Victor Hale tardó cinco segundos en responder.
—Procedan. Yo lo autorizo.
—Necesito su firma electrónica.
—¡El paciente puede morir mientras discutimos!
—Exactamente lo que dije hace tres meses.
Silencio.
Treinta segundos después apareció la autorización en el sistema.
Procedimos inmediatamente.
El paciente sobrevivió.
Pero aquella firma abrió un problema mucho mayor.
Molly había guardado el registro de las llamadas. En ellas, el supervisor se negaba a asumir una responsabilidad que el propio protocolo le asignaba, mientras Hale primero exigía actuar sin documentación y después firmaba únicamente al verse obligado.
La esposa del paciente llegó poco después.
Cuando supo lo ocurrido, no presentó ninguna queja.
Al contrario.
—Gracias por salvarlo.
Dos días después me llamaron nuevamente a Asuntos Médicos.
Victor estaba allí junto al director del hospital y dos abogados.
Sobre la mesa estaba mi expediente de suspensión.
—Doctora Salcedo —dijo uno—, hemos revisado su caso anterior.
Me entregó una carpeta.
La segunda firma cuya ausencia había provocado mi castigo ni siquiera era responsabilidad mía.
Según el propio manual, correspondía al supervisor de guardia obtenerla y archivarla.
Yo había sido suspendida por el incumplimiento administrativo de otra persona.
Miré a Victor.
—¿Usted sabía esto?
No contestó.
El director sí.
—La suspensión será anulada. Recibirá los salarios correspondientes a esos tres meses.
—¿Y el protocolo?
—También será revisado.
Negué lentamente.
—No basta.
Saqué mi copia plastificada y la puse sobre la mesa.
LOS PROCEDIMIENTOS EXISTEN PARA PROTEGERLA.
—Durante años los médicos asumimos decisiones urgentes mientras quienes redactaban las reglas evitaban firmarlas. Si quieren protocolos, entonces cada responsabilidad debe tener un nombre.
La investigación interna duró semanas.
Cambió el sistema de autorizaciones de emergencia. Cada decisión quedó registrada automáticamente y los supervisores ya no podían ordenar verbalmente algo para después desaparecer del expediente.
Victor perdió su cargo administrativo.
Yo regresé a Urgencias.
Meses después, un residente me preguntó:
—Doctora, ¿ahora odia los protocolos?
Miré la frase todavía colgada sobre mi escritorio.
—No.
Me puse los guantes.
—Odio los protocolos que solo existen para encontrar a quién culpar.
Después entré a atender al siguiente paciente.
Porque aquella suspensión me enseñó algo que ocho años en Urgencias no habían podido enseñarme:
una regla que nadie arriba está dispuesto a firmar no protege al médico.
Solo prepara al culpable.