PARTE 2: MARIANA BRINDÓ DEMASIADO PRONTO.

El abogado de Arturo llegó antes del amanecer.

Se llamaba Ernesto Salazar y llevaba veintidós años manejando sus asuntos.

Cuando escuchó la grabación del reloj, dejó de tomar notas.

—Arturo, esto no puede esperar cinco días.

—Lo sé.

Ernesto llamó al médico responsable y solicitó que revisaran inmediatamente los medicamentos y análisis de Arturo.

Después preparó los documentos.

Arturo no dejó simplemente ochenta y dos millones de dólares a Diego.

Creó un fideicomiso irrevocable.

Primero cubriría el tratamiento de Camila.

Después financiaría atención cardíaca para menores cuyas familias no pudieran pagarla.

Diego sería uno de los administradores, pero no podría utilizar libremente el patrimonio.

La fábrica tampoco sería vendida.

Una parte de sus beneficios quedaría para los trabajadores.

Mariana recibiría únicamente aquello que legalmente le correspondiera y que no pudiera ser excluido, sujeto a lo que determinaran los procedimientos posteriores.

—¿Está seguro? —preguntó Ernesto.

Arturo pidió una pluma.

Su mano temblaba tanto que necesitó varios segundos para sostenerla.

—Completamente.

Firmó.

Después pidió algo más.

—No le digas nada.

Aquella tarde Mariana regresó acompañada de Rodrigo.

Creían que Arturo dormía.

Rodrigo llevaba una botella de champaña.

—¿Cinco días? —susurró.

—Quizá menos —respondió Mariana.

—Entonces por nosotros.

Las copas chocaron suavemente.

Arturo escuchó todo.

Pero esa noche ocurrió algo que ninguno esperaba.

Los nuevos análisis mostraron una anomalía que obligó a los médicos a reconsiderar el diagnóstico inicial.

Había indicios compatibles con una exposición problemática a un medicamento cardíaco.

Suspendieron ciertas medicaciones y comenzaron tratamiento bajo vigilancia intensiva.

Arturo no murió al quinto día.

Ni al sexto.

Al décimo abrió los ojos completamente consciente.

Mariana entró en la habitación y se quedó paralizada.

—¿Cómo estás despierto?

Arturo la observó.

—Pareces decepcionada.

Ella recuperó rápidamente la sonrisa.

—Mi amor, estaba preocupadísima.

—Claro.

Dos personas entraron detrás de ella.

Ernesto.

Y un investigador.

La expresión de Mariana cambió.

Arturo señaló su reloj.

—¿Recuerdas nuestra conversación?

Mariana palideció.

—¿Qué conversación?

Ernesto reprodujo unos segundos.

La propia voz de Mariana llenó la habitación.

“Las vitaminas que te daba cada noche…”

Rodrigo, que esperaba en el pasillo, intentó marcharse.

No llegó lejos.

La grabación por sí sola no resolvería todo.

Pero los médicos habían conservado muestras.

Había registros de medicamentos.

Compras que debían investigarse.

Mensajes entre Mariana y Rodrigo.

Y ahora existía una confesión grabada que las autoridades podían examinar junto con el resto de las pruebas.

Mariana miró desesperadamente a Arturo.

—Puedo explicarlo.

—Explícaselo a ellos.

Pero todavía creía tener una última carta.

—Aunque hayas cambiado el testamento, soy tu esposa.

Arturo casi sonrió.

—Ese fue tu segundo error.

—¿Segundo?

—El primero fue creer que estaba inconsciente.

Ernesto abrió otra carpeta.

Arturo había solicitado también el divorcio en cuanto recuperó suficiente estabilidad para hacerlo.

Además, las cuentas principales y participaciones empresariales nunca habían estado simplemente disponibles para que Mariana pudiera liquidarlas después de su muerte.

Existían estructuras patrimoniales que ella jamás se había molestado en comprender.

—¿Y el dinero? —preguntó finalmente.

Arturo miró hacia Diego.

El joven estaba junto a la puerta, todavía con su uniforme azul.

—Va a servir para algo bonito.

Mariana comprendió la referencia.

La casa de Los Cabos.

Sus propias palabras regresaban para humillarla.

Meses después, Arturo salió del hospital caminando lentamente con un bastón.

Su recuperación sería larga.

La investigación contra Mariana y Rodrigo continuaba y serían las pruebas, no la rabia de Arturo, las que determinarían sus responsabilidades.

Camila fue enviada a Houston para recibir la atención que necesitaba.

Diego llamó a Arturo después del procedimiento.

—Salió bien.

Arturo cerró los ojos.

Por primera vez desde aquella noche, lloró.

El fideicomiso siguió adelante aunque Arturo hubiera sobrevivido.

—Puede cancelarlo —le recordó Ernesto.

—No.

Arturo observó desde la ventana de su oficina a los trabajadores entrando en la fábrica.

—Estuve a cinco días de morir creyendo que acumular dinero era lo mismo que construir algo.

No quería volver a cometer ese error.

Sin embargo, Ernesto todavía tenía una noticia.

Durante la revisión de las cuentas de Mariana habían encontrado pagos periódicos realizados durante casi dos años.

Todos iban hacia una pequeña empresa médica.

Arturo reconoció el nombre del propietario.

Era el cardiólogo privado que lo había tratado antes de su hospitalización.

El mismo hombre que había modificado varias veces sus medicamentos.

Y cuando los investigadores revisaron las fechas, descubrieron algo todavía más inquietante.

Los pagos habían comenzado meses antes de que Arturo presentara sus primeros síntomas.

Mariana podía haber confesado el plan.

Pero quizá ella tampoco había trabajado sola.

Y de repente, aquellos cinco días de vida que le habían pronosticado dejaron de parecer un error médico.

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