PARTE 2: EL MAR NO ME DEJÓ IR

Pero la eliminación nunca terminó.

Cuando volví a abrir los ojos, no había mar.

No había dolor.

Solo una habitación blanca y una voz mecánica repitiéndose dentro de mi cabeza.

—¿Estoy muerta?

El sistema tardó en responder.

“Proceso interrumpido.”

—¿Por qué?

“Se detectó una anomalía en la misión.”

Cerré los ojos.

Ya no me importaban sus reglas.

—Elimíname.

“No puedo.”

Aquellas dos palabras me hicieron abrir los ojos.

“La misión nunca debió continuar después de la muerte de Luna.”

Me quedé inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Por primera vez, el sistema me mostró algo que había mantenido oculto durante mis siete vidas.

Una barra luminosa apareció frente a mí.

OBJETIVO: ALEJANDRO RIVAS

ÍNDICE DE AFECTO: 97%

Me reí.

—Eso es imposible.

“No.”

—Me odia.

“Nunca necesitabas alcanzar el amor de Alejandro.”

Sentí frío.

“Lo alcanzaste hace mucho tiempo.”

Entonces apareció otra línea.

CONDICIÓN REAL PARA COMPLETAR LA MISIÓN: EL OBJETIVO DEBE RECONOCER VOLUNTARIAMENTE A QUIÉN AMA.

Ahí estaba la trampa.

Alejandro podía quererme.

Podía necesitarme.

Podía volverse loco si desaparecía.

Pero mientras eligiera negarlo, yo permanecería atrapada.

Siete vidas esperando que un hombre admitiera una verdad que ni siquiera él quería mirar.

—Entonces déjame fracasar.

“Existe otra opción.”

La pantalla cambió.

RENUNCIA AL OBJETIVO.

CONSERVACIÓN DE IDENTIDAD AUTORIZADA.

Me quedé mirando aquellas palabras.

Durante seis vidas había intentado conseguir que Alejandro me eligiera.

En la séptima, por primera vez, podía elegirme yo.

—Renuncio.

La pantalla desapareció.

Y muy lejos de allí, las campanas de una boda comenzaron a sonar.

Alejandro estaba frente al altar cuando recibió la llamada.

—Señor Rivas —dijo su asistente—. Encontraron pertenencias de la señorita Sofía cerca del mar.

El rostro de Alejandro cambió.

—¿Qué pertenencias?

—Su teléfono. Su abrigo. Y documentos del crematorio de Luna.

Clara agarró su brazo.

—Alejandro, tenemos doscientos invitados esperando.

Él la apartó.

—¿Y Sofía?

El asistente no respondió inmediatamente.

—Los equipos de emergencia siguen buscando.

Alejandro salió de la ceremonia vestido todavía de novio.

Horas después estaba frente al mar.

No encontraron mi cuerpo.

Pero sí la urna de Luna, recuperada entre unas rocas cercanas a la costa.

Cuando Alejandro vio el nombre de nuestra hija grabado en ella, preguntó:

—¿Por qué estaba con Sofía?

Su asistente lo miró incrédulo.

—Porque ayer recogió las cenizas.

—¿Sola?

—Sí.

Algo se quebró en el rostro de Alejandro.

—¿Por qué nadie me avisó?

El asistente bajó la mirada.

—Señor… usted pidió que cualquier asunto relacionado con la señorita Sofía o la niña no interrumpiera los preparativos de su boda.

Alejandro no habló.

Esa noche no regresó al hotel.

Tampoco hubo boda.

Clara lo encontró sentado en su despacho al amanecer.

Frente a él estaba el expediente médico de Luna.

—Mateo está vivo gracias a ella —dijo Clara.

Alejandro levantó lentamente la mirada.

—No vuelvas a decir eso como si justificara lo ocurrido.

Clara palideció.

—Tú tomaste la decisión.

—Lo sé.

Aquella respuesta la silenció.

Porque Alejandro finalmente había dejado de buscar a alguien a quien culpar.

Durante los días siguientes revisó todo.

Y encontró algo que debió haber comprobado antes.

Habían existido alternativas médicas que requerían más tiempo y evaluación.

La opción relacionada con Luna había sido presentada como la más rápida, no como la única posibilidad.

Y yo había pedido una segunda opinión.

Alejandro había rechazado esperar.

En uno de los registros aparecía mi voz.

No gritaba.

Solo decía:

—Si le pasa algo a Luna, algún día tendrás que vivir sabiendo que yo te pedí que pararas.

Alejandro apagó la grabación.

Luego volvió a reproducirla.

Una vez.

Otra.

Clara terminó marchándose.

No porque yo hubiera regresado para destruir su relación.

Sino porque Alejandro ya no podía mirar a Mateo sin recordar el precio de sus propias decisiones.

Pasaron tres meses.

Después seis.

Alejandro me buscó por todas partes.

Hasta que recibió un paquete sin remitente.

Dentro estaba mi teléfono.

Había sobrevivido al agua porque llevaba una funda sellada.

Los técnicos recuperaron parte de su contenido.

Entre los archivos apareció un diario.

No de esta vida.

De todas.

Siete vidas.

Siete versiones de mí intentando conseguir el mismo final.

Alejandro leyó sobre la primera vez que lo conocí.

La segunda vez que morí creyendo que podría hacerlo mejor.

La cuarta, cuando comprendí que siempre elegiría a Clara si ella aparecía.

La sexta, cuando prometí que la siguiente sería la última.

Y finalmente llegó a una entrada escrita después del nacimiento de Luna:

“Ya no quiero completar la misión. Solo quiero que mi hija crezca sin aprender que amar significa suplicar.”

Alejandro permaneció sentado toda la noche.

Entonces escuchó una voz.

“Objetivo Alejandro Rivas: condición completada.”

Se levantó de golpe.

—¿Quién eres?

“Reconocimiento voluntario confirmado.”

Frente a él apareció una cifra.

100%.

Alejandro entendió demasiado tarde.

—Sofía.

“La anfitriona ha renunciado al objetivo.”

—Tráela de vuelta.

“No.”

—¡Haré cualquier cosa!

La respuesta fue inmediata.

“Ese era precisamente el problema. Siempre estabas dispuesto a hacer cualquier cosa después de perderla.”

Un año después, Alejandro seguía visitando la tumba de Luna.

La boda con Clara jamás se celebró.

Pero yo tampoco regresé.

Porque mi historia no necesitaba terminar con él arrepentido frente a una tumba.

Desperté en otro mundo.

Mi mundo original.

Conservaba todos mis recuerdos.

Pero algo había cambiado.

Sobre mi mesilla había una fotografía que jamás había existido antes.

Yo sostenía a una niña pequeña de ojos negros.

En la parte posterior había una frase:

“Compensación excepcional concedida. Algunas almas nunca pertenecieron al castigo.”

Escuché pasos pequeños en el pasillo.

Después una voz infantil:

—Mamá.

Me quedé sin respirar.

La puerta se abrió.

Una niña entró corriendo.

Tenía los mismos ojos negros.

La misma sonrisa de luna.

Me arrodillé y abrí los brazos.

Esta vez no había misión.

No había Alejandro.

No había nadie a quien convencer de amarme.

Solo Luna.

Y cuando mi hija corrió hacia mí, comprendí por qué el sistema había considerado mi séptima vida un fracaso.

Porque aquella era la primera en la que dejé de intentar ganar a Alejandro.

Y finalmente gané mi libertad.

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