PARTE 2: EL PRECIO DE ELEGIR

A la mañana siguiente fui directamente a ver a mi padre.

Rafael Vargas tardó menos de diez segundos en comprender que aquello no era una pelea matrimonial.

—¿Estás segura? —preguntó.

Puse el certificado de divorcio frente a él.

—Completamente.

Mi padre observó mi firma durante unos segundos y después levantó la mirada.

—Entonces no volveré a preguntarte si quieres regresar con Samuel. Solo dime qué necesitas.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

En mi vida anterior jamás había acudido a él.

Había preferido sufrir antes que admitir que mi matrimonio había fracasado.

—Necesito trabajo. Una casa pequeña. Y quiero que Mateo y Lucía estudien.

Rafael asintió.

—Eso puedo conseguirlo.

—No quiero que me mantengas.

Por primera vez sonrió.

—Eso también lo heredaste de mí.

Tres semanas después trabajaba como auxiliar administrativa en una cooperativa vinculada al ejército. El sueldo era modesto, pero suficiente para empezar.

Mis hijos volvieron a la escuela.

Alquilamos una pequeña casa con dos habitaciones.

No era elegante.

Pero nadie podía echarnos de allí.

Y entonces Samuel comenzó a aparecer.

Primero llevó juguetes.

Después alimentos.

Finalmente llegó una noche solo.

—Isabel se fue.

No abrí completamente la puerta.

—¿Y?

Su mandíbula se tensó.

—Discutimos.

—Ese ya no es mi problema.

Samuel me miró como si no reconociera a la mujer frente a él.

—Dijo que pensaba que, después del divorcio, nos casaríamos.

Solté una pequeña risa.

—¿Y tú qué creías que esperaba?

Samuel guardó silencio.

Ahí estaba su verdadero error.

Había querido conservarlo todo.

A Isabel bajo su techo.

A mí esperándolo.

A sus hijos adorándolo.

Sin pagar el precio de ninguna elección.

—Elena… quiero arreglar esto.

—No.

—Escúchame.

—Te escuché durante seis años.

Intentó acercarse.

Cerré un poco más la puerta.

—Tú pediste el divorcio, Samuel. Yo simplemente hice que dejara de ser una mentira.

Su rostro se endureció.

—¿Hay otro hombre?

Aquella pregunta casi me hizo reír.

—Todavía sigues creyendo que una mujer solo abandona a un hombre cuando encuentra otro.

Cerré la puerta.

Pensé que aquello terminaría allí.

Me equivocaba.

Dos meses después recibí una citación.

Samuel solicitaba formalmente la custodia de Mateo y Lucía.

Cuando mi padre leyó los documentos, golpeó la mesa.

—Ese desgraciado.

Pero yo permanecí tranquila.

Porque aquello también había sucedido en mi primera vida.

Solo que esta vez estaba preparada.

El día de la audiencia, Samuel apareció impecable con su uniforme.

Su abogado habló de estabilidad, vivienda, ingresos y prestigio.

Después me señalaron a mí.

Divorciada.

Sueldo pequeño.

Casa alquilada.

Parecía una batalla perdida.

Hasta que mi abogado colocó una carpeta sobre la mesa.

—Solicitamos incorporar estas declaraciones.

Samuel frunció el ceño.

Dentro había testimonios de vecinos, personal doméstico y varios oficiales que habían visto a Isabel viviendo en nuestra antigua casa incluso antes del divorcio.

Pero faltaba lo más importante.

Mi abogado sacó una carta.

Reconocí inmediatamente aquella letra.

Isabel.

Samuel también.

Su rostro perdió el color.

La carta estaba fechada tres meses antes de nuestro divorcio.

“Samuel me prometió que Elena saldría de la casa antes de mi llegada. Dice que el divorcio será solo una formalidad para evitar problemas, pero sé que tarde o temprano entenderá quién es la mujer que realmente necesita.”

El silencio cayó sobre la sala.

Samuel me miró.

—Elena, yo nunca…

—No importa —respondí.

Y por primera vez era verdad.

Ya no necesitaba saber cuánto había amado a Isabel.

Ni cuándo había empezado.

Ni cuál de sus mentiras había sido la peor.

Solo necesitaba proteger a mis hijos.

La custodia quedó conmigo.

Samuel recibió derecho de visitas.

Cuando salimos, me alcanzó en las escaleras.

—Elena.

Seguí caminando.

—Cometí un error.

Me detuve.

En mi vida anterior había esperado veinte años aquellas palabras.

Ahora llegaron demasiado tarde.

—No, Samuel. Un error ocurre una vez. Tú tomaste decisiones durante años.

Tomé las manos de Mateo y Lucía.

Pero antes de marcharnos, Samuel dijo algo que me hizo detenerme.

—Isabel desapareció.

Giré lentamente.

—¿Qué?

—Se llevó documentos de mi despacho. Informes militares confidenciales.

Mi expresión cambió.

Samuel bajó la voz.

—Y encontraron una carta suya.

—¿Qué decía?

Me miró fijamente.

—Que nunca regresó por mí.

Sentí un escalofrío.

Samuel sacó una fotografía de su bolsillo.

Isabel aparecía junto a un hombre que yo reconocí inmediatamente.

Un hombre que, en mi vida anterior, había aparecido años después de mi divorcio.

El mismo hombre que había contratado a mi hijo Mateo antes de que desapareciera.

Y entonces comprendí algo aterrador.

Tal vez mi primera vida no había sido destruida solamente por un matrimonio roto.

Tal vez Isabel había entrado en nuestra familia buscando algo mucho más peligroso.

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