PARTE 2: SADIE NO ERA UNA BROMA

—¿Y limpiar la pistola? —preguntó Declan.

Sadie siguió mirando por la ventana.

—Mi padre odiaba las armas sucias.

—¿Tu padre era policía?

—No.

—¿Militar?

Ella finalmente lo miró.

—¿Esta conversación forma parte de mi contrato?

Declan sonrió.

—Tu contrato termina mañana.

—Entonces mañana podrás seguir preguntando.

Aquella respuesta pareció divertirlo.

Tres semanas antes, Tanner había contratado a Sadie después de verla trabajar como seguridad en un almacén.

Cuando Declan descubrió que la nueva guardaespaldas era una mujer de talla grande, decidió mantenerla durante un evento.

Una broma.

Incluso ordenaron darle aquel traje ridículo.

Ahora Tanner estaba en otro vehículo mientras la mujer de la que todos se habían burlado ocupaba el asiento más cercano a Declan.

El teléfono de Sadie vibró.

Leyó el mensaje.

Su expresión cambió.

—Detén el coche.

El conductor miró por el espejo.

Declan frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque nuestra ruta acaba de aparecer en un mensaje enviado desde el teléfono de Tanner.

Silencio.

Declan dejó lentamente el vaso.

—¿Cómo tienes acceso a eso?

Sadie le mostró la pantalla.

No era el teléfono de Tanner.

Era una alerta de seguridad enviada por el sistema interno del hotel.

Durante el caos del salón, Sadie había pedido preservar registros y cámaras porque alguien tenía que haber facilitado la entrada de los atacantes.

La información preliminar señalaba que una credencial del equipo de Tanner había abierto una puerta restringida.

—No sabemos si fue él —dijo Sadie—. Pero tampoco pienso averiguarlo dentro de una ruta que alguien más conoce.

Declan ordenó cambiar el destino.

Aquella decisión probablemente volvió a salvarle la vida.

Minutos después recibieron noticias de un incidente en el trayecto que debían haber utilizado.

Declan dejó de hacer preguntas sobre el padre de Sadie.

—¿Quién eres?

Sadie respiró hondo.

—Durante nueve años trabajé en protección ejecutiva internacional.

Había protegido diplomáticos, empresarios y testigos amenazados.

Lo dejó cuando su madre enfermó y regresó a Chicago.

Después de su muerte, necesitaba trabajo.

Tanner vio su experiencia.

También vio una oportunidad para convertirla en entretenimiento.

—¿Y aceptaste?

—Necesitaba pagar el alquiler.

Declan se quedó callado.

A la mañana siguiente reunió a todo su equipo.

Tanner intentó defenderse.

—Jefe, yo no filtré nada.

—Eso lo determinarán los registros —respondió Declan.

Luego miró a Sadie.

—Desde hoy ella dirige mi seguridad.

Varias caras cambiaron.

Sadie negó.

—No.

Declan parpadeó.

Probablemente pocas personas le decían aquella palabra.

—¿No?

Sadie dejó sobre la mesa la chaqueta rota.

—Me contrataste para humillarme. Tus hombres me dejaron sola cuando apareció una amenaza real. Ahora quieres ascenderme porque te salvé.

Se acercó a la puerta.

—Yo no necesito demostrarte cuánto valgo. Tú necesitas demostrar que este lugar merece que trabaje aquí.

Declan permaneció en silencio.

—¿Qué quieres?

Sadie se volvió.

—Un equipo profesional. Protocolos reales. Y que nadie vuelva a ser contratado como chiste.

Declan miró la chaqueta sobre la mesa.

—Hecho.

Meses después, nadie en su organización volvió a reírse cuando Sadie entraba en una habitación.

No porque hubiera cambiado su cuerpo.

No porque Declan la hubiera convertido en alguien importante.

Sino porque finalmente todos habían visto lo que siempre había estado allí.

Aquella noche, tres atacantes habían entrado convencidos de que la mujer más fácil de subestimar era Sadie Brooks.

Fue el mismo error que había cometido Declan.

Y casi le costó la vida.

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