PARTE 2: EL BEBÉ QUE NUNCA FUE AJENO

Adrian me observó durante varios segundos.

—Voy a preguntarlo una vez más —dijo—. ¿Ese bebé es mío?

Me llevé una mano al vientre.

—Tú dijiste que eras infértil.

—Mentí.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Mentí porque tú acababas de decir que estabas embarazada de otro hombre y quería saber si aun así aceptarías casarte conmigo.

Lo miré incrédula.

—Eso es completamente absurdo.

—Tú inventaste un exmarido.

—Eso es diferente.

—¿En qué universo?

No tuve respuesta.

Adrian se pasó una mano por el rostro.

—Emma, necesito la verdad.

El silencio se volvió insoportable.

Finalmente susurré:

—Sí.

Él se quedó inmóvil.

—¿Sí qué?

—El bebé es tuyo.

Adrian cerró los ojos.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después soltó una risa seca.

—Tres años.

—Adrian…

—¿Llevas seis meses embarazada de mi hijo y cuando me encuentras finges que estás divorciándote de otro?

—Porque tú me abandonaste.

Aquello lo hizo callar.

—Desapareciste —continué—. Cuando intenté buscarte, tu madre me dijo que habías elegido a alguien de tu nivel y que no volviera a molestarte.

Su expresión cambió.

—Mi madre te dijo eso.

—Más de una vez.

Saqué el teléfono y busqué una antigua captura que jamás había tenido valor de borrar.

Se la mostré.

Adrian leyó.

Su mandíbula se tensó.

Entonces comprendí que algo tampoco encajaba para él.

—Yo nunca recibí tus mensajes —dijo.

—Claro.

—Emma, mírame.

Lo hice.

—Mi madre me dijo que tú habías aceptado dinero para dejarme.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué dinero?

Adrian sacó su teléfono.

Diez minutos después estaba hablando con alguien de su familia.

Media hora después teníamos una respuesta.

Tres años atrás, su madre había bloqueado mi número en el teléfono de Adrian mientras él estaba hospitalizado después de un accidente menor. Después había hecho llegar a cada uno una versión distinta de la ruptura.

A mí me dijo que Adrian ya no quería verme.

A él, que yo había aceptado una compensación y desaparecido.

Ninguno comprobó la historia.

Nuestro orgullo hizo el resto.

Adrian se dejó caer en el sofá.

—Perdimos tres años por esto.

Negué lentamente.

—No.

Me miró.

—También los perdimos porque tú decidiste creer que yo podía venderte sin siquiera preguntarme.

Eso le dolió.

Y debía dolerle.

—Tienes razón —respondió.

Fue la primera disculpa verdaderamente sincera que escuché de él.

Después señaló mi vientre.

—Pero esto ocurrió hace seis meses.

Ahí llegó la parte todavía más incómoda.

Nos habíamos encontrado una noche durante una conferencia médica.

Una cena.

Demasiadas emociones viejas.

Una despedida que ninguno había sabido convertir en despedida.

A la mañana siguiente Adrian tuvo que viajar.

Yo descubrí el embarazo semanas después.

Intenté localizarlo.

Entonces apareció nuevamente su madre.

Me aseguró que Adrian estaba comprometido.

Y yo decidí no convertirme en la mujer embarazada que aparecía destruyendo una boda.

—La mujer que hoy te dejó plantado… —pregunté—. ¿Era tu prometida?

Adrian negó.

—Nuestras familias querían anunciar un compromiso. Yo nunca acepté. Ella apareció hoy porque nuestras madres organizaron todo sin consultarnos.

Me quedé mirándolo.

—Entonces los dos llegamos al Registro Civil mintiendo.

—Exactamente.

—Y terminamos casados.

—Exactamente.

Me cubrí la cara.

—Somos idiotas.

—En eso estamos de acuerdo.


A partir de aquella noche cambió algo.

Adrian no intentó obligarme a amarlo.

Hizo algo más difícil.

Empezó a demostrar que podía quedarse.

Pagó directamente el tratamiento pendiente de mi madre, pero puso los recibos a mi nombre.

—No quiero deberte dinero —protesté.

—Entonces devuélvemelo cuando seas multimillonaria.

También me acompañó a cada revisión prenatal.

Aprendió qué alimentos podía tolerar.

Montó la cuna.

La desmontó porque estaba torcida.

Volvió a montarla.

Y dos meses después, cuando comenzaron las contracciones, fue Adrian quien perdió completamente la calma.

—¿Por qué respiras así?

—Porque estoy de parto.

—¿Ahora?

—Normalmente los bebés no reservan cita.

En el hospital apretó mi mano durante horas.

Cuando finalmente escuchamos el llanto del bebé, Adrian se quedó paralizado.

Era un niño.

La enfermera se lo entregó.

Adrian bajó la mirada y algo en su rostro se derrumbó.

El bebé abrió los ojos.

Los mismos ojos oscuros de Adrian.

Yo sonreí agotada.

—Felicidades. Parece que tu infertilidad se curó milagrosamente.

Él me lanzó una mirada asesina.

—Cuando salgamos de aquí tendremos una conversación.

—¿Otra?

—Varias.

Pero besó la frente del bebé.

Después la mía.


Un año más tarde, aquella conversación regresó.

Nuestro hijo estaba sentado sobre las piernas de Adrian mientras intentaba quitarle el reloj.

Adrian lo estudió durante casi un minuto.

—Emma River.

Yo seguí comiendo fruta.

—¿Sí?

—Tiene mis ojos.

—Coincidencia.

—Mi nariz.

—La genética es misteriosa.

—Tiene exactamente el mismo hoyuelo que yo.

—Debe ser contagioso.

Adrian respiró profundamente.

—¿Y todavía pretendes decirme que es hijo de otro?

Sonreí.

—Nunca dije exactamente eso.

—Dijiste que era de mi hermano.

—Fue una hipótesis.

—No tengo hermanos biológicos.

—Entonces descartamos esa hipótesis.

Adrian me miró con expresión oscura.

El niño levantó la cabeza y, copiando perfectamente el gesto de su padre, frunció también el ceño.

No pude contener la risa.

Adrian tampoco.

Aquello fue lo que terminó de romper los últimos restos de nuestro absurdo matrimonio “por conveniencia”.

Esa noche, después de acostar al bebé, Adrian dejó un documento frente a mí.

Lo miré alarmada.

—¿Divorcio?

—No.

Era un contrato.

Reconocía formalmente todos mis derechos sobre nuestros bienes, protegía económicamente a mi madre y establecía un fondo independiente para nuestro hijo.

Pero al final había una hoja en blanco.

—¿Qué es esto?

Adrian tomó un bolígrafo.

—Nuestro primer matrimonio empezó con dos mentiras frente al Registro Civil.

Me miró.

—Quiero saber si aceptarías empezar el segundo sin ninguna.

Se me humedecieron los ojos.

—Ya estamos casados.

—Lo sé.

—Entonces esto es bastante inútil.

—Emma.

Sonreí.

Esta vez no había alquiler gratis.

Ni exmaridos imaginarios.

Ni infertilidad inventada.

Ni madres decidiendo nuestras vidas.

Solo nosotros.

—Está bien —susurré—. Pero tengo una condición.

—¿Cuál?

Señalé hacia la habitación del bebé.

—Cuando crezca y pregunte cómo nos casamos, tú cuentas la historia.

Adrian soltó una carcajada.

—Ni muerto.

Y así descubrí que el matrimonio más absurdo de mi vida había comenzado como una mentira.

Pero, por primera vez, ninguno de los dos necesitaba inventar una excusa para quedarse.

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