La frase de la abogada persiguió a Ethan durante meses.
Firmó el divorcio.
Despidió a Natalie cuando una auditoría reveló que había inventado parte de la urgencia del supuesto proyecto para conseguir aquel viaje a solas con él.
Pero aquello no cambió nada.
Su madre seguía muerta.
Clara seguía desaparecida.
Y arrepentirse no borraba ninguna de sus decisiones.
Seis meses después, su padre recibió una pequeña caja.
Dentro había una fotografía de la tumba de su esposa junto a un lago tranquilo.
Detrás, Clara había escrito:
“Cumplí mi promesa. Mamá descansa aquí.”
Ethan vio un sello postal.
Suiza.
Dos días después estaba allí.
Encontró el cementerio.
Encontró la tumba.
Y finalmente encontró a Clara colocando flores.
—Clara.
Ella se volvió.
Ethan casi no la reconoció.
No porque hubiera cambiado físicamente, sino porque ya no tenía aquella expresión de mujer que esperaba algo de él.
—Lo siento —dijo Ethan—. Por mamá. Por Natalie. Por ti. Por todo.
Clara permaneció en silencio.
—Puedo cambiar.
—Probablemente.
Ethan levantó la mirada con esperanza.
Entonces ella terminó:
—Pero ya no necesitas cambiar para mí.
Aquello le dolió más que cualquier insulto.
—¿Nunca podremos empezar de nuevo?
Clara negó lentamente.
—Tu madre me llamó nueve veces aquella noche.
Ethan palideció.
—La última vez apenas podía hablar. Seguía preguntando por ti.
Él cerró los ojos.
—No sabía…
—Lo sé.
Clara lo miró sin odio.
—Ese es precisamente el problema. Construiste una vida donde nunca sabías lo que ocurría con las personas que supuestamente amabas.
Dejó las flores sobre la tumba.
—Yo también cometí un error. Pasé demasiados años esperando convertirme en tu prioridad.
Después se marchó.
Ethan no la siguió.

Por primera vez entendió que perseguirla también sería otra forma de pensar únicamente en lo que él quería.
Dos años después, Clara abrió un pequeño estudio de restauración en Ginebra.
Ethan nunca volvió a casarse.
Cada aniversario de la muerte de su madre viajaba solo hasta aquel lago y dejaba flores.
Nunca volvió a pedirle a Clara que regresara.
Porque finalmente comprendió la diferencia entre arrepentirse y merecer una segunda oportunidad.
Él tenía derecho a lo primero.
Pero había perdido para siempre lo segundo.