Javier llegó esa misma tarde con una carpeta.
Su expresión me preocupó antes de que dijera una palabra.
—Rodrigo, tenemos un problema. Tú compraste el terreno y pagaste la construcción, pero hace dos años la propiedad cambió de titular.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿A nombre de quién?
Javier giró el documento.
Miguel Hernández.
Miré a mi hermano.
—Explícamelo.
Miguel empezó a tartamudear.
Karla respondió por él.
—Tu madre firmó. Todo fue legal.
Javier negó.
—El problema es que Elena nunca fue propietaria. No podía regalar algo que no era suyo.
Entonces colocó otro documento sobre la mesa.
Mi supuesta firma aparecía en un poder notarial que yo jamás había firmado.
Y no era lo único.
Durante años, Miguel había recibido mis transferencias para mamá y después enviaba gran parte del dinero a una cuenta vinculada a un pequeño negocio de Karla.
El coche nuevo.
Las vacaciones.
Las fiestas.
Incluso aquella mesa llena de langosta.
Todo había salido, directa o indirectamente, del dinero que yo enviaba pensando que mi madre comía bien y compraba sus medicinas.
Mamá comenzó a llorar.
—Yo no sabía, hijo. Miguel me decía que tú habías dejado de mandar tanto porque estabas pasando dificultades.
Miguel bajó la cabeza.
Eso explicaba por qué ella nunca me pedía nada.
Creía que yo apenas podía ayudarla.
—Tienes una semana para salir —le dije.
Karla se rio.
—La casa legalmente es nuestra.
Javier cerró la carpeta.
—Eso lo decidirán después de revisar cómo consiguieron esa escritura.
La sonrisa desapareció.
La investigación confirmó irregularidades en el poder utilizado para transferir la propiedad y permitió impugnar aquella operación. También entregamos los movimientos bancarios para revisar el dinero destinado al cuidado de mamá.
Miguel intentó disculparse.
—Solo quería darle una vida mejor a mi familia.
Miré hacia el pequeño cuarto junto a la lavadora.
—Mamá también era tu familia.
No tuve nada más que decir.
Meses después, la situación de la propiedad quedó corregida y Miguel y Karla ya no vivían allí.
Pero no vendí la casa.
Hice algo distinto.
Puse legalmente protegido el derecho de mi madre a vivir allí mientras quisiera, para que nadie pudiera volver a sacarla de su habitación ni tratarla como una invitada.
El primer domingo después de terminar todo, preparé comida.
Mamá volvió a sentarse en la cabecera de la mesa.
Miró los platos y después me miró a mí.
—Es demasiado para nosotros dos.
Sonreí.
—Entonces invitamos a doña Lupita.
Mamá soltó una pequeña carcajada.
Fue la primera que le escuché desde que regresé.
Había vuelto de Estados Unidos pensando que el peor descubrimiento sería encontrar a mi madre comiendo arroz frío mientras otros celebraban con mi dinero.
Me equivocaba.
Lo peor fue descubrir que habían intentado quitarle hasta la casa.
Pero Miguel cometió un error.
Podía esconder transferencias.
Podía mentirle a mamá.
Incluso podía cambiar el nombre escrito en una escritura.
Lo que no podía cambiar era quién había pagado aquella casa y para quién la había construido.