PARTE 2: EL DESCONOCIDO NO VENÍA A PEDIRME QUE MURIERA POR ELLOS

El desconocido me apartó de la ventana y llamó inmediatamente al personal médico.

No me dejó sola.

—No voy a pedirle que tome ninguna decisión mientras está así —dijo—. Primero estará segura.

Minutos después llegaron enfermeras y el médico.

Cuando finalmente pude hablar, el hombre se presentó.

—Gabriel Mendoza. Abogado de su abuelo.

Me quedé inmóvil.

Mi abuelo había muerto hacía cinco años.

Gabriel colocó una carpeta sobre la mesa.

—Antes de morir dejó instrucciones para localizarla si alguna vez su familia intentaba declararla incapaz o tomar decisiones patrimoniales mientras usted no pudiera defenderse.

Sentí un escalofrío.

—¿Patrimoniales?

Gabriel abrió la carpeta.

Durante mis meses en coma, alguien había solicitado acceso a ciertos bienes y participaciones que mi abuelo había dejado protegidos a mi nombre.

Mi familia no solo había preparado la boda.

También había empezado a reorganizar mi vida como si yo jamás fuera a despertar.

—¿Ellos sabían que podía despertar?

—Eso tendrán que explicarlo.

Gabriel no hizo acusaciones que todavía no pudiera demostrar.

Solo me enseñó documentos.

Fechas.

Solicitudes.

Firmas que necesitaban revisión.

Entonces comprendí por qué Daniel estaba vigilando mi habitación.

Quizá la boda no era lo único que temían que interrumpiera.

—Me quedan tres días —susurré.

Gabriel negó lentamente.

—Eso tampoco es exactamente lo que dijo su médico.

Horas después pedí hablar directamente con el especialista.

La realidad seguía siendo grave.

Mi estado era crítico y mi pronóstico muy incierto.

Pero “tres días” era una estimación extrema, no un reloj exacto ni una sentencia matemática.

Y mientras siguiera viva y pudiera decidir, mi voz seguía contando.

Ese mismo día cancelé cualquier autorización que no reconociera y pedí una revisión independiente de todo lo firmado durante mi coma.

No fui a la boda.

No necesitaba hacerlo.

Adrián y Valeria podían casarse si legalmente podían hacerlo.

Yo ya no quería recuperar a Adrián.

Quería recuperar mi propia vida.

Horas después, mi madre llegó corriendo.

—Mía, ¿qué estás haciendo?

—Lo que ustedes hicieron mientras dormía.

La miré.

—Prepararme para un futuro sin ustedes.

Su rostro perdió el color.

Daniel intentó explicar las solicitudes patrimoniales.

Mi padre pidió tiempo.

Valeria llamó llorando.

Adrián apareció todavía vestido para la ceremonia.

No recibí a ninguno.

Por primera vez desde que desperté, mi habitación quedó en silencio porque yo lo había elegido.

Gabriel permaneció únicamente hasta confirmar que el hospital había organizado apoyo y que los asuntos legales estaban protegidos.

Antes de marcharse preguntó:

—¿Qué quiere hacer ahora?

Miré la luz de la tarde entrando por la ventana.

Tres días.

Tres semanas.

Tres meses.

Nadie podía prometérmelo.

Pero aquella incertidumbre ya no pertenecía a mi familia.

—Quiero vivir el tiempo que tenga como Mía Ruiz.

Gabriel asintió.

—Entonces empezamos por ahí.

Todos temían que despertara para destruir una boda; nadie imaginó que había despertado justo a tiempo para impedir que repartieran mi vida mientras yo todavía seguía en ella.

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