PARTE 2: EL REGALO DE SOFÍA.

La niña sostenía un plato de papel.

Encima había un panqueque pequeño, ligeramente quemado, con una vela torcida en el centro.

—Mamá dijo que hoy es su cumpleaños —explicó—. Y nadie debería desayunar solo en su cumpleaños.

Marcus se quedó inmóvil.

—¿Cómo te llamas?

—Sofía.

Rosa apareció corriendo detrás de ella.

—Señor Harrington, perdón. La escuela canceló clases y no tenía con quién dejarla. Le prometí que se quedaría conmigo mientras trabajaba.

Marcus apenas la escuchó.

Miraba el panqueque.

Era casi idéntico a los que su madre preparaba cuando él era niño.

—¿Lo hiciste tú?

Sofía asintió orgullosamente.

—Mamá me ayudó con la estufa.

Después señaló la vela.

—Tiene que pedir un deseo.

Marcus sonrió por primera vez aquella mañana.

Cerró los ojos y apagó la vela.

Sofía aplaudió como si acabara de presenciar algo extraordinario.

Entonces sacó de su bolsillo una tarjeta doblada.

Había dibujado tres personas tomadas de la mano.

Debajo escribió con letras infantiles:

“Feliz cumpleaños, señor Marcus. Espero que hoy alguien lo abrace.”

Marcus dejó de sonreír.

Durante cuatro años había recibido regalos que costaban fortunas.

Relojes.

Autos.

Botellas imposibles de conseguir.

Pero aquella tarjeta consiguió atravesar todas las defensas que había construido desde la muerte de Eleanora.

—¿Puedo quedármela?

Sofía pareció sorprendida.

—Es suya.

Marcus la guardó cuidadosamente.

Aquella tarde canceló sus reuniones.

No para hacer una gran celebración.

Simplemente invitó a Rosa y Sofía a almorzar con él.

Después empezó a cambiar pequeñas cosas.

Dejó de trabajar todos los domingos.

Aprendió los nombres de las personas que cuidaban su casa.

Creó mejores políticas de apoyo familiar en sus empresas después de descubrir cuánto luchaban empleados como Rosa para conseguir cuidado infantil.

Y Sofía siguió apareciendo ocasionalmente en aquella enorme casa.

Nunca como una atracción para el multimillonario solitario.

Simplemente como una niña que había decidido que Marcus era su amigo.

Un año después, el 14 de septiembre, Marcus bajó a la cocina esperando silencio.

Encontró a Rosa, Sofía y varios empleados alrededor de una mesa.

Había panqueques.

Y treinta y cinco velas.

Sofía corrió hacia él.

—¡Esta vez nadie se olvidó!

Marcus la abrazó.

Y comprendió finalmente el deseo que había pedido el año anterior.

El hombre que podía comprar casi cualquier cosa no necesitaba otro regalo; necesitaba que alguien recordara que, detrás de los miles de millones, también había una persona esperando que alguien se acordara de su cumpleaños.

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