La primera puntada hizo que el viejo sastre dejara de hablar.
La segunda hizo que se inclinara hacia la mesa.
A la quinta, su expresión había cambiado por completo.
—Esa técnica…
No levanté la cabeza.
—Puntada oculta de doble retorno.
El anciano abrió los ojos.
—¿Quién te enseñó?
—Mi abuela.
Durante casi una hora nadie volvió a interrumpirme.
Cuando terminé, el bordado dorado que estaba a punto de deshacerse volvía a formar una pieza continua.
La señora Lancaster acarició la manga con los dedos temblorosos.
—Exactamente como antes.
Después me miró.
—Pon tu precio.
—No quiero dinero.
Lucas pareció sorprendido.
Yo sonreí.
—Mi abuela restauró este mismo vestido hace treinta años. Considérelo una deuda entre dos artesanas.
La anciana me contempló fijamente.
De repente sonrió.
—Entonces eres la nieta de Evelyn Morgan.
El viejo sastre se levantó de golpe.
—¿Evelyn Morgan?
Ahora incluso Lucas parecía confundido.
Mi abuela había sido una de las restauradoras textiles más respetadas del país. Después de su muerte, yo heredé su taller, sus archivos y una pequeña colección privada que durante años había mantenido lejos de los Reed.
Celeste soltó una risa nerviosa.
—¿Y qué? Sigue arreglando ropa vieja.
La señora Lancaster la miró.
—La “ropa vieja” que desprecias incluye piezas de museo que su taller restaura por contratos que probablemente tu familia no podría conseguir aunque los pidiera.
Celeste dejó de sonreír.
Lucas me agarró suavemente del brazo al salir.
—¿Por qué nunca me contaste nada?
Miré su mano.
La retiró.
—Nunca preguntaste.
—Estuvimos casados cinco años.
—Nueve veces.
Su rostro se tensó.
—Sabes lo que quiero decir.
Sí.
Lo sabía perfectamente.
Lucas conocía mi comida favorita, pero no sabía cómo ganaba dinero.
Sabía que siempre lo aceptaba de regreso, pero jamás se preguntó qué hacía durante los meses en que estábamos divorciados.
Creía que cada propiedad que me entregaba era mi salvación.
En realidad, yo las había vendido, reinvertido el dinero y reconstruido el taller de mi abuela.
Entonces apareció una notificación en mi teléfono.
VILLA DE MONTAÑA: VENTA REGISTRADA.
Sonreí.
Lucas vio la pantalla.
—¿La vendiste?
—Sí.
—¡Te dije que no lo hicieras!
—Me lo dijiste después del divorcio.
Su rostro se volvió blanco.
—Clara, podemos arreglar esto. Cuando termine con esa chica…
Ahí estaba.
La misma frase de siempre.
—No habrá décima boda, Lucas.
Se quedó inmóvil.
Por primera vez, pareció comprender.
—¿Nunca pensabas volver?
—Las primeras veces sí.
Hice una pausa.
—Después empecé a esperar que volvieras a pedirme el divorcio.
Aquello le dolió más que cualquier insulto.
—Entonces… ¿me utilizaste?
Lo miré tranquilamente.
—Tú convertiste nuestro matrimonio en un juego. Yo simplemente aprendí las reglas.
Me marché.
Seis semanas después, la joven por la que Lucas había exigido aquel noveno divorcio descubrió que convertirse en “señora Reed” significaba soportar a Celeste, a su suegra y a un hombre acostumbrado a que todas las mujeres cedieran.
Se fue.
Como las anteriores.
Lucas apareció en mi taller con flores y un anillo.
—Clara, volvamos a casa.
Miré el anillo.
Después a él.
—Lucas, tú mismo me enseñaste algo durante nueve divorcios.
—¿Qué?
Sonreí.
—Que cada vez que te pierdo, mi vida mejora.

Cerré la puerta.
Esta vez, cuando Lucas Reed regresó arrepentido, descubrió finalmente lo único que jamás había considerado posible:
su esposa ya no estaba esperándolo.