A la mañana siguiente, Julián salió antes del amanecer.
Camila seguía durmiendo en la habitación de invitados.
Yo preparé una sola maleta.
No toqué sus cosas.
No reclamé los 730.000 yuanes.
No dejé una carta.
Antes de marcharme, puse sobre la mesa los noventa y nueve pequeños recuerdos que había conservado de mis propuestas: entradas, fotografías, notas, incluso aquel primer anillo barato de plata.
Encima dejé una frase.
“No habrá una propuesta número cien.”
Luego solicité mi traslado.
Tres semanas después estaba destinada a otra región.
Julián llamó treinta y siete veces el primer día.
No respondí.
Al cuarto día llegó un mensaje.
Deja de comportarte como una niña y vuelve a casa.
Lo bloqueé.
Meses después supe que Camila había solicitado alojamiento propio.
Nunca había querido vivir con nosotros.
Julián había insistido porque necesitaba que el matrimonio pareciera real ante su familia.
También descubrí algo que terminó de matar cualquier duda que pudiera quedarme.
Los 730.000 yuanes no habían sido necesarios.
Camila había recibido asistencia institucional y tenía otras opciones para resolver su situación.
Julián simplemente había decidido convertirse en su salvador.
Con mi dinero.
Con mi casa.
Con mis ocho años.
Dos años después, Camila solicitó el divorcio.
No esperó cuatro.
Para entonces había ascendido y podía defender sus propias decisiones.
Julián firmó.
Según me contaron, aquella misma noche preguntó por mí.
Pero yo ya estaba en otra vida.
Había completado formación avanzada, participado en varias operaciones conjuntas y aprendido algo que nunca me enseñaron en la academia:
dejar de perseguir a alguien también requiere disciplina.
Por eso, siete años después, cuando Julián se sentó a mi lado durante aquel ejercicio militar y me miró como si nuestra historia hubiera quedado congelada esperando su regreso, no sentí nada parecido a lo que él esperaba.
Al terminar la reunión, todos salieron lentamente.
Él permaneció sentado.
—Elena.
Guardé mis documentos.
—¿Sí?
—¿Podemos hablar?
—Tenemos diez minutos antes de la siguiente sesión.
Aquello pareció sorprenderlo.
Salimos al corredor.
Julián permaneció varios segundos en silencio.
—Me divorcié de Camila.
—Lo sé.
—Hace casi siete años.
—También lo sé.
—Nunca estuve con nadie después.
Lo miré.
—Eso no cambia nada.
Su mandíbula se tensó.
—Pensé que algún día volverías.
Por fin entendí los rumores.
No había esperado siete años porque yo se lo hubiera pedido.
Había construido una historia donde su arrepentimiento garantizaba mi regreso.
—¿Por qué?
—Porque me amabas.
—Sí.
No esperaba aquella respuesta.
—Te amé muchísimo.
Di un paso hacia él.
—Tanto que te propuse matrimonio noventa y nueve veces.
Julián bajó los ojos.
—Fui un idiota.
—Sí.
—Pensé que entenderías lo de Camila.
—Lo entendí perfectamente.
Levantó la mirada.
—Entonces sabes que nunca la amé.
—Ese nunca fue el problema.
Por primera vez pareció confundido.
—Elegiste protegerla aunque eso me destruyera. Elegiste darle un matrimonio que a mí me negaste durante ocho años. Elegiste gastar nuestros ahorros sin consultarme. Después la instalaste en nuestra casa y esperabas que yo cocinara para vuestra representación matrimonial.
Respiré.
—No necesitabas amarla para traicionarme.
Julián no respondió.
Entonces alguien apareció al final del corredor.
—Coronel Serrano.
Julián giró.
Un hombre alto con uniforme de otra división caminaba hacia nosotros llevando dos cafés.
Mateo Serrano.
Se detuvo a mi lado y me entregó uno.
—Sin azúcar.
—Gracias.
Julián miró el café.
Después a Mateo.
Después mi mano.
No llevaba alianza.
Pero ya no necesitaba una para demostrar que mi vida había continuado.
—¿Interrumpo? —preguntó Mateo.
—Ya terminábamos.
Julián entendió.
—¿Estáis juntos?
Mateo me dejó responder.
—Eso no te concierne.
Me marché con él.
Pero aquella noche encontré a Julián esperándome fuera del edificio de mando.
—Solo necesito preguntarte una cosa.
Me detuve.
—Hazlo.
Sacó algo del bolsillo.
El viejo anillo de plata.
Mi primera propuesta.
Lo había conservado.
—Si pudiera regresar a aquel día…
—No puedes.
—Lo sé.
Cerró los dedos alrededor del anillo.
—Entonces déjame hacerlo correctamente ahora.
Y antes de que pudiera detenerlo, se arrodilló.
Después de siete años.
Después de noventa y nueve propuestas rechazadas.
Julián Álvarez finalmente me pidió matrimonio.
No lloré.
No sentí satisfacción.
Solo una tristeza tranquila por la mujer que habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.
—Levántate, Julián.
—Elena…
—La mujer que quería casarse contigo dejó de existir hace siete años.
Su rostro se quebró.
—¿Es por Serrano?
Negué.
—Es por mí.
Guardó lentamente el anillo.
Pensé que aquello sería nuestro verdadero final.
Pero a la mañana siguiente me llamó el comandante del ejercicio.
—Coronel, necesitamos hablar sobre el general Álvarez.
Sobre su escritorio había un expediente antiguo.
El matrimonio con Camila había vuelto a aparecer durante una revisión administrativa.
No porque hubiera sido ilegal.
Sino porque Camila acababa de presentar una declaración relacionada con aquellos años.
En ella afirmaba algo que Julián nunca me había contado.
Ella jamás le había pedido que se casara con ella.
Según Camila, había rechazado la idea dos veces.
Fue Julián quien insistió.
Y había una razón.
Meses antes de aquella boda, Julián había sido considerado para un puesto que exigía trasladarse durante años.
Casarse con una subordinada en problemas había complicado aquella posibilidad y terminado manteniéndolo en la misma región.
La región donde su padre, el general retirado Esteban Álvarez, estaba construyendo una poderosa red de influencia.
Miré al comandante.
—¿Está diciendo que Camila fue una excusa?
—Estoy diciendo que quizá no conoces toda la razón por la que Julián tomó aquella decisión.
Entonces vi la última página.
Un correo de Esteban a su hijo, fechado dos días antes del matrimonio.
“Hazlo. Camila necesita protección y nosotros necesitamos que permanezcas aquí. Elena acabará perdonándote. Siempre lo hace.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Durante siete años pensé que Julián había elegido salvar a otra mujer antes que elegirme a mí.
La verdad era todavía más sencilla.
Había elegido su carrera, su padre y su propia comodidad.
Y había apostado todo a una certeza:
que después de noventa y nueve veces, yo siempre estaría dispuesta a preguntarle una vez más.
Se equivocó.
La propuesta número cien sí llegó.

Solo que esta vez fue Julián quien la hizo.
Y fui yo quien respondió:
—Todavía no.
Para siempre.