Apenas puse un pie fuera del avión, escuché pasos detrás de mí.
El capitán apareció en la puerta.
—Señora Sterling.
Se inclinó ligeramente.
—¿Debemos cancelar el vuelo?
El silencio dentro de la cabina fue absoluto.
Me giré.
Rowan estaba de pie.
—¿Cancelar qué?
El capitán lo miró con profesionalidad.
—El vuelo, señor Vance.
—¿Por qué tendría que cancelarlo?
Respondí yo.
—Porque el avión pertenece a Sterling Aviation.
Vi cómo varias cabezas se giraban.
Selina dejó de sonreír.
Mi suegra palideció.
Rowan bajó lentamente la mirada hacia el interior del jet.
Durante años había utilizado aquella aeronave para viajes corporativos creyendo que Vance Technologies tenía un acuerdo privilegiado con una empresa de aviación.
Nunca preguntó quién era realmente el propietario.
—Phoebe —murmuró—, no hagas esto.
Saqué el teléfono.
—Demasiado tarde.
Llamé a mi abogado.
—Activa la cláusula Sterling.
Rowan se quedó inmóvil.
—¿Qué cláusula?
La respuesta llegó diez minutos después.
Los teléfonos de los ejecutivos comenzaron a vibrar uno tras otro.
Sterling Capital suspendía inmediatamente su línea de financiación de 1.500 millones de dólares hasta completar una revisión.
Después llegó el segundo aviso.
Las trece patentes fundamentales que utilizaba Vance Technologies no pertenecían personalmente a Rowan.
Estaban licenciadas por Sterling Intellectual Holdings.
Mi empresa.
Rowan se acercó.
—Esas patentes las desarrollamos juntos.
—Exactamente.
Lo miré.
—Pero cuando necesitabas inversores dijiste que ponerlas bajo mi compañía protegería el proyecto si Vance Technologies quebraba.
Había olvidado aquel detalle.
Yo no.
Entonces uno de los miembros de la junta se levantó.
—Rowan, tenemos una reunión de emergencia.
Selina intervino:
—Todo esto por un asiento es ridículo.
La miré.
—No estoy haciendo nada por un asiento.
Señalé a Rowan.
—Estoy dejando de proteger a un hombre que acaba de recordarme cuál cree que es mi lugar.
Mi suegra comenzó a protestar.
Pero Rowan ya no la escuchaba.
Su director financiero acababa de acercarle un teléfono.
—Tenemos otro problema.
Durante los últimos dieciocho meses, alguien había cargado gastos personales a las cuentas destinadas al desarrollo de las patentes Sterling.
Hoteles.
Joyas.
Restaurantes.
Viajes.
Más de dos millones de dólares.
El nombre asociado a muchas reservas era Selina Hart.
Ella palideció.
—Rowan me autorizó.
Todas las miradas fueron hacia él.
—Eran gastos de representación —respondió.
—Entonces podrás explicarlos durante la auditoría —dije.
Tomé mi bolso.
El capitán volvió a preguntarme:
—¿Cancelamos el vuelo, señora Sterling?
Miré a los ejecutivos.
Ellos no tenían la culpa.
—No.
Luego señalé a Rowan, Selina y mi suegra.
—Pero esos tres ya no viajarán en mi avión.
Nadie dijo una palabra.
Bajaron.
Yo volví a subir.
Y esta vez ocupé mi asiento.
Pero antes del despegue, mi abogado llamó.
—Phoebe, encontramos algo durante la revisión preliminar.
—¿Qué?
—Alguien intentó transferir dos de tus patentes a una sociedad externa hace seis meses.
Sentí frío.
—¿Quién?
—La solicitud lleva la firma electrónica de Rowan.
Hizo una pausa.
—Pero la sociedad receptora no pertenece a él.
Miré por la ventanilla.

Abajo, Selina hablaba frenéticamente por teléfono.
—Pertenece a Selina —continuó mi abogado—. Y fue creada tres meses antes de que Rowan la contratara.
Entonces comprendí que quizá la secretaria no había entrado en nuestro matrimonio para robarme un asiento.
Había entrado en la empresa para robar algo mucho más valioso.