PARTE 2: EL HOMBRE QUE MI PADRE NO ESPERABA

Desperté en urgencias con una cánula en la nariz, una vía en el brazo y Alejandro sentado junto a mi cama.

Seguía vestido para nuestra boda.

Solo que ahora su camisa estaba arrugada y tenía una mancha de tierra en una rodilla.

—¿La boda? —pregunté.

Me tomó la mano.

—La boda puede esperar. Tú no.

El médico explicó que había reaccionado rápido al tratamiento, pero quería mantenerme varias horas en observación.

Alejandro ya había entregado a seguridad el video grabado por las cámaras de la finca.

Todo estaba allí.

Fernanda sacando el atomizador.

Mi advertencia.

Ella rociándome deliberadamente.

Y mis padres ayudándola a escapar.

—Voy a denunciarla —dije.

Alejandro asintió.

—Y yo voy a respetar cualquier decisión que tomes.

No intentó decidir por mí.

Eso hizo todavía más evidente la diferencia entre él y mi familia.

Dos horas después, Alejandro salió para hablar con el abogado y los agentes.

Fue entonces cuando escuché gritos en el pasillo.

—¡Soy su padre! ¡Quítense!

Roberto entró furioso.

Mi madre venía detrás.

No preguntó cómo estaba.

Ni siquiera miró los monitores.

—¿Dónde está Fernanda? —pregunté.

—Escondida por culpa tuya.

Lo miré incrédula.

—¿Por culpa mía?

—Retira la denuncia.

—No.

Papá se acercó.

—Fernanda cometió un error.

—Sabía perfectamente lo que hacía.

—¡Es tu hermana!

—Y yo soy tu hija.

Aquello lo silenció apenas un segundo.

Después soltó la verdadera razón por la que había venido.

—Dile a Alejandro que compre la camioneta y terminamos con todo esto.

Pensé que había escuchado mal.

—¿Qué?

—La camioneta. Los 1,7 millones. Que la compre y Fernanda se tranquilizará.

Entonces comprendí que ni siquiera después de verme en urgencias habían entendido nada.

—Sal de mi habitación.

Papá perdió el control.

Su mano me golpeó antes de que pudiera apartarme.

Mi madre gritó su nombre.

El monitor aceleró sus pitidos.

Yo no le devolví el golpe.

No discutí.

Simplemente extendí la mano y presioné el botón de llamada.

Roberto se rio.

—¿Qué vas a hacer? ¿Llamar a una enfermera para que eche a tu propio padre?

La puerta se abrió.

Pero no entró una enfermera.

Entraron dos agentes.

Y detrás de ellos apareció un hombre de traje oscuro.

Mi padre quedó completamente inmóvil.

—Licenciado Navarro… —murmuró.

Yo miré al recién llegado.

Era Gabriel Navarro, tío de Alejandro y abogado penalista.

Pero Roberto lo conocía por otra razón.

Gabriel dejó una carpeta sobre la mesa.

—Qué interesante volver a verlo, señor Hernández.

Papá retrocedió.

Mi madre palideció.

—¿De qué se conocen? —pregunté.

Gabriel abrió la carpeta.

—Hace ocho años representé a una empresa que denunció al señor Hernández por desviar dinero mediante proveedores falsos.

Sentí que el estómago se me hundía.

Mi padre había dicho toda mi vida que perdió su negocio porque un socio lo había estafado.

Gabriel continuó:

—La investigación se cerró porque desaparecieron documentos esenciales.

Miró a Roberto.

—Documentos que, curiosamente, volvieron a aparecer hace tres semanas.

Papá comenzó a tartamudear.

—Eso no tiene nada que ver con Valeria.

—Hasta esta tarde, quizá no.

Gabriel sacó otro documento.

—Pero mientras revisábamos las amenazas contra ella descubrimos algo más.

Varias solicitudes de crédito habían sido realizadas utilizando mis datos.

Una incluso llevaba una imitación de mi firma.

Beneficiaria:

Fernanda Hernández.

Lo miré horrorizada.

—¿Usaron mi identidad?

Mi madre empezó a llorar.

Papá señaló a Alejandro, que acababa de aparecer en la puerta.

—¡Desde que ese hombre llegó, esta familia se destruyó!

Alejandro no levantó la voz.

—No, señor Hernández.

Entró y se colocó junto a mi cama.

—Yo simplemente le enseñé a Valeria que podía decirles que no.

Uno de los agentes se acercó a mi padre.

—Señor Roberto Hernández, necesitamos que nos acompañe.

Papá me miró desesperado.

—Valeria, soy tu padre.

Aquella frase me habría detenido años atrás.

Esta vez miré el video de seguridad abierto en la tableta: Fernanda atacándome y mis padres huyendo con ella.

—Precisamente —respondí—. Por eso debiste protegerme.

Cuando se los llevaron, Alejandro cerró la puerta.

—¿Y ahora?

Miré mi vestido de novia colgado dentro de una funda junto a la ventana.

La ceremonia perfecta había desaparecido.

Pero el hombre con quien quería casarme seguía allí.

—Ahora me recupero.

Apreté su mano.

—Después nos casamos.

Alejandro sonrió.

—¿Y la camioneta?

Por primera vez desde el ataque, me reí.

—Que Fernanda empiece ahorrando.

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