El documento dentro del sobre era una copia de la escritura original.
Daniel la reconoció inmediatamente.
La casa había pertenecido a mis padres.
Pero había una cláusula que él nunca supo que yo conocía.
Si la propiedad era vendida, hipotecada o transferida mediante fraude, regresaría automáticamente al fideicomiso familiar.
Y tres semanas antes de mi operación, Daniel había intentado hipotecarla.
Con mi firma falsificada.
Lo descubrí aquella última noche en su despacho.
También encontré correos entre él, Vanessa y un agente inmobiliario.
La casa estaba valorada en casi dos millones de dólares.
Daniel pensaba obtener un préstamo sobre ella, quedarse con el dinero y después hacerme firmar documentos mientras todavía estuviera recuperándome.
Vanessa leyó la escritura.
—¿Falsificaste su firma?
Daniel no respondió.
Pero ese no era su mayor problema.
La investigación del incendio había comenzado.
Y las cámaras de Teresa mostraban algo que Daniel desconocía.
A las 8:41 de aquella noche, veinte minutos después de que yo abandonara la propiedad, un automóvil se detuvo frente a la casa.
Un hombre entró utilizando una llave.
Salió doce minutos después.
Poco después comenzó el incendio.
Yo estaba en un autobús cuando ocurrió.
Tenía billete, cámaras y testigos.
Daniel, en cambio, conocía perfectamente al hombre de las imágenes.
Era Víctor Salas.
Su socio.
Cuando los investigadores lo localizaron, Víctor decidió hablar.
Daniel había preparado un fraude al seguro.
Su plan original era conseguir primero el préstamo sobre la casa.
Después provocar el incendio y cobrar también la póliza.
Solo que mi salida inesperada del hospital había alterado el calendario.
Víctor recibió instrucciones de actuar aquella misma noche porque Daniel temía que yo encontrara los documentos.
—Esto es mentira —insistió Daniel.
Entonces Víctor entregó los mensajes.
Y apareció el nombre de Vanessa.
Ella también sabía del plan.
Dos semanas después presenté la demanda de divorcio.
Daniel intentó reclamar parte de la indemnización del seguro.
No recibió nada.
La aseguradora congeló el pago mientras investigaba el fraude.
El fideicomiso recuperó el terreno.
Y la escritura falsificada terminó en manos de mis abogados.
Pero aún quedaba el sobre amarillo que había sacado de casa.
El de oncología.
Daniel creyó durante semanas que yo tenía cáncer.
No era mío.
Era suyo.
Meses antes, mientras organizaba sus documentos médicos para el trasplante, descubrí un informe que jamás me había mostrado.
Su enfermedad renal no era el único problema.
Había otra anomalía que necesitaba seguimiento urgente.
Daniel había escondido el informe porque temía que los médicos retrasaran el trasplante.
Cuando finalmente lo confronté, perdió el color.
—¿Lo sabías?
—Desde diciembre.
—¿Y aun así me diste tu riñón?
Lo miré durante unos segundos.
—Porque cuando entré al quirófano todavía eras mi esposo.
Luego coloqué los papeles del divorcio frente a él.
—Pero el hombre que salió de aquella habitación ya no lo es.
Me marché.
Tres meses después recibí una llamada de mi abogado.
Habían encontrado algo durante la investigación financiera.
Daniel llevaba pagando durante casi un año una póliza de seguro enorme.
No sobre la casa.
Sobre mí.

Y el beneficiario no era Daniel.
Era Vanessa.
Entonces comprendí que quizá mi operación nunca había sido solamente una oportunidad para quitarme la propiedad.
Alguien había estado preparándose para beneficiarse también si yo no regresaba del hospital.