PARTE 2: EL HIJO QUE YA ESTABA MUERTO

Óscar Reyes evitó mirar a su madre cuando ocupó el asiento junto a los abogados de Desarrollos Altavista.

Doña Matilde apenas podía respirar.

—Óscar… dime que no firmaste eso.

Su hijo bajó la cabeza.

Mauricio Landa intervino enseguida.

—Señoría, el señor Reyes está dispuesto a confirmar que su madre conocía la venta.

Emiliano permaneció inmóvil.

—Entonces solicito que declare bajo protesta de decir verdad.

Mauricio sonrió.

—Por supuesto.

Óscar se acercó al estrado.

Al principio, su historia parecía perfecta.

Dijo que Matilde tenía problemas económicos. Que había aceptado vender el terreno. Que él estuvo presente cuando firmó y que parte del dinero se utilizó para pagar deudas familiares.

Matilde comenzó a llorar.

—¡Estás mintiendo!

El juez golpeó la mesa.

—¡Orden!

Emiliano esperó.

Luego se levantó con una carpeta pequeña.

—Señor Reyes, ¿cuándo afirma que su madre firmó?

—El 17 de octubre.

—¿Usted estaba presente?

—Sí.

—¿Y firmó como testigo?

—Sí.

Emiliano asintió.

—Entonces tenemos un problema.

Sacó un documento.

—Porque el Óscar Reyes que aparece registrado como hijo de mi clienta falleció hace once años.

El silencio fue absoluto.

Mauricio se levantó bruscamente.

—¡Objeción!

Pero Emiliano ya había entregado al secretario un acta certificada.

El juez la leyó.

Su rostro cambió.

Matilde cerró los ojos.

—Mi hijo Óscar murió en 2015 —susurró.

Todas las miradas cayeron sobre el hombre que acababa de declarar usando su nombre.

El juez levantó la cabeza.

—Entonces ¿quién es usted?

El supuesto Óscar palideció.

Mauricio dejó de sonreír.

—Señoría, solicito un receso.

—Denegado.

Emiliano abrió su mochila nuevamente.

—Durante años, la señora Reyes evitó hablar de esto porque significaba recordar la peor etapa de su familia. Después de la muerte de Óscar, su medio hermano, Julián, comenzó a utilizar ocasionalmente sus documentos.

El hombre sentado frente al juez apretó los puños.

Matilde lo miró devastada.

—Julián…

Ya no pudo seguir.

Emiliano colocó una fotografía familiar sobre la mesa.

Dos jóvenes aparecían junto a Matilde.

Óscar y Julián.

Parecidos.

Pero no iguales.

—Desarrollos Altavista presentó como testigo a un hombre cuya identidad pertenece a una persona fallecida —continuó Emiliano—. Pero eso no es lo más grave.

Mauricio golpeó su carpeta.

—No puede vincular a mi cliente con lo que este hombre haya hecho personalmente.

—Precisamente por eso traje esto.

Emiliano mostró registros de transferencias.

Tres pagos habían salido de una empresa relacionada con Altavista.

El beneficiario aparecía bajo otro nombre.

Pero la cuenta bancaria pertenecía a Julián Reyes.

El último pago había sido realizado cuarenta y ocho horas después de la supuesta compraventa.

Mauricio se quedó rígido.

El juez examinó los documentos durante varios minutos.

—¿De dónde obtuvo esto?

—Mediante requerimientos legales durante la preparación del procedimiento. Todo está incorporado al expediente y certificado.

Emiliano señaló después la escritura.

—Además, el peritaje demuestra que la firma atribuida a Doña Matilde presenta inconsistencias.

Respiró profundamente.

—Tenemos una propietaria que niega haber vendido, una firma cuestionada, un testigo utilizando la identidad de un muerto y pagos vinculados con ese mismo testigo.

El juez miró a Mauricio.

Ya no había ninguna burla en la sala.

—Licenciado Landa, ¿su empresa verificó la identidad del supuesto Óscar Reyes?

Mauricio tardó demasiado en responder.

—La documentación parecía legítima.

Emiliano intervino.

—No solo debían verificarla.

Sacó la última hoja.

—Ya la habían verificado.

Mauricio palideció.

Era un correo interno de la inmobiliaria.

En él, un empleado advertía semanas antes de la operación:

“Óscar Reyes aparece como fallecido. No continuar hasta aclarar identidad del acompañante.”

Debajo figuraba una respuesta:

“Procedan. Dirección ya autorizó.”

El juez leyó dos veces.

Después miró hacia los funcionarios de seguridad.

—Nadie abandona esta sala.

Julián se levantó.

—¡Yo no sabía nada!

—Siéntese —ordenó el juez.

Por primera vez, Emiliano miró directamente a Mauricio.

El veterano abogado que se había reído de su mochila ya no sonreía.

La audiencia terminó con la suspensión provisional de cualquier transferencia del terreno y con los documentos enviados para investigar posibles delitos relacionados con la operación.

Fuera de la sala, Matilde abrazó a Emiliano.

—¿Cómo descubriste lo de Óscar?

Él guardó silencio unos segundos.

—Porque mi madre me enseñó que cuando alguien intenta borrar a una persona de una familia, hay que empezar buscando a quien falta.

Matilde lo miró confundida.

Emiliano abrió su mochila y sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía Óscar Reyes sosteniendo a un niño pequeño.

Ese niño era Emiliano.

Matilde dejó de respirar.

—No…

Los ojos del joven se humedecieron.

—Óscar no era solamente su hijo, Doña Matilde.

Le entregó la fotografía.

—Era mi padre.

Y por eso Emiliano Cruz había aceptado aquel caso que ningún abogado importante quería tocar.

No estaba defendiendo únicamente catorce hectáreas.

Estaba defendiendo la casa de su abuela.

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