PARTE 2: ESTA VEZ NO LES DEBÍA NADA.

Clara fue la primera en reaccionar.

—Mateo, estás siendo infantil.

—Quizá.

Me puse la mochila al hombro.

—Pero será mi problema.

Aquella misma semana completé personalmente todos los trámites de la universidad.

Solicité becas.

Acepté un trabajo de medio tiempo.

Y pedí únicamente el préstamo que realmente necesitaba.

Mi madre llamó casi todos los días.

—Tu hermana está llorando por tu culpa.

—Clara solo quería ayudarte.

—¿Por qué insistes en tratar a tu familia como extraños?

Yo siempre respondía lo mismo.

—Porque puedo pagar mis estudios solo.

Después dejaron de hablar de sentimientos.

Empezaron a hablar de dinero.

Clara me llamó durante mi segundo semestre.

—La tienda está pasando por un momento difícil. Necesitamos veinte mil yuanes.

En mi vida anterior habría trabajado noches enteras para conseguirlos.

Esta vez revisé mi cuenta.

Tenía 1.700 yuanes.

—No puedo.

Silencio.

Después llegó la frase que había esperado.

—¿Ya olvidaste todo lo que hice por ti?

Sonreí.

—¿Qué hiciste?

Clara se quedó callada.

No había pagado mi matrícula.

No había financiado mi alojamiento.

No había comprado mis libros.

Por primera vez, aquella deuda imaginaria no existía.

—Somos familia —murmuró finalmente.

—Entonces pídele a mamá.

Colgó.

Los siguientes cuatro años fueron difíciles.

Pero eran míos.

Cuando me gradué, todavía debía dinero.

También tenía experiencia laboral, algunos ahorros y, sobre todo, ninguna persona podía presentar una factura emocional por mi título.

Entonces ocurrió algo que confirmó todo lo que recordaba.

Mi padre me llamó.

—Mateo, necesitamos hablar.

Nos encontramos en una cafetería.

Colocó varios documentos sobre la mesa.

La tienda de Clara tenía problemas financieros.

Mis padres habían invertido gran parte de sus ahorros y continuaban ayudándola mensualmente.

Exactamente como en mi vida anterior.

—Tu hermana necesita apoyo —dijo papá.

—¿Cuánto?

—Doscientos mil para empezar.

Miré los documentos.

Después lo miré a él.

—No.

Su rostro se endureció.

—Después de todo lo que hicimos por ti…

Esta vez estaba preparado.

Saqué una carpeta.

Dentro estaban mis matrículas.

Mis becas.

Mis contratos de trabajo.

Mis préstamos.

Cada yuan que había utilizado para graduarme estaba documentado.

Empujé la carpeta hacia él.

—Dime cuál pagaron ustedes.

Mi padre no tocó los papeles.

No podía.

Me levanté.

—Ayudaré cuando quiera y cuando pueda. Pero nadie volverá a inventarme una deuda para decidir qué hago con mi vida.

A los treinta y dos años llegó finalmente la fecha que nunca olvidaría.

El día en que había muerto en mi primera vida.

Aquella noche apagué la computadora a las seis.

Cené bien.

Caminé hasta casa.

Y dormí ocho horas.

A la mañana siguiente abrí los ojos.

El sol entraba por la ventana.

Me quedé mirando el techo durante varios minutos.

Después empecé a reír.

No había necesitado hacerme rico.

No había destruido a Clara.

Ni siquiera había recuperado aquellos setecientos mil yuanes.

Simplemente había aprendido a decir una palabra a tiempo.

No.

EN MI PRIMERA VIDA MORÍ INTENTANDO PAGAR UNA DEUDA INVENTADA; EN LA SEGUNDA DESCUBRÍ QUE MI VERDADERA OPORTUNIDAD NO ERA VENGARME, SINO DEJAR DE DEBERLES MI VIDA.

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