PARTE 2: ETHAN DESCUBRIÓ DEMASIADO TARDE QUE NOAH HABÍA OCUPADO EL LUGAR QUE ÉL RECHAZÓ

Noah Hayes estaba a pocos pasos.

Traje oscuro.

Expresión tranquila.

Y el anillo de matrimonio brillando en su mano izquierda.

Ethan soltó lentamente mi muñeca.

—Noah…

Mi esposo se acercó y miró primero mi brazo.

—Sophia, ¿estás bien?

—Perfectamente.

Solo entonces miró a Ethan.

—Hace cuatro años me dijiste que cuidara de ella.

Ethan apretó la mandíbula.

—No recuerdo haberte dicho que te casaras con ella.

Noah sonrió.

—Tampoco pedí permiso.

Tomé su mano.

Ese pequeño gesto pareció afectar a Ethan más que cualquier palabra.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

—Nos casamos hace seis meses —respondí.

—¿Y nadie pensó en decírmelo?

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué tendríamos que hacerlo?

Ethan se quedó callado.

Por primera vez comprendí algo que jamás había visto durante los años que lo perseguí.

Él había dado por sentado que yo seguiría queriéndolo.

Podía rechazarme trece veces.

Marcharse con Claire.

Desaparecer cuatro años.

Pero, en algún rincón absurdo de su mente, Sophia siempre debía continuar esperando.

—Necesito hablar contigo a solas —dijo.

—No.

—Sophia…

—Mi esposo está aquí. Lo que tengas que decir puedes decirlo delante de él.

Ethan miró a Noah.

—¿Sabías que ella estuvo enamorada de mí?

—Sí.

—¿Y aun así te casaste con ella?

Noah respondió sin alterarse:

—Me casé con la mujer que me eligió. No con la chica que alguna vez te persiguió.

Ethan palideció.

Me llevé a Noah de regreso al salón.

Creí que aquello terminaría ahí.

Me equivocaba.

Durante las siguientes semanas, Ethan comenzó a aparecer demasiado.

En cenas de antiguos amigos.

En reuniones profesionales.

Incluso en la cafetería cercana a mi oficina.

Finalmente lo enfrenté.

—¿Qué quieres?

Su respuesta llegó inmediatamente.

—Otra oportunidad.

Casi me reí.

—Tuviste trece.

—Entonces era un idiota.

—Eso no convierte mi matrimonio en una sala de espera.

Ethan bajó la voz.

—Claire y yo nunca estuvimos juntos.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Me fui con ella porque su familia estaba atravesando problemas. Pero nunca fuimos pareja.

—Eso ya no importa.

—Para mí sí.

Sacó una vieja cartera.

Dentro conservaba una fotografía.

Yo, a los veinte años, dormida sobre una mesa de biblioteca.

—La llevé conmigo durante cuatro años.

Lo miré sin emoción.

—¿Y?

Aquella única palabra pareció destruirlo.

—Pensé que necesitaba alejarme para saber qué quería.

—Y yo necesité que te alejaras para descubrir lo mismo.

Guardó silencio.

—Quiero a Noah.

Ethan negó lentamente.

—Me quisiste durante cinco años.

—Sí.

—Trece veces.

—Sí.

—¿Y ahora simplemente se acabó?

Lo miré directamente.

—No se acabó simplemente, Ethan. Lo terminaste tú, trece veces.

No volvió a buscarme durante meses.

Hasta que Noah y yo anunciamos que esperábamos nuestro primer hijo.

Aquella noche recibí un único mensaje de Ethan:

“Ahora entiendo.”

No respondí.

No necesitaba hacerlo.

Años atrás habría dado cualquier cosa por conseguir que Ethan sintiera celos.

Pero cuando finalmente ocurrió, ya no produjo satisfacción.

Porque la verdadera victoria nunca había sido conseguir que el hombre que me rechazó se arrepintiera.

Era mirar al hombre que sí me había elegido, sentir su mano sobre la mía y comprender que ya no necesitaba ser deseada por Ethan para sentirme amada.

Y esa fue precisamente la parte que él nunca pudo soportar:

no haberme perdido frente a otro hombre.

Haberme perdido mucho antes, cuando todavía estaba convencido de que yo jamás dejaría de esperarlo.

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