PARTE 2: ESTA VEZ ELEGÍ A MIS HIJOS.

A la mañana siguiente fui directamente a ver a mi padre.

Rafael Vargas abrió la puerta y se quedó mirando las dos pequeñas maletas detrás de mí.

Luego vio a Mateo y Lucía.

—¿Qué ocurrió?

Le entregué el certificado.

—Me divorcié.

Mi padre leyó el nombre de Samuel y levantó lentamente la mirada.

—¿Por Isabel Rojas?

Me quedé inmóvil.

—¿Tú sabías?

Rafael suspiró.

—Sabía que volvió a buscarlo. No sabía que Samuel sería tan estúpido.

En mi vida anterior jamás había acudido a mi padre.

Había preferido pasar hambre antes que admitir que mi matrimonio había fracasado.

Esta vez dije:

—Necesito ayuda.

Rafael cerró la carpeta.

—La tendrás.

Pero establecí una condición.

—No quiero que uses tus antiguas influencias para destruir a Samuel.

Mi padre me observó sorprendido.

—Quiero un abogado, un lugar donde vivir mientras encuentro trabajo y que los niños estén protegidos.

—Nada más.

—Nada más.

Tres días después comenzó la verdadera batalla.

Samuel había creído que yo regresaría cuando descubriera cuánto costaba alimentar a dos niños.

En cambio, recuperé mi antigua certificación como contadora y acepté un puesto administrativo.

No era prestigioso.

Pero era mío.

Mientras tanto, Samuel descubrió algo que nunca había tenido que hacer.

Criar sin mí.

Mateo enfermó una noche.

Lucía necesitaba materiales para la escuela.

Había ropa que lavar, comida que preparar, reuniones escolares que recordar.

E Isabel no quería ninguna de aquellas responsabilidades.

Dos semanas después apareció frente a mi trabajo.

—Elena.

Lo miré.

Parecía agotado.

—Isabel se fue.

No sentí nada.

—¿Por qué me lo cuentas?

—Discutimos.

Sonrió amargamente.

—Dijo que nunca aceptó convertirse en madrastra.

Ahí estaba.

En mi primera vida había necesitado veinte años para descubrirlo.

Esta vez bastaron dos semanas.

Samuel dio un paso hacia mí.

—Vuelve.

—No.

—Ya no está Isabel.

—Isabel nunca fue el verdadero problema.

Frunció el ceño.

—Me pediste divorciarme para proteger la reputación de otra mujer.

Lo miré directamente.

—Me pediste abandonar mi casa y confiar en que algún día decidirías devolverme mi lugar.

Samuel bajó la mirada.

—Cometí un error.

—Sí.

—Puedo repararlo.

Negué.

—Puedes repararte tú. No significa que yo tenga que volver.

Meses después se estableció formalmente cómo compartiríamos las responsabilidades respecto de Mateo y Lucía.

Nunca impedí que vieran a su padre.

Tampoco les pedí que eligieran entre nosotros.

Samuel tendría que demostrar con hechos qué clase de padre quería ser.

Yo tenía otra misión.

El día que recibí mi primer sueldo, compré tres platos nuevos.

Uno para mí.

Uno para Mateo.

Uno para Lucía.

Cenamos fideos en nuestro pequeño apartamento.

No había jardín.

No había muebles elegantes.

Pero Mateo levantó su vaso.

—Por nuestra casa.

Lucía hizo lo mismo.

—Por mamá.

Sonreí.

En mi primera vida había perdido décadas esperando que Samuel cumpliera la promesa de convertir un divorcio falso nuevamente en matrimonio.

Esta vez entendí algo mucho antes.

EL DIVORCIO NUNCA HABÍA SIDO FALSO; LO FALSO ERA CREER QUE UN HOMBRE QUE ME PEDÍA RENUNCIAR A MI LUGAR PARA DÁRSELO A OTRA MUJER TODAVÍA PODÍA LLAMAR A ESO AMOR.

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