A la mañana siguiente bajé al desayuno con Diego.
Adrián ya estaba sentado junto a Sofía.
Cuando nos vio entrar juntos, dejó la taza sobre la mesa con demasiada fuerza.
—Marina, ven un momento.
Seguí caminando.
Por primera vez, no obedecí.
El problema empezó una hora después.
El delegado organizó una actividad por parejas y volvió a bromear:
—A ver si nuestros números 7 terminan confirmando que esto sí era destino.
Sofía dejó de sonreír.
—No tiene gracia.
Todos callaron.
Adrián la miró.
—Sofía…
Ella se levantó.
—Ya está bien. Yo tampoco quiero seguir participando en esto.
El delegado palideció.
—¿En qué?
Sofía señaló la caja con los números.
—En vuestro montaje.
Varias cabezas se giraron.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—Adrián me escribió antes del viaje —continuó—. Me dijo que había organizado lo de los números para que compartiéramos equipo.
Adrián se levantó de golpe.
—No fue así.
—Tengo los mensajes.
Silencio absoluto.
Sofía sacó el teléfono.
—Y cuando le pregunté si Marina tendría algún problema, me dijo que no.
Me miró directamente.
—Porque según él, Marina llevaba tres años persiguiéndolo y fingiendo delante de algunos amigos que tenían algo.
Sentí que se me helaban las manos.
Tres años escondiéndome.
Tres años diciéndome que protegía nuestra relación.
Y mientras tanto, cuando alguien sospechaba…
me convertía en la chica obsesionada.
Diego miró a Adrián con incredulidad.
—Entonces ¿la ropa de anoche?
Nadie entendió.
Hasta que Diego añadió:
—Marina tenía media maleta llena de sus cosas.
Las miradas cayeron sobre Adrián.
Sofía frunció el ceño.
—¿Por qué?
Esta vez respondí yo.
—Porque hasta ayer era mi novio.
El salón explotó.
Adrián palideció.
—Marina, podemos hablarlo en privado.
Me reí.
—¿Privado? Todo contigo tenía que ser privado.
Saqué mi teléfono.
No necesitaba demostrar tres años enteros.
Solo abrí una fotografía de nuestro último aniversario: Adrián besándome la frente, frente a un pastel donde él mismo había escrito tres años.
Sofía cerró los ojos.
—Qué asco.
Adrián intentó acercarse.
—Yo iba a hacerlo público después de graduarnos.
—No.
Retrocedí.
—Querías mantenerme escondida mientras comprobabas si Sofía volvía a interesarse por ti.
Él no pudo negarlo.
Y ese silencio fue suficiente.
Sofía cogió su bolso.
—Por cierto, Adrián, nunca quise volver contigo.
Después miró al delegado.
—Y esta noche quiero otra habitación.
Se marchó.
Adrián se quedó allí sin Sofía, sin excusas y con toda la clase entendiendo finalmente quién había mentido.
Yo recogí mi chaqueta.
Diego me alcanzó en la puerta.
—¿Quieres que lleve tu mochila?
Sonreí.
—Esta puedo llevarla yo.

Y podía.
Porque por primera vez en tres años, ya no cargaba también con Adrián.