PARTE 2: QUIEN ESCUCHÓ DETRÁS DE LA PUERTA

La tabla volvió a crujir.

Rafael apagó la lámpara de inmediato.

Durante años había aprendido a distinguir el sonido de una casa que se acomoda del paso de una persona que intenta no ser descubierta.

Aquello no era la madera.

Era alguien.

Se acercó despacio a la puerta del dormitorio.

Esperó unos segundos.

Entonces la abrió de golpe.

El pasillo estaba vacío.

Solo quedaba una ligera oscilación en la cortina del fondo y el eco de unos pasos apresurados bajando la escalera.

No salió corriendo.

No hacía falta.

Ya sabía que Mercedes o Iván habían escuchado parte de la conversación.

Volvió junto a Valeria.

—Nos queda menos tiempo del que pensaba.

Ella lo miró con el rostro todavía húmedo por las lágrimas.

—¿Qué van a hacer?

Rafael tomó el teléfono satelital.

—Exactamente lo que esperaba que hicieran.

Marcó un número que sabía de memoria.

La llamada fue respondida antes del segundo tono.

—Unidad Especial.

—Capitán Rafael Mendoza.

La operación cambia de fase.

Hubo un breve silencio.

—¿Está confirmado?

—Sí.

Los sospechosos ya saben que regresé.

La voz al otro lado respondió con absoluta calma.

—Entendido.

Activamos el protocolo.

Rafael colgó.

Valeria lo observaba sin comprender.

Él tomó sus manos con cuidado.

—Escúchame bien.

Mañana no vas a defenderme.

No vas a discutir con nadie.

Y, sobre todo, vas a seguir fingiendo que les tienes miedo.

—¿Por qué?

—Porque cuando la gente cree que ya ganó…

Comete errores.

A la mañana siguiente, el desayuno transcurrió como si nada hubiera ocurrido.

Mercedes sirvió café.

Iván revisaba el celular.

Rafael permanecía en silencio.

Valeria mantenía la mirada baja.

Exactamente como habían ensayado.

Mercedes sonrió con una dulzura artificial.

—¿Ya se sienten mejor?

Valeria asintió sin hablar.

Iván soltó una carcajada.

—Ya decía yo que las cosas se arreglan cuando el capitán pone orden.

Rafael fingió no escuchar.

Se limitó a remover el café.

Entonces Mercedes dejó un folder sobre la mesa.

—Aprovechando que ya estás en casa…

Necesitamos que firmes unos documentos.

Rafael levantó la vista.

—¿Qué documentos?

—Solo unos trámites de la clínica de Querétaro.

Nada importante.

Él abrió la carpeta.

Reconoció inmediatamente las hojas.

No eran trámites administrativos.

Eran poderes notariales.

Si los firmaba, Mercedes obtendría el control absoluto de la clínica que el padre de Valeria había construido durante treinta años.

Rafael levantó lentamente la mirada.

—¿Quién preparó esto?

Mercedes sonrió.

—Nuestro abogado.

Iván añadió con despreocupación.

—Solo queremos ayudarte para que no tengas que preocuparte por negocios.

Rafael cerró la carpeta con absoluta tranquilidad.

—Lo revisaré después.

Por primera vez, Mercedes perdió la sonrisa.

—No hace falta.

Confía en nosotros.

Rafael sostuvo su mirada.

—Precisamente por eso quiero leerlo.

El ambiente cambió de inmediato.

Nadie volvió a hablar durante el desayuno.

Dos horas después, cuando Rafael salió de la casa con el pretexto de presentarse en la base aérea, un automóvil gris comenzó a seguirlo.

Lo había esperado.

Sonrió apenas.

No intentó despistarlo.

Al contrario.

Lo condujo exactamente hasta el edificio de la Fiscalía Federal.

Desde el espejo retrovisor observó cómo el coche se detenía a media calle.

El conductor tomó el teléfono de inmediato.

Rafael ya conocía ese movimiento.

Sabía que estaban avisando.

Y eso era exactamente lo que necesitaba.

Porque mientras Mercedes e Iván seguían convencidos de controlar cada paso de la familia, la Unidad de Investigación Financiera acababa de obtener la última confirmación que faltaba para solicitar las órdenes judiciales.

La trampa ya no era para Valeria.

Era para quienes llevaban ocho meses convirtiendo aquella casa en una prisión.

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