(Continuación de la segunda parte)
La palabra “ajustar cuentas” salió de mi boca con una calma que incluso a mí misma me sorprendió.
Porque antes de ese día, yo siempre había sido la persona que intentaba mantener la paz.
La esposa que pensaba antes de hablar.
La mujer que prefería tragarse una herida antes que provocar un conflicto.
Pero aquella firma falsa había destruido algo más profundo que mi confianza.
Había destruido la imagen que tenía de mi matrimonio.
Ho Cheng Chau me miró fijamente.
Quizá esperaba que, al volver a casa, yo llorara.
Que gritara.
Que le preguntara por qué.
Que, como tantas veces antes, terminara buscando una explicación para justificarlo.
Pero no hice nada de eso.
Simplemente caminé hacia la salida.
—Tri Du.
Su voz me detuvo.
Me giré lentamente.
—¿Qué?
Durante unos segundos, pareció no saber qué decir.
Finalmente bajó la voz.
—No quería que las cosas terminaran así.
Sonreí ligeramente.
—Pero hiciste todo lo necesario para que terminaran así.
Su expresión cambió.
El camino de regreso fue silencioso.
Por primera vez en tres años, Ho Cheng Chau no intentó tomar mi mano.
Y por primera vez en tres años, yo tampoco esperé que lo hiciera.
La misma carretera.
El mismo cuartel.
La misma zona residencial.
Pero todo parecía diferente.
Cuando llegamos a casa, Chu Jun ya estaba allí.
Había llegado antes.
La vi sentada en el sofá con una taza de té entre las manos.
Como si aquel lugar realmente le perteneciera.
Como si mi regreso fuera una interrupción.
Levantó la mirada.
—Tri Du.
No respondí.
Dejé mi bolso sobre la mesa.
Ho Cheng Chau cerró la puerta detrás de nosotros.
—Hablemos.
Me senté frente a él.
—Empieza.
Él permaneció de pie.
Durante mucho tiempo.
Finalmente dijo:
—La solicitud de vivienda fue idea mía.
Asentí.
—Continúa.
—Chu Jun acaba de regresar. Su situación es complicada.
—¿Y?
Su voz se detuvo.
—Necesitaba ayuda.
Lo miré.
—Entonces ayúdala.
—Pero no uses mi nombre.
Silencio.
—No uses mi firma.
—No decidas sobre mi vida sin preguntarme.
Cada palabra cayó lentamente.
Ho Cheng Chau apretó la mandíbula.
—Sé que estuvo mal.
—¿Mal?
Lo miré.
—Ho Cheng Chau, tú eres un militar.
—Te han enseñado durante años la importancia de la responsabilidad.
—¿Y ahora me dices que falsificar la firma de tu esposa fue simplemente “estar mal”?
Él guardó silencio.
Porque sabía que tenía razón.
Tres años.
Eso era lo que más dolía.
No la casa.
No Chu Jun.
Sino los tres años que pensé que él era diferente.
Recordé el día de nuestra boda.
No hubo ceremonia.
No hubo fotografías.
Solo dos familias sentadas frente a una mesa.
Y un acuerdo.
Yo pensé que un matrimonio sin amor podía convertirse lentamente en uno con amor.
Porque Ho Cheng Chau me había tratado bien.
Cuando tenía fiebre, él preparaba medicamentos.
Cuando trabajaba hasta tarde, él esperaba afuera del hospital.
Cuando mi madre enfermó, fue él quien condujo toda la noche para acompañarme.
Pensé:
Quizá no me ama todavía.
Pero me respeta.
Y ahora entendía.
Quizá sí me respetó alguna vez.
Pero cuando apareció Chu Jun…
yo dejé de ser la primera persona en la que pensaba.
—Tri Du.
La voz de Ho Cheng Chau me devolvió al presente.
—Te prometo que la situación no volverá a repetirse.
Lo miré.
—¿Y si Chu Jun vuelve a necesitar algo?
Él no respondió.
Porque la respuesta era evidente.
Siempre habría una excepción.
Siempre habría una razón.
Siempre habría alguien que necesitaba más comprensión que yo.
Suspiré.
—Ya entiendo.
Me levanté.
—¿Qué entiendes?
Lo miré.
—Que en este matrimonio siempre habrá espacio para otra persona.
Su rostro cambió.
—No es así.
—Entonces dime.
