Alba no abrió el sobre inmediatamente.
Miró a Íñigo.
—Primero dígame dónde está mi hermano.
El hombre bajó la vista.
—No puedo darle la respuesta que espera.
Aquello bastó para que las piernas de Alba perdieran fuerza. Se sujetó a la reja.
Íñigo levantó las manos.
—Pero tampoco puedo decirle que Daniel murió. Nunca encontré pruebas de eso.
—Entonces hable.
Íñigo señaló la casa.
—La carta lo explica mejor que yo.
Alba abrió finalmente la reja.
No por confianza.
Por Daniel.
Se sentaron en la cocina donde Carmen había preparado café durante décadas.
Alba rompió el sobre.
La carta era breve.
“Mamá:
Si Íñigo consigue entregarte esto, significa que algo salió mal.
No me fui porque quisiera desaparecer.
Encontré algo relacionado con las tierras y necesito resolverlo antes de volver.
No firmes nada.
No vendas la finca.
Y, sobre todo, no confíes en nadie que aparezca diciendo que estas tierras no valen nada.
Cuida de Alba.
Daniel.”
Alba leyó la última línea tres veces.
Después levantó la cabeza.
—¿Qué tierras?
Íñigo sacó varios documentos.
Siete años atrás, Valcárcel había estudiado adquirir parcelas para ampliar una zona de producción.
Daniel trabajó temporalmente para una empresa que realizaba estudios de suelo y registros agrícolas.
Durante aquel trabajo detectó algo extraño.
La finca Roldán figuraba en documentos internos como una propiedad estratégica.
No por la casa.
Ni siquiera por el viñedo actual.
—¿Entonces por qué?
Íñigo extendió un antiguo mapa.
—Por el agua.
Debajo de varias propiedades de aquella zona existía un acuífero con derechos de aprovechamiento muy antiguos.
La finca de Carmen conservaba uno de esos derechos.
—¿Cuánto vale?
—Mucho, si se integra en un proyecto vinícola grande.
Alba recordó inmediatamente a Sergio.
Durante meses había repetido:
“Vendamos este agujero.”
“Tu madre se aferra a tierra inútil.”
“Con lo que nos den podemos empezar de cero.”
Sintió náuseas.
—¿Daniel descubrió esto?
—Descubrió que alguien estaba intentando comprar propiedades sin informar a los dueños de lo que realmente poseían.
—¿Mi hermano trabajaba para usted?
Íñigo negó.
—Para una consultora contratada por una filial que entonces hacía negocios con mi familia.
Daniel copió documentos.
Después me buscó porque yo acababa de entrar en la dirección del grupo y creyó que podía ayudarlo.
Íñigo señaló la medalla.
—Me la dejó junto con esa carta.
—¿Por qué no vino hace siete años?
La culpa apareció claramente en su rostro.
—Porque fui cobarde.
Alba guardó silencio.
—Daniel desapareció dos días después de reunirse conmigo. La investigación empezó y mi familia me convenció de que entregar documentos internos solo conseguiría convertirme en sospechoso y destruir la empresa. Me dijeron que ellos localizarían a Daniel.
—¿Y usted les creyó?
—Durante demasiado tiempo.
Íñigo respiró profundamente.
—Cuando comprendí que nadie lo estaba buscando realmente, empecé yo.
Había tardado siete años porque Daniel nunca escribió la dirección completa de la finca.
Carmen y Alba habían cambiado de teléfono.
El apellido Roldán aparecía en decenas de registros.
La pista definitiva llegó semanas atrás, cuando una solicitud de valoración volvió a mencionar aquella propiedad.
Alba se quedó inmóvil.
—¿Qué solicitud?
Íñigo deslizó una hoja.
Solicitante:
Sergio Navarro.
Su marido.
Había pedido una estimación privada del valor potencial de la finca cuatro meses antes de abandonarla.
Mucho antes de la muerte de Carmen.
Mucho antes de vaciar la cuenta.
—Él sabía —susurró Alba.
—Sabía que podía valer bastante más de lo que le decía a usted.
Alba recordó todas sus discusiones.
Sergio insistiendo en vender.
Sergio diciendo que mantener aquello era absurdo.
Sergio ofreciéndose a “ocuparse de los papeles”.
Y entonces recordó algo más.
Una semana antes de marcharse, había pedido fotografiar la escritura.
Alba se levantó.
Fue hasta el escritorio de Carmen.
Abrió el cajón inferior.
La carpeta de la finca seguía allí.
Pero faltaba un documento.
El certificado histórico de aprovechamiento del pozo.
—Estaba aquí.
Íñigo se puso de pie.
—No llame a Sergio todavía.
—No pensaba hacerlo.
Aquella misma tarde Alba llamó a su abogada.
Cambió también las claves bancarias que seguían compartidas, documentó el dinero retirado por Sergio y notificó formalmente que ninguna negociación sobre la finca estaba autorizada por ella.
Tres días después Sergio regresó.
No venía solo.
Traía a un agente inmobiliario.
Alba los observó desde el otro lado de la reja reparada.
—Abre —ordenó Sergio—. Tenemos que hablar.
—Habla desde ahí.
—Conseguí comprador para la finca.
Alba casi sonrió.
—Qué rápido para un agujero sin futuro.
Sergio se quedó quieto.
—Podemos conseguir una buena cantidad. Firmamos, pagamos nuestras deudas y dividimos lo restante en el divorcio.
—¿Cuánto ofrecen?
Dijo una cifra.
Parecía enorme.
Hasta que Alba recordó la valoración que Íñigo le había mostrado.
La oferta representaba menos de una quinta parte del valor potencial estimado.
—No.
Sergio perdió la paciencia.
—¡Alba, vas a tener un bebé! No puedes administrar esto sola.
—Eso lo decidiré yo.
Entonces vio a Íñigo salir del cobertizo.
Sergio palideció.
No preguntó quién era.
Y aquello fue suficiente.
Alba entrecerró los ojos.
—Ya lo conocías.
Sergio retrocedió.
Íñigo también lo había comprendido.
—¿De dónde?
El agente inmobiliario miró a Sergio, incómodo.
Sergio no respondió.
Alba sintió que su hermano desaparecido, la finca y la huida de su marido acababan de quedar unidos por una pieza que todavía faltaba.
Íñigo sacó su teléfono.
—Creo que sé dónde encontrar la respuesta.
La solicitud de valoración de Sergio contenía un correo de contacto secundario.
Durante semanas nadie había reparado en él.
Íñigo sí reconoció el dominio.
Pertenecía a la antigua consultora donde Daniel había trabajado siete años atrás.
Pero lo imposible estaba después de la arroba.
La cuenta seguía activa.
Y había sido creada apenas nueve meses antes.
A nombre de:
Daniel Roldán.
Alba dejó de escuchar a Sergio.
Miró la medalla que todavía llevaba apretada en la mano.

Durante siete años había preguntado si su hermano estaba vivo.
Ahora la pregunta había cambiado.
Si Daniel seguía usando su nombre…
¿por qué había contactado con Sergio y no con ella?