PARTE 2: EL MONSTRUO ESTABA EN CASA

—¡Leo!

La voz de Daniel salió rota.

No esperó a que nadie reaccionara.

Volvió a levantar la barreta y golpeó con todas sus fuerzas.

La primera tabla saltó.

Luego otra.

Después una tercera.

Debajo apareció un hueco estrecho, oscuro, apenas iluminado por la luz que entraba entre los tablones rotos.

—¡Papá…!

Esta vez la voz fue más clara.

Mariana cayó de rodillas.

—¡Mi niño! ¡Leo!

Intentó acercarse, pero Daniel la sostuvo.

—No te muevas.

Las tablas pueden ceder.

Patricia respiraba cada vez más rápido.

—¡Paren! ¡Van a tirar la casa!

Nadie la escuchó.

Daniel siguió arrancando madera.

Hasta que pudo ver una pequeña mano.

Sucia.

Temblando.

Pero viva.

Leo estaba acurrucado dentro de un espacio improvisado bajo el piso.

Tenía el rostro pálido, los labios resecos y los ojos llenos de miedo.

Cuando vio a su padre, rompió a llorar.

—Pensé… que ya no iban a venir.

Daniel sintió que el pecho se le partía.

Se metió como pudo entre las vigas y lo abrazó con una desesperación que jamás había conocido.

—Ya estoy aquí.

Ya pasó.

Ya pasó.

Pero Leo no dejó de temblar.

Se aferró al cuello de su padre.

—No la dejes entrar.

Daniel sintió cómo el cuerpo del niño se estremecía.

—¿A quién?

Leo señaló con un dedo débil hacia la sala.

—A la tía Patricia.

El silencio cayó sobre la casa.

Mariana giró lentamente.

Patricia había retrocedido hasta la cocina.

Negaba con la cabeza.

—No… no sabe lo que dice.

Daniel salió cargando a su hijo.

Lo envolvió con una manta del sofá.

—Llama a una ambulancia.

Ordenó a Mariana.

Ella apenas podía marcar el número entre las lágrimas.

Patricia dio un paso.

—Daniel, escúchame…

Él levantó la mano.

—Ni una palabra.

Ella comenzó a llorar.

—No fue como piensas.

—Entonces explícalo.

Patricia abrió la boca.

No salió ningún sonido.

Solo lloraba.

Leo escondió el rostro en el pecho de su padre.

—No quería que hablara.

Daniel sintió un escalofrío.

—¿Hablar de qué?

El niño tardó unos segundos en responder.

—Del hombre que venía cuando tú trabajabas.

Patricia cerró los ojos.

Mariana dejó caer el teléfono.

La ambulancia ya venía en camino.

Pero nadie parecía escuchar las sirenas a lo lejos.

Daniel miró directamente a su hermana.

—¿Quién era ese hombre?

Patricia comenzó a temblar.

—Yo…

No terminó la frase.

Porque en ese momento sonó el timbre.

Tres policías y dos paramédicos entraron corriendo a la casa.

Uno de los agentes observó el enorme agujero en el suelo.

Después miró al niño.

Y finalmente dirigió la vista hacia Patricia.

Ella levantó lentamente las manos.

No para rendirse.

Sino para señalar un cuadro colgado sobre la chimenea.

—No busquen solo aquí…

Susurró con la voz quebrada.

—Todo empezó por lo que Leo encontró detrás de ese cuadro hace diez meses.

Daniel giró la cabeza.

Por primera vez comprendió que el escondite bajo el piso no era el origen de aquella pesadilla.

Solo era el lugar donde alguien había intentado ocultar al único testigo que conocía toda la verdad.

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