PARTE 2: ETHAN DESCUBRIÓ POR QUÉ LO ABANDONÉ.

Me quedé inmóvil.

—Estaba soñando.

—No.

Ethan apretó el volante.

—Dijiste mi nombre.

Sentí frío.

—Dijiste: “Ethan, aléjate de mí. No quiero hacerte lo mismo que mamá.”

Giré hacia la ventana.

—Llévame a casa.

—Claire, ¿qué ocurrió realmente hace tres años?

—Nada.

—Me dijiste que preferías morir antes que casarte conmigo.

Su voz se quebró ligeramente.

—Luego desapareciste seis años de mi vida como si nunca hubieran existido.

Finalmente lo miré.

—Estás casado, Ethan.

Sus ojos bajaron hacia el anillo.

Y, para mi sorpresa, se lo quitó.

—Mi hermana me obligó a usarlo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Trabajo en urgencias. Una paciente empezó a acosarme hace meses. Mi hermana dijo que un anillo sería más efectivo que explicar veinte veces que estoy soltero.

Casi me reí.

Entonces recordé lo importante.

—Eso no cambia nada.

Abrí la puerta.

Ethan la bloqueó.

—Cambia una cosa.

Me miró directamente.

—Ayer mentí cuando dije que mi esposa era mejor que tú.

Guardé silencio.

—Porque nunca hubo esposa.

Mis defensas comenzaron a derrumbarse.

Le conté todo.

El sonambulismo.

Los estudios.

Mi padre.

La noche anterior a su propuesta.

Y finalmente aquella mañana en que desperté con un cuchillo en la mano cerca de él.

Ethan no habló durante mucho tiempo.

Después preguntó:

—¿Quién te diagnosticó?

Le dije el nombre.

Su expresión cambió.

—Claire, ese especialista perdió su licencia hace dos años.

Sentí que el mundo se inclinaba.

Ethan consiguió mis antiguos informes con mi autorización y los llevó al departamento de neurología.

Tres días después me llamó.

—Necesitas venir.

En su oficina había otra doctora.

Colocó mis estudios sobre la mesa.

—Los resultados originales no confirman el diagnóstico que aparece en su expediente.

Me quedé sin respirar.

Había alteraciones.

Páginas sustituidas.

Conclusiones añadidas meses después.

Y algo peor.

El médico que había firmado mi diagnóstico también había tratado a mi padre.

Ethan investigó los archivos antiguos.

Mi padre tampoco tenía confirmado aquel trastorno hereditario.

Durante catorce años yo había vivido creyendo que llevaba dentro la enfermedad que había destruido a mi familia.

Pero alguien había convertido una sospecha médica en una sentencia.

—¿Quién pidió modificar mis registros? —pregunté.

La doctora deslizó una hoja hacia mí.

Había una autorización administrativa.

La firma pertenecía a mi madre.

Me quedé helada.

Mi madre llevaba años diciéndome que nunca debía casarme.

Que jamás debía tener hijos.

Que la enfermedad moriría conmigo.

Ethan tomó mi mano.

Esta vez no la retiré.

—Tenemos que hablar con ella.

Fuimos juntos.

Cuando mi madre abrió la puerta y vio a Ethan, perdió el color.

—Tú no deberías estar aquí.

Ethan frunció el ceño.

—¿Por qué?

Ella no respondió.

Entonces vi algo sobre la mesa.

Una fotografía antigua.

Mi padre aparecía junto a otro hombre.

Mucho más joven.

Pero reconocí inmediatamente aquellos ojos.

Era el médico que años después había firmado mi diagnóstico.

Detrás de la fotografía había una fecha.

Dos años antes de que mi padre muriera.

Y una frase escrita a mano:

“Si Claire descubre lo que realmente ocurrió aquella noche, nos perderá a los dos.”

Miré a mi madre.

—¿Qué ocurrió aquella noche?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Y su respuesta destruyó todo lo que yo había creído durante catorce años.

—Tu padre no atacó a tu madre, Claire.

Hizo una pausa.

—Yo tampoco soy tu madre.

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