—¿Te casaste conmigo para escapar de tu familia?
Gabriel no intentó negarlo.
—Al principio, sí.
Aquellas dos palabras dolieron más que todas sus mentiras sobre el dinero.
Retrocedí.
—Entonces firma el divorcio.
—Déjame terminar.
—¿Para qué? ¿Para explicarme que fui una esposa conveniente?
Gabriel recogió lentamente los pedazos del acuerdo.
—Mi abuelo quería obligarme a entrar al Grupo Ferrer y casarme con la hija de uno de sus socios. Renuncié a mis cargos, rechacé el fideicomiso familiar y acepté este puesto en la universidad.
—Y necesitabas una esposa.
—Necesitaba demostrar que había elegido otra vida.
Solté una risa amarga.
—Qué romántico.
—No he dicho que lo fuera.
Su respuesta me hizo callar.
Gabriel se acercó.
—Pero después cometí un problema que no estaba en mis planes.
—¿Cuál?
—Me enamoré de ti.
Lo miré fijamente.
—No sabes demostrarlo.
—Lo sé.
Por primera vez, bajó la mirada.
—Crecí en una familia donde todo afecto tenía precio. Mi abuelo regalaba casas para comprar obediencia. Mi padre pedía perdón con acciones. Mi madre soportaba cualquier cosa porque abandonar el apellido Ferrer significaba perder su vida.
Se quitó las gafas.
—Cuando te conocí, tú pagaste tu propio café aunque apenas tenías dinero. Rechazaste el automóvil que intenté regalarte. Cuando nos casamos, nunca preguntaste cuánto tenía.
Su voz se volvió más baja.
—Pensé que si escondía todo aquello podría saber si alguien era capaz de quererme sin el apellido.
Sentí que algo dentro de mí se endurecía.
—¿Y durante tres años seguiste examinándome?
Gabriel negó.
—Durante tres años tuve miedo de decirte la verdad y descubrir que entonces me mirarías diferente.
—Así que decidiste por mí.
No respondió.
Eso era suficiente.
Tomé mi bolso.
—Hoy dormiré en casa de mi hermana.
Gabriel no intentó detenerme.
Solo preguntó:
—¿Volverás?
—No lo sé.
Aquella respuesta pareció afectarlo más que la palabra divorcio.
Cuando llegué a la puerta, el rector volvió a llamar.
—Señor Ferrer, la junta está esperando.
Gabriel abrió.
Al otro lado había seis hombres vestidos con trajes oscuros.
El primero inclinó ligeramente la cabeza.
—Señor Gabriel Ferrer, necesitamos su autorización para liberar los cincuenta millones.
Nadie lo llamó profesor.
Nadie lo trató como al hombre que conducía un automóvil destartalado.
Lo trataban como a alguien acostumbrado a decidir.
Gabriel me miró.
—Ven conmigo.
—¿Para qué?
—Dijiste que no conoces al hombre con quien te casaste.
Abrió completamente la puerta.
—Empieza hoy.
No sé por qué acepté.
Quizá porque antes de terminar un matrimonio necesitaba saber exactamente qué estaba terminando.
Entré en la sala de juntas.
En la pantalla aparecía:
FERRER GLOBAL HOLDINGS.
Debajo había una lista de empresas, propiedades y fondos.
Luego apareció la estructura accionarial.
Me quedé inmóvil.
Gabriel Ferrer: 31%.
Miré a mi esposo.
—¿Cuánto vale eso?
El director financiero evitó responder.
Gabriel sí lo hizo.
—Mucho.
—¿Cuánto?
—Algo más de dos mil millones.
Tuve que sentarme.
El hombre con quien comparaba precios de detergente era multimillonario.
Pero entonces apareció otro documento.
“Donación irrevocable: cincuenta millones de dólares.”
Beneficiario:
Fundación Universitaria de Becas e Investigación.
Gabriel firmó.
—¿Por eso regresaste a la junta?
—Sí.
—¿No quieres volver a dirigir el grupo?
—No.
—Entonces ¿por qué conservar las acciones?
Me miró.
—Porque puedo usar el dinero de mi familia sin permitir que mi familia me use a mí.
Por primera vez comprendí algo.
Gabriel no fingía pobreza porque disfrutara engañándome.
Había construido una vida donde nadie pudiera comprarlo.
Pero seguía habiéndome mentido.
Y eso no desaparecía porque la mentira escondiera miles de millones.
Esa noche me fui.
Durante las siguientes dos semanas, Gabriel no me persiguió.
No apareció con flores.
No utilizó su fortuna.
Solo me enviaba un mensaje cada noche.
“Estoy aquí cuando quieras hablar.”
El decimoquinto día regresé al apartamento.
Gabriel estaba sentado en el suelo reparando nuestro viejo automóvil con un manual abierto.
Lo miré incrédula.
—Tienes dos mil millones.
—Sí.
—Compra otro auto.
—Este todavía funciona.
—¡No funciona!
Gabriel levantó la cabeza.
—Entonces tenemos nuestra primera discusión matrimonial real.
No pude evitarlo.
Me reí.
Él también.
Fue la primera vez que lo vi reír así.
Sin distancia.
Sin esconderse.
Me senté frente a él.
—No retiro el divorcio todavía.
Su sonrisa desapareció.
—Lo entiendo.
—Quiero empezar de cero.
—¿Separados?
—Con citas.
Gabriel parpadeó.
—¿Quieres salir conmigo?
—Quiero conocer al hombre con quien llevo tres años casada.
Esta vez sonrió lentamente.
—¿Y después?
Lo miré.
—Después decidiré si vuelvo a elegirte.
Gabriel extendió la mano.
No me tocó hasta que yo puse la mía sobre la suya.

—Trato hecho.
Y comprendí que quizá nuestro verdadero matrimonio no había comenzado el día en que firmamos un certificado.
Quizá comenzaba ahora.
Cuando por fin ninguno de los dos necesitaba esconderse.