La mujer de blanco sonrió en cuanto Nathan cruzó la calle.
—Por fin —dijo—. Pensé que no vendrías.
Era Victoria Hale.
El primer amor de Nathan.
La mujer que había regresado para pedirme indirectamente el lugar que yo ocupaba.
Nathan habló con ella apenas unos minutos. Yo no escuché la conversación.
Tampoco quise hacerlo.
Mientras esperaba dentro del auto, envié un mensaje a mi obstetra.
“Doctora, he cambiado de decisión. Quiero conservar a mi hija.”
Nunca había querido perderla.
Solo necesitaba saber si Nathan la consideraría una carga cuando empezara su nueva vida.
Su reacción me había dado la respuesta.
Conservaría a mi bebé.
Pero lejos de él.
Cuando Nathan regresó, Victoria permaneció en la acera.
—Te llevaré a casa —dijo.
—No hace falta.
—Camila.
—Ya pedí otro auto.
Bajé antes de que pudiera detenerme.
Aquella misma tarde reservé un vuelo para Seattle, donde mi hermana vivía desde hacía años.
Después llamé al abogado.
—Quiero renunciar a la casa.
—¿Está segura? El señor Whitmore insistió en transferírsela.
—Sí. Conservaré únicamente lo establecido originalmente en el divorcio.
También preparé una declaración sencilla:
No pediría manutención.
No utilizaría el apellido Whitmore.
No interferiría en su futura familia.
A cambio, quería tranquilidad.
Tres días después dejé la ciudad.
Nathan no lo supo hasta aquella noche.
Me llamó diecisiete veces.
No contesté.
Finalmente llegó un mensaje.
“¿Dónde estás?”
Después:
“Camila, dijiste que conservarías al bebé.”
Miré la pantalla durante mucho tiempo.
Respondí:
“Lo conservaré. Pero eso no significa que tenga que conservarte a ti.”
Nathan llamó inmediatamente.
Apagué el teléfono.
No supe lo ocurrido después hasta semanas más tarde.
Nathan regresó a nuestra casa y encontró mis armarios vacíos.
La habitación de invitados estaba limpia.
Sobre la mesa permanecían las llaves, los documentos de la propiedad y mi anillo matrimonial.
Al parecer, fue entonces cuando perdió realmente la calma.
Su abogado intentó explicarle que el divorcio ya estaba registrado.
Nathan preguntó:
—¿Puede anularse?
—No unilateralmente.
—Entonces vuelva a casarnos.
El abogado creyó haber escuchado mal.
—Señor Whitmore, para eso necesitaría el consentimiento de la señora.
Nathan permaneció en silencio.
Por primera vez comprendió algo muy sencillo.
Mientras fui su esposa, creyó que siempre estaría allí.
Ahora necesitaba mi permiso incluso para acercarse.
Victoria tampoco obtuvo lo que esperaba.
Dos días después fue a su oficina.
—Ahora que todo terminó con Camila…
Nathan levantó la cabeza.
—¿Quién dijo que terminó?
Victoria palideció.
—Te divorciaste por mí.
—No.
—Nathan, yo regresé y esa misma noche—
—Pedí el divorcio porque pensé que todavía quería la vida que imaginé contigo años atrás.
Cerró el expediente que tenía delante.
—Después Camila firmó sin intentar detenerme.
Victoria sonrió débilmente.
—Entonces hiciste lo correcto.
Nathan la miró.
—No. Creo que acabo de cometer el peor error de mi vida.
En Seattle intenté empezar de nuevo.
Alquilé un apartamento pequeño.
Compré una cuna.
Encontré otro médico.
Por primera vez, preparé la llegada de mi hija sin preguntarme qué quería Nathan.
Entonces, durante una revisión, la recepcionista me entregó un paquete.
No tenía remitente.
Dentro había una pequeña caja musical.
La reconocí inmediatamente.
La había visto años atrás en la casa de la madre de Nathan.
Debajo había una nota escrita por él.
“Era de mi madre. Siempre dijo que quería dársela algún día a su nieta.”
No había súplicas.
Ni dirección.
Ni petición para verme.
Solo otra frase:
“No repetiré la historia de mi padre.”
Cerré la caja.
Aquella noche lo llamé.
Contestó antes del segundo tono.
—Camila.
—Puedes conocer a tu hija cuando nazca.
Nathan dejó escapar lentamente el aire.
—Gracias.
—Pero nosotros seguimos divorciados.
Silencio.
—Lo sé.
—Y Victoria no es asunto mío.
—Victoria tampoco es asunto mío ya.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces por qué pediste el divorcio?
Su respuesta tardó varios segundos.
—Porque confundí un recuerdo con amor.
Cerré los ojos.
—Eso ya no cambia nada.
—Lo sé.
Y, por primera vez, Nathan no intentó decidir por mí.
Cuatro meses después nació nuestra hija.
Nathan llegó al hospital sin asistentes, sin abogados y sin flores extravagantes.
Se quedó junto a la puerta.
—¿Puedo entrar?
Aquella pregunta me sorprendió más que cualquier declaración.
Asentí.
Se acercó a la cuna.
Cuando vio a la niña, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo se llama?
—Lydia.
Nathan tocó cuidadosamente su pequeña mano.
Después me miró.
—No voy a pedirte que vuelvas conmigo.
—Bien.
—Voy a pedirte algo más difícil.
—¿Qué?
—Déjame demostrarte que puedo ser su padre aunque nunca vuelvas a ser mi esposa.
No respondí inmediatamente.
Porque finalmente entendí qué había hecho perder la cabeza a Nathan.
No era que yo hubiera aceptado el divorcio.

Era que, por primera vez, había descubierto que mi vida podía continuar perfectamente sin él.
Y si algún día quería regresar a ella, ya no bastaría con ser Nathan Whitmore.
Tendría que convertirse en alguien a quien yo eligiera.