Conrad abrió el segundo sobre.
—Durante dieciocho meses, Harcourt Crest transfirió fondos a tres empresas proveedoras.
William frunció el ceño.
—Eso es normal.
—Lo sería si las empresas existieran realmente.
La auditora colocó varios documentos sobre la mesa.
Las tres compañías estaban vinculadas a una misma persona.
Leah Somerset.
La copa tembló entre sus dedos.
—¡Yo no sé nada de eso!
William la miró.
—Tú aprobabas esas facturas.
Leah retrocedió.
—Porque tú me dabas acceso.
Conrad continuó:
—Estamos hablando de millones desviados de una compañía cuya deuda con la herencia Fairchild sigue vigente.
Doreen palideció.
—Alina, dile que pare.
La miré sorprendida.
—Hace cinco minutos echó de esta casa a mi madre muerta.
Doreen guardó silencio.
Conrad entregó otra notificación.
La villa había sido comprada años atrás por mi madre y cedida a los Harcourt únicamente como residencia mientras determinadas obligaciones empresariales siguieran cumpliéndose.
Ahora aquella autorización quedaba revocada.
—Tienen treinta días para desalojar —dijo Conrad.
William me buscó con la mirada.
—Alina, podemos hablar solos.
—Durante siete años pudiste hablar conmigo.
Miré a Leah.
—Hoy elegiste hablar con ella.
Leah comenzó a llorar.
—William, estoy embarazada de tu hijo.
Él permaneció inmóvil.
Por primera vez comprendía que el embarazo no solucionaría el desastre financiero que tenía delante.
La investigación siguió su curso.
Las cuentas relacionadas con las empresas sospechosas fueron revisadas y Leah tuvo que responder por las operaciones que aparecían vinculadas a ella. William también quedó obligado a explicar cómo habían sido autorizadas.
Yo no pedí quedarme con Harcourt Crest.
Solo exigí que la herencia de mi madre recuperara aquello que legalmente le correspondía.
Un mes después, los Harcourt abandonaron la villa.
Doreen salió por la misma verja por la que me había echado.
Yo estaba allí.
No para humillarla.
Había regresado con Conrad para cumplir finalmente el último deseo de mi madre.
Doreen miró la urna entre mis manos.
—Alina…
No la dejé continuar.
Entré.
Fui directamente a la pequeña sala que mi madre siempre había querido.
Coloqué allí sus cenizas, encendí incienso y permanecí en silencio.
William apareció horas después.
Ya no llevaba traje.
Parecía agotado.
—Leah se fue —dijo.
—Eso ya no me corresponde.
—Cometí el peor error de mi vida.
Lo miré.
—No. Cometiste muchos. Solo que ahora tienen consecuencias.
Bajó la cabeza.
—¿Hay alguna posibilidad para nosotros?
Miré la fotografía de mi madre.
Después negué.
—El día que enterré a mi madre, necesitaba un esposo. Tú estabas celebrando que otra mujer tendría tu hijo.
William cerró los ojos.
No dijo nada más.
Cuando se marchó, cerré la puerta detrás de él.
Aquella casa nunca había pertenecido a los Harcourt.
Pero tampoco quería conservarla como símbolo de una victoria.
Meses después la puse bajo el fideicomiso que administraba el patrimonio de mi madre.
Y finalmente entendí por qué ella jamás me contó toda la verdad.
No quería que permaneciera casada con William porque necesitara recuperar una fortuna.
Quería que algún día pudiera descubrir por mí misma cuánto valía cuando dejara de pedir un lugar entre personas que nunca supieron valorarla.
Los Harcourt me echaron creyendo que me quitaban mi hogar.
En realidad, solo consiguieron devolverme todo lo que siempre había sido mío.