.
El silencio cayó sobre la habitación.
Daniela miró la cuna.
Luego debajo de la cuna.
Entonces entendió que todo había terminado.
Pero todavía intentó mentir.
—Ese frasco no era mío.
Rodrigo extendió la mano.
—Dámelo.
Ella dudó apenas un segundo.
Después lo entregó.
Rodrigo leyó la etiqueta.
No decía el nombre de ningún medicamento.
Solo había un número de lote y una etiqueta arrancada.
Lo guardó en el bolsillo del saco.
—Lo revisarán los peritos.
Daniela abrió mucho los ojos.
—¿Peritos?
—Sí.
—¿Me vas a denunciar por la palabra de una empleada?
Rodrigo la miró con una calma que daba miedo.
—No.
Sacó lentamente su teléfono.
Presionó un botón.
En la pantalla apareció una grabación de audio.
La voz de Daniela llenó el cuarto.
“Rodrigo está débil… cuando Emiliano desaparezca de esta casa…”
Daniela sintió que las piernas le fallaban.
Miró a Teresa.
Después a Rodrigo.
—Tú…
Él levantó el teléfono.
—Desde que Teresa empezó a decirme que pasaban cosas extrañas, instalé un sistema de grabación en el cuarto del bebé.
Teresa abrió los ojos sorprendida.
Ni ella lo sabía.
Rodrigo continuó.
—No quería creerle… pero tampoco podía ignorarla.
Daniela empezó a llorar.
No eran lágrimas de arrepentimiento.
Eran lágrimas de miedo.
—Fue un malentendido.
—¿También es un malentendido decir que mi hijo era un estorbo?
Ella guardó silencio.
—¿También es un malentendido culpar a Teresa?
Daniela no encontró respuesta.
En ese momento sonó el intercomunicador.
—Señor Armenta —dijo el jefe de seguridad—. Ya llegaron las personas que pidió.
Daniela frunció el ceño.
—¿Qué personas?
Rodrigo respondió sin apartar la vista de ella.
—Mi abogado.
Hizo una pausa.
—Y dos agentes ministeriales.
El rostro de Daniela quedó completamente blanco.
Intentó caminar hacia la puerta.
Pero dos guardias ya estaban ahí.
—Señorita Daniela —dijo uno de ellos con respeto—. El señor nos pidió que nadie salga de esta habitación hasta que lleguen las autoridades.
Daniela comenzó a respirar cada vez más rápido.

—No pueden hacerme esto.
Rodrigo caminó hasta la cuna.
Tomó a Emiliano en brazos con una delicadeza que no había tenido desde que Lucía murió.
El bebé abrió los ojos y, por primera vez en semanas, dejó escapar una pequeña sonrisa.
Rodrigo sintió un nudo en la garganta.
Miró a Teresa.
—Perdón.
La nana bajó la cabeza.
—Lo importante es que el niño está bien, patrón.
Él negó lentamente.
—No.
Con los ojos llenos de culpa añadió:
—Lo importante es que tú nunca dejaste de protegerlo… incluso cuando yo dejé de confiar en ti.
Las lágrimas comenzaron a rodar por el rostro de Teresa.
Afuera, el elevador anunció una nueva llegada.
Las puertas se abrieron.
Se escucharon pasos firmes por el pasillo.
Y justo cuando alguien llamó a la puerta del departamento, Daniela comprendió que el verdadero peligro nunca había sido la nana.
Había sido creer que un padre jamás descubriría la verdad escondida bajo la cuna de su propio hijo.