Adrián me miró durante varios segundos.
—¿Lo dices en serio?
—Sí.
—Hace dos semanas dijiste “está bien” porque estabas enfadada.
Negué.
—Hace dos semanas dejé de estarlo.
Eso pareció inquietarlo todavía más.
La rabia era algo que sabía manejar.
Mis lágrimas también.
Durante años bastaba con que mencionara el divorcio para que yo retrocediera.
Mi indiferencia era nueva.
—No voy a discutir esto ahora —dijo.
—No hace falta.
Saqué una carpeta del cajón.
Dentro estaban los documentos que mi abogada había preparado.
Adrián no los tocó.
—¿Ya hablaste con un abogado?
—Sí.
—¿Sin decírmelo?
Casi sonreí.
—Pensé que era lo que querías.
Se levantó.
—Tengo una boda el sábado. Hablaremos después.
—Perfecto.
—Y vendrás conmigo.
—No.
Fue la primera vez que vi auténtico desconcierto en sus ojos.
El sábado fui a visitar departamentos.
Apagué el teléfono.
Cuando regresé, Adrián estaba esperándome.
Todavía llevaba el traje de la boda.
—¿Dónde estabas?
—Encontrando dónde vivir.
—Te llamé diecinueve veces.
Dejé las llaves sobre la mesa.
—¿Ocurrió alguna emergencia?
—¡Eres mi esposa!
—Precisamente estamos solucionando eso.
Adrián apretó la mandíbula.
—Todo el mundo preguntó por ti.
Entonces entendí.
Durante años yo había sido parte del escenario perfecto de Adrián Keller.
La esposa correcta.
Discreta.
Elegante.
Siempre presente.
Mi ausencia había obligado a la gente a hacer preguntas.
—¿Y qué dijiste?
—Que estabas enferma.
Lo miré.
—La próxima vez puedes decir la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que estamos divorciándonos porque me lo pediste tres veces y finalmente acepté.
Se quedó sin palabras.
Tres días después firmé el contrato de mi nuevo apartamento.
Cuando Adrián vio las cajas en el pasillo, perdió finalmente la calma.
—¡Valeria, basta!
Seguí doblando ropa.
—¿Basta de qué?
—De este espectáculo.
Me incorporé.
—¿Todavía crees que estoy actuando?
Entró en el cuarto de invitados.
—¿Quieres que me disculpe por lo del hospital? Bien. Lo siento.
Esperé.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más quieres?
Y ahí estaba nuestro problema entero.
Adrián seguía pensando que yo quería algo de él.
Una disculpa.
Una promesa.
Que dejara de ver a Clara.
Que me eligiera.
—Nada.
Su expresión cambió.
—No quiero nada, Adrián.
Por primera vez pareció asustado.
Me mudé el viernes.
Él estuvo trabajando cuando llegaron los encargados de la mudanza.
Dejé las llaves sobre la mesa y me llevé únicamente lo mío.
A las ocho de la noche empezó a llamar.
No contesté.
Finalmente envió:
Vuelve a casa.
Respondí:
Ya estoy en casa.
No escribió durante casi una hora.
Después:
Valeria, esto no tiene gracia.
No respondí.
La semana siguiente Clara apareció otra vez en las noticias.
Esta vez no sentí nada.
Ni siquiera abrí el artículo.
Curiosamente, fue Adrián quien apareció en mi apartamento esa misma noche.
—Clara y yo nunca tuvimos una aventura durante nuestro matrimonio.
Lo miré desde la puerta.
—De acuerdo.
Pareció irritarse.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—¡Durante años me acusaste de quererla!
—Y durante años tú me hiciste sentir absurda por notar que siempre corrías hacia ella.
Su rostro se endureció.
—Porque me necesitaba.
—Yo también te necesité.
El silencio cayó entre nosotros.
—La diferencia —continué— es que conmigo siempre pensaste que podías llegar después.
Adrián bajó la mirada.
Por fin había entendido.
No necesitaba haberme engañado físicamente para destruir nuestro matrimonio.
Había convertido mi permanencia en una certeza.
Clara podía necesitarlo inmediatamente.
El trabajo podía necesitarlo inmediatamente.
Todos podían.
Yo siempre esperaría.
Hasta que dejé de hacerlo.
El divorcio avanzó.
Adrián retrasó dos reuniones con los abogados.
Pidió revisar acuerdos que él mismo había propuesto meses atrás.
Incluso discutió por una cafetera que jamás había utilizado.
Mi abogada salió de una reunión y me preguntó:
—¿Realmente quiere esa cafetera?
Me reí.
—No.
—Entonces ¿qué quiere?
Miré hacia la sala donde Adrián permanecía sentado.
—Tiempo.
Pero el tiempo era precisamente lo único que ya no iba a regalarle.
La última conversación ocurrió el día de la firma.
Adrián sostenía la pluma sin escribir.
—Si te pidiera que volvieras, ¿lo harías?
Aquella pregunta habría sido mi sueño durante años.
Ahora solo me produjo tristeza.
—No.
—¿Aunque te diga que no quiero divorciarme?
—Fuiste tú quien me enseñó a imaginar una vida sin ti.
Me miró.
—Lo decías cada vez que querías terminar una discusión.
—Y yo lo escuchaba como una amenaza.
Hice una pausa.
—Hasta que un día empezó a sonar como una salida.
Adrián cerró los ojos.
Después firmó.
Meses más tarde, Sofía me envió una fotografía de una revista.
Adrián y Clara aparecían en el mismo evento.
—¿Quieres saber qué dice? —preguntó.
Respondí:
—No.
Y era verdad.
Mi vida ya no dependía de descubrir a quién miraba Adrián cuando yo no estaba presente.
Había conseguido un apartamento luminoso.
Volví a viajar con amigas.
Retomé proyectos que había rechazado porque siempre intentaba acomodarme a su agenda.
Una noche encontré una caja que había llevado conmigo durante la mudanza.
Dentro estaba una fotografía de nuestra boda.
La observé durante unos segundos.
No sentí odio.
Tampoco deseos de regresar.
Simplemente guardé la fotografía nuevamente.
Adrián me había pedido el divorcio tres veces.
Las primeras dos utilizó aquella palabra porque sabía que yo tenía miedo de perderlo.
La tercera creyó que ocurriría exactamente lo mismo.
Que lloraría.
Que suplicaría.
Que al día siguiente volvería a prepararle café.
Nunca imaginó que una amenaza repetida suficientes veces puede dejar de dar miedo.
A veces incluso puede convertirse en permiso.
Él tardó medio mes en darse cuenta de que mi ropa había desaparecido de nuestro dormitorio.
Yo había tardado años en darme cuenta de algo mucho más importante:
también podía sacar mi corazón de allí.
Y cuando finalmente lo hice, ya no quedaba nada que Adrián pudiera amenazar con perder.