A la mañana siguiente, mientras revisaba los documentos del traslado de mi padre, Mia dejó una carpeta frente a mí.
—Tienes una reunión a las cuatro.
—¿Con quién?
—Cole Technologies.
Mi mano se detuvo.
Levanté la vista.
—¿Ethan?
—Su empresa, sí. Él también estará.
Solté una risa breve.
El proyecto por el que había regresado la ciudad entera a recibirme era una nueva plataforma biomédica desarrollada por mi equipo en Zúrich.
Cole Technologies llevaba meses intentando conseguir la licencia exclusiva.
Y yo tenía la última palabra.
A las cuatro en punto entré en la sala de juntas.
Ethan ya estaba allí.
Cuando me vio, se quedó completamente inmóvil.
Durante tres años había imaginado muchas veces ese encuentro.
Nunca pensé que sería tan silencioso.
—Claire…
—Señor Cole.
Su rostro perdió color.
Me senté frente a él y abrí la carpeta.
—Tenemos cuarenta minutos. Empecemos.
Durante la reunión, Ethan apenas pudo concentrarse.
Su director financiero habló de cifras.
Su equipo jurídico habló de derechos.
Yo hice preguntas técnicas, corregí dos proyecciones y rechacé una cláusula.
Finalmente Ethan interrumpió:
—Necesito hablar contigo a solas.
Cerré la carpeta.
—No forma parte de la negociación.
—Claire, por favor.
Aquellas palabras.
Las mismas que había escrito noventa y tres veces la noche de su boda.
Lo miré.
—Tienes cinco minutos.
Cuando todos salieron, Ethan se acercó.
—Te busqué durante tres años.
—Eso no cambia nada.
—Mi matrimonio con tu hermana terminó hace dos años.
No reaccioné.
—No tienes que explicármelo.
—Sí tengo.
Su voz se quebró.
—Nunca la amé.
Lo miré por primera vez con verdadera dureza.
—Entonces fue todavía peor.
Ethan quedó helado.
—¿Qué?
—Si la amabas, al menos habría existido una razón. Pero si no la amabas, elegiste casarte con mi hermana sabiendo exactamente lo que eso me haría.
No pudo responder.
—Durante ocho años me dijiste que entre nosotros era imposible. Después te casaste con ella.
Respiré lentamente.
—No me destruyó perderte, Ethan. Me destruyó entender que nunca me respetaste lo suficiente para decirme la verdad.
Sus ojos se enrojecieron.
—Me equivoqué.
—Sí.
—Dame una oportunidad.
Negué con la cabeza.
—Llegaste tres años tarde.
Al día siguiente, Cole Technologies recibió mi decisión.
No obtendrían exclusividad.
Compartiríamos la licencia entre tres compañías.
Ethan vino personalmente al hotel.
—¿Esto es por mí?
—No.
Le mostré los informes.
—Tu empresa depende demasiado de un único mercado. Darte exclusividad sería una mala decisión científica y financiera.
Se quedó observándome.
—Antes habrías hecho cualquier cosa por mí.
—Antes tenía veinte años.
—¿Y ahora?
Sonreí ligeramente.
—Ahora sé cuánto valen mis decisiones.
El traslado de mi padre terminó el cuarto día.
La mañana del quinto, mientras preparábamos las maletas, Ethan apareció una última vez.
No traía flores.
No traía regalos.
Solo aquella vieja pluma estilográfica que me había dado cuando cumplí dieciocho.
La dejó sobre la mesa.
—La conservaste —dije.
—Conservé todo.
—Yo no.
La frase le dolió.
Pero esta vez no pretendí suavizarla.
Ethan respiró hondo.
—¿Nunca volverás?
Pensé un momento.
—Volveré cuando quiera.
Sus ojos se iluminaron apenas.
Entonces terminé:

—Pero no por ti.
Horas después, el avión despegó rumbo a Zúrich.
Mia miró por la ventanilla.
—¿Crees que finalmente entendió?
—Sí.
—¿Y qué entendió?
Miré la ciudad haciéndose pequeña debajo de nosotros.
Durante ocho años creí que el amor consistía en esperar hasta que alguien decidiera escogerte.
Me había equivocado.
—Que perderme no fue verme subir a un avión hace tres años.
Cerré los ojos.
—Perderme fue rechazarme tantas veces que finalmente aprendí a elegirme yo.
Y esta vez, aunque Ethan casi perdió la razón al verme regresar, yo ya no necesitaba que se arrepintiera.
Porque la mujer que volvió no había regresado para recuperar al hombre que amó.
Había regresado únicamente para despedirse, por fin, de la chica que alguna vez creyó que necesitaba su amor para valer algo.