Di un paso hacia él.
—Si hoy Chu Jun no hubiera aparecido…
—¿Me habrías contado sobre la vivienda?
Silencio.
—¿O habría tenido que descubrirlo por un tablón de anuncios otra vez?
No pudo responder.
Esa noche dormimos en habitaciones separadas.
La primera vez desde que nos casamos.
Ho Cheng Chau estuvo mucho tiempo frente a mi puerta.
Lo escuché.
Pero no abrió.
Quizá porque por primera vez entendió que una disculpa no podía entrar donde la confianza había salido.
A la mañana siguiente, dejé mi carta de renuncia sobre la mesa.
No era impulsiva.
La había preparado desde el día anterior.
Lin Xiaotao me encontró en la sala de medicamentos.
Cuando vio los documentos, sus ojos se abrieron.
—Hermana Tri Du…
—¿Te vas?
Asentí.
—Sí.
—Pero este es tu lugar.
Miré las estanterías llenas de medicamentos.
Los años de trabajo.
Los pacientes.
Los recuerdos.
—Lo sé.
Sonreí.
—Por eso duele tanto dejarlo.
Ella bajó la voz.
—¿Y el jefe de Estado Mayor Ho?
Guardé silencio unos segundos.
Luego dije:
—A veces una persona no pierde algo cuando se va.
—A veces lo pierde mucho antes.
Ese mismo día, Ho Cheng Chau recibió mi carta.
Por primera vez desde que lo conocía, perdió completamente la calma.
Corrió hacia la sala de medicamentos.
Pero yo ya me había ido.
Solo quedaba mi escritorio vacío.
Sobre él había una pequeña nota.
Tres líneas.
Nada más.
“Gracias por haberme cuidado durante estos tres años.”
“Pero ya no puedo seguir esperando que vuelvas a elegirme.”
“—Shen Tri Du.”
Ho Cheng Chau sostuvo el papel con fuerza.
Por primera vez, sintió miedo.
No el miedo del campo de entrenamiento.
No el miedo de perder una batalla.
Sino el miedo de perder a la única persona que siempre había estado allí.
Esa noche, Chu Jun apareció frente a él.
—Cheng Chau.
Él levantó la mirada.
Ella dudó.
—¿Tri Du realmente se va?
Ho Cheng Chau no respondió.
Chu Jun apretó los labios.
—Quizá deberías darle algo de tiempo.
Él la miró.
Por primera vez, su mirada no tenía la misma paciencia de antes.
—Chu Jun.
Ella se quedó quieta.
—¿Sabías que la firma era falsa?
El aire se congeló.
Un segundo.
Dos segundos.
Demasiados.
Y ese silencio fue suficiente.
Ho Cheng Chau cerró los ojos.
Finalmente entendió.
No era solo una decisión equivocada.
No era solo una vivienda.
Era una cadena de elecciones.
Una detrás de otra.
Y cada una había empujado a Shen Tri Du un poco más lejos.
Tres días después, cuando Ho Cheng Chau llegó a la estación de tren militar…
La vio.
Shen Tri Du llevaba una maleta.
Su cabello estaba recogido.
Su espalda estaba recta.
Ya no parecía una esposa abandonando un hogar.
Parecía una mujer regresando a sí misma.
Él corrió hacia ella.
—Tri Du.
Ella se detuvo.
Pero no se volvió inmediatamente.
—¿Qué pasa?
Esa distancia lo golpeó más que cualquier palabra.

Porque antes ella siempre se giraba al escuchar su voz.
Ahora no.
—Vuelve conmigo.
Finalmente habló.
Ella cerró los ojos unos segundos.
Luego preguntó:
—Ho Cheng Chau.
—Cuando falsificaste mi firma…
—¿Pensaste alguna vez que podía irme?
Él quedó inmóvil.
Porque la respuesta era no.
Nunca lo había pensado.
Siempre creyó que ella estaría allí.
Esperando.
Perdonando.
Comprendiendo.
Ella tomó su maleta.
—Ese fue tu mayor error.
El tren anunció su llegada.
Shen Tri Du subió sin mirar atrás.
Y esta vez…
Ho Cheng Chau fue quien se quedó parado en el andén.
Viendo cómo se alejaba la persona que durante tres años había estado a su lado.
La persona que él creyó que nunca perdería.
Hasta que finalmente la perdió.