—Señor —dijo el agente—, necesito que se aparte de su esposa.
Christopher frunció el ceño.
—¿Qué? Yo fui quien llamó.
Señalé la computadora.
La videoconferencia había quedado grabada automáticamente por el sistema corporativo.
Doce ejecutivos habían presenciado la discusión.
Habían oído la exigencia de dinero.
Habían visto lo ocurrido con la taza.
Y habían escuchado a Christopher anunciar que llamaría a la policía para presentarme como inestable.
Mi directora jurídica incluso había enviado al departamento una copia de la grabación antes de que llegaran los agentes.
Beatrice se levantó.
—Fue un accidente.
—Entonces habrá doce testigos de ese accidente —respondí.
Christopher señaló la carpeta azul.
—¡Esta es mi casa! Quiero que se vaya.
El agente revisó la primera página.
—Según esto, señor, la propiedad pertenece a una sociedad patrimonial registrada únicamente a nombre de su esposa.
Christopher palideció.
Tres años antes, cuando su empresa quebró, mi compañía había comprado legalmente la propiedad para evitar que quedara comprometida por sus problemas financieros.
Él había firmado los documentos.
Simplemente nunca los leyó.
Pero yo todavía tenía algo más.
Entregué al agente los registros de los cuarenta mil dólares retirados de nuestra cuenta.
No afirmé saber exactamente qué delito podía existir.
Solo expliqué que Christopher había accedido al dinero sin mi autorización y que mis abogados ya estaban revisando cómo lo había conseguido.
Beatrice miró a su hijo.
—Me dijiste que ese dinero era tuyo.
Ahí comprendí algo.
Parte había terminado pagando joyas, hoteles y gastos de ella.
Christopher intentó acercarse.
—Savannah, podemos solucionar esto.
Retrocedí.
—No.
Los agentes documentaron lo sucedido y me indicaron los siguientes pasos. Mis abogados se ocuparían por separado de las cuentas y de la propiedad.
Christopher había llamado a la policía convencido de que su palabra bastaría para sacarme de casa.
En cambio, había creado el registro oficial que yo necesitaba para dejar de justificar siete años de comportamiento.
Cuando finalmente salió acompañado para continuar con el procedimiento correspondiente, Beatrice permaneció junto a la puerta.
—¿Y mi viaje?
La miré sorprendida.

Después cerré la puerta.
Christopher creyó que aquella videollamada demostraría ante la policía que su esposa estaba fuera de control; olvidó que doce personas acababan de verlo perder el control a él.