Adrian encontró los documentos del divorcio tres días después.
Entró en mi habitación furioso.
—¿Qué significa esto?
—Un divorcio.
—¿Por Isabella?
Negué.
—Por mí.
Eso pareció afectarlo todavía más.
Antes podía discutir conmigo porque sabía que detrás de cada pelea estaba mi miedo a perderlo.
Ahora ese miedo había desaparecido.
—Sofía, tenemos un hijo.
—Un hijo que me golpeó mientras tú mirabas.
Adrian quedó callado.
—Y una esposa —continué— a la que trataste como culpable antes siquiera de preguntarte por qué había cambiado.
Por primera vez no encontró respuesta.
Me marché esa semana.
No busqué a mi antiguo amor.
No necesitaba sustituir un hombre por otro.
Necesitaba descubrir quién era yo sin todos ellos.
Entonces ocurrió algo que Adrian jamás esperaba.
Leo empezó a preguntar por mí.
Isabella había disfrutado siendo “la favorita” mientras yo estaba presente para asumir las responsabilidades difíciles. Cuando desaparecí, descubrió que jugar a ser madre era muy distinto de serlo.
Y Adrian comenzó a recordar cosas que había preferido ignorar.
Quién cuidaba a Leo cuando enfermaba.
Quién esperaba despierta cuando él trabajaba hasta tarde.
Quién había mantenido aquella casa funcionando.
Finalmente revisó antiguos mensajes y habló con personas que habían presenciado mi enfrentamiento con Isabella.
La historia tampoco era tan sencilla como se la habían contado.
Isabella llevaba años provocándome, manipulando situaciones y utilizando mis reacciones para presentarse siempre como víctima.
Eso no justificaba mis propios errores.
Pero destruía la versión en la que ella era completamente inocente.
Un mes después Adrian apareció frente a mi nuevo apartamento.
—Quiero arreglarlo.
—¿Qué cosa?
Su rostro se quebró.
—Nosotros.
Lo miré durante unos segundos.
—Adrian, quizá la Sofía que recuerdas todavía te ama.
Él dio un paso hacia mí.
—Entonces podemos hacer que recuerdes.
Negué.
—Ese es el problema. Crees que necesitas devolverme mis recuerdos para recuperar a la mujer que soportaba todo.
Cerré la puerta.
El divorcio siguió adelante.
También iniciamos un proceso para reconstruir lentamente mi relación con Leo, sin obligarlo a elegir entre adultos.
Isabella terminó marchándose cuando comprendió que Adrian ya no estaba dispuesto a convertir cada conflicto en una prueba de su inocencia.
Meses después recuperé algunos recuerdos.
Fragmentos.
Nuestra boda.
Leo recién nacido.
Adrian besándome la frente.
También recordé noches llorando sola.
Súplicas.
Humillaciones.
Y comprendí algo inesperado.
Recuperar mi memoria no cambió mi decisión.
Un día Adrian me preguntó:
—Ahora que recuerdas… ¿todavía quieres divorciarte?
Lo miré.
Esta vez sí recordaba al hombre que había amado.

Y precisamente por eso pude responder:
—Sí.
Porque perder la memoria me había quitado una parte de mi pasado.
Pero también me había permitido mirar mi matrimonio sin la costumbre de justificarlo.
Y cuando finalmente recordé cuánto lo había amado, entendí cuánto me había perdido a mí misma intentando que él me eligiera.