Alejandro volvió aquella noche.
Valeria había dado a luz y él esperaba encontrarme dormida.
En cambio, encontró la casa vacía.
Sobre la mesa estaban el anillo, el certificado de divorcio y mi informe médico.
Primero leyó el divorcio.
Después vio que había estado embarazada.
Su rostro perdió todo el color.
Me llamó.
Una vez.
Diez.
Cincuenta.
Yo ya estaba esperando mi vuelo.
Finalmente contesté.
—Elena… ¿estabas embarazada?
Cerré los ojos.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque cada vez que intentaba encontrar el momento adecuado, tú estabas cuidando a Valeria.
Hubo un silencio.
Entonces preguntó:
—¿Por qué hiciste todo esto sin mí?
—Tú mismo respondiste esa pregunta esta mañana.
Lo recordó.
El esposo que querría para su hija.
El matrimonio sin amor.
Sus propias palabras regresaron para condenarlo.
—No sabía que hablabas de nosotros.
—Ese fue siempre el problema, Alejandro. Nunca sabías nada de nosotros.
Su respiración se quebró.
—Vuelve. Podemos arreglarlo.
Miré mi tarjeta de embarque.
—Nuestro divorcio ya es definitivo.
—Te amo.
—Quizá. Pero nunca me elegiste como si lo hicieras.
Colgué.
Horas después aterrizé en París.
Alejandro, mientras tanto, fue a buscar a Valeria.
Por primera vez le preguntó directamente quién era el padre de su bebé.
Ella se quedó callada.
El niño no era suyo.
Nunca lo había sido.
Valeria había regresado a su vida porque estaba sola y sabía que Alejandro todavía se sentía responsable de ella. Él confundió esa responsabilidad con lealtad.
Y sacrificó su matrimonio por una familia que jamás había sido la suya.
Tres meses después apareció en París.
Me esperaba fuera del hospital donde yo había comenzado una residencia temporal.
—Terminé todo contacto con Valeria.
—Me alegro.
—Entonces dame otra oportunidad.
Negué.
—Sigues sin entender.
Lo miré por última vez.
—Yo no necesitaba que dejaras de elegirla después de perderme. Necesitaba que me eligieras cuando todavía era tu esposa.
Alejandro bajó la cabeza.
No volvió a insistir.
Un año después seguía volando alrededor del mundo.
Yo también había aprendido a hacerlo.
Solo que ya no esperaba a ningún hombre que siempre tuviera un lugar más importante al que correr.
Alejandro creyó que mi silencio significaba comprensión.
En realidad, significaba despedida.
Y cuando finalmente regresó dispuesto a ponerme por encima de todo, descubrió que yo ya había aprendido a ponerme primero.