No respondí.
Adrian sí.
—Valeria solo quiere decir que ahora tolero mejor el picante.
—Claro.
Cogí mi bolso.
—Que aproveche.
Valeria pareció decepcionada. Seguramente esperaba que fuera con ellos, que volviera a sentarme como tercera persona en mi propia relación.
No ocurrió.
Durante las siguientes semanas dejé de hacer muchas cosas pequeñas.
No llevaba café a I+D.
No compraba cenas.
No esperaba a Adrian después del trabajo.
No reorganizaba mis fines de semana cuando Valeria aparecía con una supuesta emergencia.
Y ocurrió algo curioso.
Adrian empezó a buscarme.
—Últimamente estás rara.
—Estoy ocupada.
—¿Con qué?
Casi me reí.
Durante dos años jamás había preguntado qué hacía yo fuera de aquella recepción.
—Con mi vida.
Mi último viernes en la empresa llegó cuatro semanas después.
Recursos Humanos organizó una despedida sencilla.
Valeria apareció cuando estábamos cortando el pastel.
—¿Te vas de verdad?
—Sí.
—¿Encontraste otra recepción?
Su tono parecía amable.
La pregunta no.
—Encontré otra cosa.
Adrian llegó detrás de ella.
—¿Por qué no me dijiste que hoy era tu último día?
Lo miré.
—Te dije que había renunciado.
—Pensé que cambiarías de opinión.
Aquella frase resumía demasiado bien nuestra relación.
Él siempre pensaba que yo seguiría allí.
Esperando.
Entonces se abrieron las puertas del vestíbulo.
Entraron dos hombres y una mujer.
Reconocí inmediatamente al primero.
Gabriel Torres.
Director general de Meridian Systems, uno de los competidores más importantes de nuestra empresa.
El ambiente cambió.
Incluso Adrian se enderezó.
Gabriel caminó directamente hacia mí.
—Sofía.
Me abrazó.
—Por fin.
Valeria parpadeó.
—¿Se conocen?
Gabriel sonrió.
—Desde la universidad.
Adrian me miró.
—¿Universidad?
No dije nada.
Gabriel sí.
—Sofía y yo estudiamos ingeniería informática juntos.
El silencio fue precioso.
Valeria me observó como si acabara de cambiar de rostro.
—¿Tú eres ingeniera?
—Sí.
Adrian frunció el ceño.
—Entonces ¿por qué trabajas en recepción?
Buena pregunta.
La respuesta era sencilla.
Tres años atrás había trabajado como desarrolladora.
Y me había quemado.
Meses sin dormir correctamente.
Ansiedad cada vez que veía una pantalla llena de código.
Cuando mi padre enfermó, renuncié.
Después acepté temporalmente un puesto administrativo en aquella empresa porque necesitaba estabilidad.
Temporalmente se convirtió en dos años.
Y durante esos dos años permití que incluso Adrian creyera que aquello era todo lo que podía hacer.
Al principio intenté contarle mi pasado.
Después dejó de preguntar.
Valeria habló:
—Pero nunca participas cuando hablamos de tecnología.
La miré.
—Nunca me preguntaste nada.
—Podías haber dicho algo.
—¿Mientras vosotros dos hablábais encima de mí durante dos horas?
Se quedó callada.
Gabriel intervino.
—Sofía no viene a Meridian como desarrolladora.
Adrian lo miró.
—¿Entonces?
—Producto estratégico.
Mi nuevo puesto combinaba aquello que sabía de tecnología con lo que había aprendido observando clientes, equipos y operaciones desde recepción.
No era directora secreta.
No era heredera.
No iba a ganar diez millones mañana.
Simplemente había decidido volver a utilizar una parte de mí que llevaba demasiado tiempo escondida.
Adrian me siguió hasta la salida.
—Sofía, espera.
Me giré.
—¿Desde cuándo estabas planeando esto?
—Desde el día del restaurante.
—¿Por cinco minutos?
Lo miré sorprendida.
—¿Todavía crees que fueron cinco minutos?
—Nos surgió una urgencia.
—Adrian, dejaste mi bolso allí.
Silencio.
—Ni siquiera comprobaste si había vuelto del baño.
—Valeria dijo que seguramente regresarías sola.
Ahí estaba.
—Y tú la escuchaste.
—No significó nada.
—Ese es precisamente el problema.
Respiré hondo.
—Yo tampoco significaba suficiente para que miraras atrás.
Adrian bajó la voz.
—¿Esto es por Valeria?
—No.
Negué.
—Esto es por mí.
Aquello pareció dolerle más.
—¿Y nosotros?
—Terminamos.
—Sofía…
—No estoy terminando porque comas picante con otra mujer.
Lo miré.
—Estoy terminando porque llevo demasiado tiempo comportándome como asistente de mi propio novio.
Me marché.
Tres meses después, Meridian participó en una licitación para un nuevo proyecto.
La antigua empresa de Adrian también.
Cuando vi su nombre entre los equipos competidores, pedí que todas las decisiones siguieran el proceso normal y documentado.
No necesitaba vengarme.
Meridian ganó una parte del proyecto.
La empresa de Adrian ganó otra.
La vida continuó.
Valeria me escribió una vez.
Nunca pasó nada entre Adrian y yo mientras estabais juntos.
Le creí.
Porque para entonces había entendido que una traición no siempre necesita un beso.
Respondí:
Lo sé.
Ella tardó unos minutos.
Entonces, ¿por qué lo dejaste?
Pensé en el restaurante.
En mi bolso.
En las cenas.
En todas aquellas conversaciones donde desaparecía aun estando sentada frente a ellos.
Porque no necesitaba que me engañara para darme cuenta de que ya me sentía sola.
No volvió a responder.
Adrian sí intentó regresar.
Apareció meses después en una cafetería cerca de Meridian.
—Valeria y yo ya casi no hablamos.
—Lo siento.
—No lo entiendes.
—Sí lo entiendo.
Me miró.
—Pensé que eso era lo que querías.
Negué.
—Nunca te pedí que dejaras de hablar con ella.
—Entonces ¿qué querías?
La respuesta me salió fácilmente.
—Que cuando yo regresara del baño, todavía recordaras que habías venido conmigo.
No tuvo nada que decir.
Aquella noche cené con mis padres.
Mamá volvió a llenarme el plato demasiado.
Papá preguntó por mi nuevo proyecto.
Y durante veinte minutos expliqué una solución técnica mientras ambos fingían entender.
A mitad de mi explicación, mamá levantó una mano.
—No entiendo ni una palabra.
Me reí.
—Lo sé.
—Pero continúa.
Y continué.
Porque eso era lo que había echado de menos durante años.
No necesitaba ser la persona más brillante de la mesa.
Solo quería estar con personas que recordaran que yo seguía sentada en ella.

Adrian pensó que nuestra relación terminó porque salió de un restaurante sin mí.
No.
Aquel día simplemente fue la primera vez que, en lugar de correr detrás de él, me quedé quieta el tiempo suficiente para darme cuenta de que llevaba años siendo yo quien intentaba alcanzarlo.