Dos días después, Teresa apareció en el hospital acompañada de Mauricio.
No preguntó por Tomás.
No preguntó si había despertado.
Su primera frase fue:
—Necesito las escrituras originales de la casa.
La miré fijamente.
—¿Para qué?
Mauricio dejó una carpeta sobre la mesa.
—Tomás me prometió usar la propiedad como garantía para ayudarme con el negocio.
Sentí que algo encajaba.
—¿Te lo prometió?
—Sí.
Abrí la carpeta.
Dentro había una solicitud de crédito preparada semanas antes.
La casa aparecía como garantía.
Y debajo figuraba una supuesta autorización de Tomás.
Pero había un problema.
Yo llevaba años viendo su firma.
Aquella no era suya.
Llamé inmediatamente a Alejandro.
Cuando llegó, no discutió con Teresa. Fotografió los documentos y pidió conservar toda comunicación relacionada.
Entonces abrimos el sobre que Tomás había dejado.
Dentro estaba el pagaré de los 780 mil pesos.
También había capturas de mensajes.
Uno de Mauricio decía:
“Si Isabel no acepta, mamá dice que podemos resolverlo sin ella.”
Y Tomás había respondido:
“No vuelvas a mencionar mi casa como garantía. Ni Isabel ni yo autorizamos nada.”
Teresa palideció.
Por fin entendí por qué Tomás había tenido tanta prisa antes de entrar al quirófano.
No estaba imaginando lo que su familia podría hacer después de su muerte.
Ya había descubierto que estaban intentándolo mientras él seguía vivo.
Alejandro tomó la carpeta.
—Esto tendrá que revisarse formalmente.
Mauricio empezó a retroceder.
—Yo no falsifiqué nada.
—Entonces será fácil demostrarlo —respondí.
Teresa me señaló.
—¡Estás robándole el patrimonio de nuestra familia!
Mi madre, que acababa de llegar, se colocó junto a mí.
—Yo puse tres millones en esa casa y jamás pregunté qué parte me correspondía. Porque ayudar a una hija no significa apropiarse de su vida.
Teresa no respondió.
La seguridad del hospital terminó pidiéndoles que se marcharan.
Una semana después, Tomás abrió los ojos.
Su recuperación sería lenta, pero cuando finalmente pudo hablar, le conté lo ocurrido.
Me apretó débilmente la mano.
—Por eso… quería protegerlas.

—Lo sé.
La casa permaneció donde él había decidido colocarla mientras los abogados resolvían todo lo demás.
Y los documentos de Mauricio siguieron su propio proceso de revisión.
Teresa creyó que Tomás había protegido la casa porque temía morir; la verdad era mucho peor para ella: lo hizo porque antes de entrar al quirófano ya sabía exactamente quién estaba intentando quedarse con ella.