PARTE 2: EL CORAZÓN NUNCA FUE PARA VIVIAN

Gabriel se quedó inmóvil.

El hombre de la puerta era Arthur Stone, abogado de mi padre durante treinta años y administrador de su fideicomiso.

Levantó el sobre rojo.

—Este documento fue firmado por Elena antes de ingresar al quirófano. Si alguien intenta alterar la donación, transferir sus bienes o actuar en su nombre mientras está incapacitada, sus poderes quedan revocados inmediatamente.

Gabriel palideció.

—Soy su esposo.

—Era precisamente la persona de quien su padre quería protegerla.

Arthur miró al doctor Rivera.

—¿El corazón ha sido implantado en la señorita Lane?

—Todavía no.

—Entonces nadie lo toca.

Gabriel explotó.

—¡Elena está muerta!

—No —respondió Rivera.

Todos se volvieron hacia él.

El médico miraba los monitores.

—La circulación extracorpórea sigue manteniendo sus órganos. La línea que vio no significa que podamos declararla muerta en estas circunstancias.

Gabriel retrocedió.

Por primera vez comprendió que había dado órdenes frente a médicos, enfermeras, cámaras quirúrgicas y testigos.

Arthur sacó su teléfono.

—Además, la junta del hospital acaba de recibir la grabación completa de los últimos once minutos.

Vivian dejó de llorar.

—¿Grabación?

Arthur señaló discretamente una cámara instalada sobre la entrada.

Gabriel miró hacia arriba.

Su rostro cambió.

Había quedado registrado exigiendo que me retiraran el corazón compatible.

Amenazando al personal.

Ordenando que me sacaran.

Y diciendo que mis bienes le pertenecían después de mi muerte.

—Apaguen esa cámara —ordenó.

Nadie obedeció.

Dos agentes de seguridad hospitalaria aparecieron detrás de Arthur.

—Señor Cole —dijo uno—, debe abandonar el quirófano.

Gabriel intentó resistirse.

—¡Este hospital lleva mi apellido en un ala entera!

Arthur sonrió.

—Hasta esta mañana.

Le mostró otro documento.

Mi padre había financiado gran parte del centro médico mediante una fundación que yo controlaba.

Gabriel había confundido influencia con propiedad.

Mientras lo sacaban, gritó mi nombre.

No por amor.

Por el contrato.

—¡Elena! ¡Necesito tu firma!

Fue lo último que escuché antes de perder completamente la conciencia.

Desperté nueve días después.

Lo primero que escuché fue un latido.

Fuerte.

Regular.

Dentro de mí.

Lloré antes incluso de abrir los ojos.

Arthur estaba junto a mi cama.

—Tu padre llegó a tiempo —susurró.

Me llevé lentamente una mano al pecho.

El corazón había sido trasplantado.

—¿Vivian?

—Está viva. Nunca fue candidata compatible para ese órgano.

Fruncí el ceño.

Arthur dejó una carpeta sobre mis piernas.

Entonces descubrí la parte más monstruosa.

Vivian necesitaba un trasplante, sí.

Pero su estado todavía permitía otras opciones médicas.

Gabriel había intentado entregarle mi corazón porque había descubierto que el donante era compatible con ambas y decidió que ella debía recibirlo primero.

No había sido desesperación.

Había sido elección.

—¿Y Gabriel?

Arthur me entregó mi teléfono.

Había cientos de mensajes.

Pero uno me interesó.

El consejo de administración de Cole Industries había suspendido a Gabriel mientras investigaba posibles delitos y abuso de autoridad.

Después estaba el contrato de cien mil millones.

La operación que él llevaba dos años preparando.

Sin mi participación accionaria y mi autorización, no podía cerrarse.

Gabriel había intentado conservar mi firma mientras entregaba mi corazón a otra mujer.

Terminó perdiendo ambos.

Tres semanas después apareció en mi habitación.

Más delgado.

Sin escoltas.

Sin aquella arrogancia que antes llenaba cualquier espacio.

—Elena…

—No.

Una sola palabra lo detuvo.

—Solo necesito explicarte—

—Te escuché perfectamente.

Sus ojos se humedecieron.

—Estaba desesperado.

—Yo también.

Señalé mi pecho.

—Y aun así fuiste tú quien cerró mi única posibilidad de vivir.

Gabriel bajó la cabeza.

—Puedo arreglarlo.

—Ya lo hice yo.

Arthur entró acompañado de mi abogada.

Ella colocó tres documentos frente a Gabriel.

Divorcio.

Revocación definitiva de sus poderes corporativos.

Y mi voto para destituirlo de cualquier empresa donde mis acciones pudieran decidir su permanencia.

Gabriel miró las hojas.

Después me miró a mí.

—¿Vas a destruir todo lo que construimos?

Negué lentamente.

—Estoy separando lo que construí de lo que tú destruiste.

Firmé.

Esta vez nadie pudo quitarme la pluma.

Meses después regresé por primera vez a la fundación médica de mi padre.

En la entrada habían retirado el nombre de Gabriel del ala principal.

En su lugar había una pequeña placa dedicada a mi padre.

No hablaba de dinero.

Ni de poder.

Solo decía:

“Una vida nunca vale menos porque alguien poderoso prefiera otra.”

Me quedé frente a ella con la mano sobre el pecho.

El corazón de mi padre latía dentro de mí.

Gabriel había creído que podía decidir quién merecía seguir viviendo.

Se equivocó.

Me quitó su amor mucho antes de aquel quirófano.

Intentó quitarme mi futuro después.

Pero el día en que ordenó entregar mi corazón a Vivian fue también el día en que perdió para siempre el derecho a llamarse mi esposo.

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