PARTE 2
Mariana dejó la charola sobre la mesa tan rápido que una copa tintineó.
—Señor Santillán, perdóneme. Perdóneme, por favor. Yo pago la limpieza, le juro que no vuelve a pasar.
Lucía abrazó a Panquecito contra el pecho.
La sonrisa se le borró.
Alejandro seguía sentado en el sillón, con un sol amarillo en la mejilla, una mariposa azul en la frente y un arcoíris torcido cruzándole la nariz.
Por primera vez en años, nadie lo miraba con miedo a perder un contrato.
Lo miraban como si fuera una persona.
Mariana estaba a punto de llorar.
—Lucía, pídele perdón al señor.
La niña bajó la cabeza.
—Perdón, señor Casa Grande. No quería hacer travesura. Solo quería que ya no pareciera apagado.
Alejandro levantó una mano.
Mariana se quedó inmóvil, esperando el despido.
Pero él solo preguntó:
—¿Apagado?
Lucía asintió, muy seria.
—Sí. Como cuando una casa tiene todas las luces prendidas, pero nadie vive feliz adentro.
La frase cayó en la sala azul con una suavidad insoportable.
Alejandro no respondió.
Porque una niña de tres años acababa de describir su vida mejor que cualquier terapeuta, socio o familiar.
Se puso de pie y caminó hacia el espejo decorativo de la pared.
Al ver su reflejo, algo extraño ocurrió.
No se enojó.
No sintió vergüenza.
No pensó en despedir a nadie.
Por un segundo, casi rió.
Casi.
Entonces notó un detalle.
La mariposa azul que Lucía había pintado en su frente se parecía demasiado al dibujo que había en la puerta de una habitación cerrada del segundo piso.
Una habitación que nadie abría desde hacía veinticuatro años.
Su madre la había pintado cuando él era niño.
Antes del accidente.
Antes del funeral.
Antes de que su padre decidiera que el dolor era una debilidad y mandara cerrar todo con llave.
Alejandro se tocó la frente.
—¿Por qué pintaste una mariposa azul?
Lucía encogió los hombros.
—Porque estaba en la puerta de arriba.
Mariana palideció.
—¿Qué puerta?
Alejandro giró lentamente hacia la niña.
—¿Subiste al segundo piso?
Lucía negó con rapidez.
—No, señor. Yo no subí. Panquecito sí quería, pero yo no. La vi cuando fui al baño con mi mamá. La puerta estaba poquito abierta.
Alejandro sintió que el cuerpo se le tensaba.
Esa puerta no debía estar abierta.
Nadie tenía llave.
O eso creía.
—Mariana, quédate aquí con Lucía.
—Señor, de verdad, si quiere que nos vayamos…
—Quédate aquí.
No lo dijo con furia.
Lo dijo con una seriedad que hizo que Mariana obedeciera.
Alejandro subió las escaleras despacio.
Cada escalón parecía arrancar un recuerdo que llevaba años enterrado.
La risa de su madre.
El olor a talco.
Las cortinas blancas moviéndose con el viento.
Una canción de cuna.
Y luego el grito.
El golpe.
El silencio.
Al llegar al pasillo, la vio.
La puerta de la habitación estaba entreabierta.
En la madera todavía se distinguía la mariposa azul, descolorida por el tiempo.
Alejandro empujó la puerta.
El aire olía a polvo y flores secas.
La habitación seguía casi igual.
Una cama pequeña.
Una mecedora.
Cajas cubiertas con sábanas.
Y sobre el escritorio, algo que no recordaba haber visto nunca.
Una carpeta negra.
No estaba polvorienta.
Alguien la había dejado allí recientemente.
La abrió.
Dentro había fotografías.
Reportes médicos.
Una copia del acta de defunción de su madre.
Y una carta escrita a mano.
Reconoció la letra de su abuela.
La única persona que, de niño, intentó abrazarlo cuando todos le decían que debía ser fuerte.
Leyó la primera línea.
“Alejandro, si algún día entras de nuevo a este cuarto, significa que la casa decidió hablar antes que tu familia.”
Sintió un escalofrío.
Siguió leyendo.
“Tu madre no murió como te dijeron.”
El mundo se le detuvo.
Durante veinticuatro años le habían repetido una versión simple.
Accidente.
Escaleras.
Noche lluviosa.
Nadie tuvo la culpa.
Pero la carpeta contaba otra cosa.
Había informes ocultos.
Testimonios nunca presentados.
Una denuncia retirada.
Y el nombre de la persona que pidió cerrar el caso.
Ernesto Santillán.
Su tío.
El mismo que esa mañana le había dicho que no confiara en Mariana.
El mismo que siempre administró parte de la fortuna familiar cuando Alejandro era menor.
El mismo que aún tenía acceso a llaves, archivos y cuentas antiguas.
Alejandro sintió que la pintura de su rostro se secaba sobre la piel mientras algo mucho más viejo se rompía dentro de él.
Abajo, Lucía había querido ponerle color a un hombre triste.
Sin saberlo, le había devuelto el camino hacia la habitación donde su vida empezó a apagarse.
Entonces escuchó pasos en el pasillo.
Alejandro cerró la carpeta.
Una voz conocida habló desde la puerta.
—Te dije que no subieras aquí.
Ernesto Santillán estaba de pie frente a él.
Ya no sonreía como el tío protector.
Sonreía como un hombre descubierto.
—Esa carpeta no debías verla nunca, sobrino.
Alejandro apretó los documentos contra el pecho.

—¿Qué le hiciste a mi madre?
Ernesto miró la mariposa azul pintada en su frente.
Luego soltó una risa baja, sin alegría.
—Mírate nada más. Treinta y cuatro años, dueño de medio México, y tuvo que venir la hija de una empleada a enseñarte dónde buscar.
Alejandro entendió entonces que la prueba no era el dinero.
No era la cartera dejada sobre una mesa.
No era la conversación falsa para medir lealtades.
La verdadera prueba acababa de aparecer en forma de una niña con impermeable amarillo, un conejo viejo y un pincel en la mano.
Y esta vez, el secreto que su tío escondía en la mansión no iba a quedarse encerrado otra noche más.