PARTE 2: LEONARDO DESCUBRIÓ DEMASIADO TARDE PARA QUÉ QUERÍA LOS 500.000

Cuando desperté, mi hermana mayor estaba junto a mi cama.

Leonardo también había llegado.

Traía flores.

—Natalia, ¿por qué nadie me dijo que estabas embarazada?

Lo miré sin responder.

El médico intervino con frialdad.

—Ahora necesita tranquilidad. Usted puede esperar fuera.

Leonardo palideció.

—Soy su esposo.

—Por poco tiempo —dijo mi hermana.

Y dejó los papeles del divorcio sobre la mesa.

Pero aquello no fue lo que terminó de destruirlo.

Mi hermana sacó otra carpeta.

Dentro estaban las facturas del hospital de mamá, los préstamos que yo había solicitado y el contrato de venta de mi apartamento.

—¿Quieres saber para qué Natalia pidió quinientos mil? —preguntó—. Era para intentar pagar el tratamiento de nuestra madre.

Leonardo dejó de respirar.

—Ella nunca me dijo…

—Porque tú le dijiste que estabas quebrado.

Mi hermana arrojó otro documento sobre la mesa.

—Mientras ella trabajaba hasta la madrugada para ayudarte con tus supuestas deudas, tú gastabas millones con Camila.

Leonardo se sentó.

Por primera vez comprendió que la “interesada” había vendido prácticamente todo lo que tenía antes de pedirle un solo centavo.

Entonces apareció una segunda sorpresa.

Camila había sido quien alimentó sus sospechas durante meses.

Mi abogado recuperó mensajes donde ella repetía que yo solo quería casarme por dinero y aconsejaba a Leonardo “ponerme a prueba”.

La falsa quiebra había sido idea de ambos.

La apuesta de los quinientos mil también.

Cuando Leonardo enfrentó a Camila, ella se encogió de hombros.

—Tú decidiste creerme.

Y tenía razón.

Semanas después, Leonardo volvió a buscarme.

—Natalia, fui un idiota. Dame otra oportunidad.

—¿Para qué?

—Para compensarte.

Negué.

—No puedes devolverme aquella noche.

Ni las últimas horas con mi madre.

Ni todo lo que perdí mientras tú y Camila convertían mi desesperación en una apuesta.

Firmé el divorcio.

Meses después regresé al trabajo y pagué poco a poco las deudas que habían quedado.

Leonardo siguió enviando flores.

Nunca acepté ninguna.

La última vez que consiguió verme, preguntó:

—¿De verdad nunca me perdonarás?

—Tal vez algún día.

Sus ojos recuperaron esperanza.

Entonces terminé:

—Pero perdonar no significa regresar.

La noche de nuestra boda, Leonardo quiso demostrar que yo solo valía quinientos mil.

Al final descubrió algo mucho más caro:

había perdido a su esposa por una mentira que él mismo inventó para poner a prueba un amor que nunca había merecido.

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