Adrián me siguió hasta el pasillo.
—Julia, espera.
No me detuve.
—¿De verdad vas a convertir nuestro matrimonio en una auditoría?
Giré lentamente.
—Tú lo convertiste en una transacción cuando usaste nuestros bienes para mantener a otra mujer.
Su rostro se tensó.
—Puedo sacar a Laura de la villa.
—Haz lo que quieras con Laura. Ya no estoy negociando por ella.
Esa frase fue la que finalmente lo inquietó.
Porque durante años Adrián había sabido cómo reaccionar ante mis celos, mi dolor o mi enfado.
No sabía qué hacer con mi indiferencia.
A la mañana siguiente, mi abogado llegó con el primer informe.
Y descubrimos que la villa era solo el principio.
Había viajes.
Joyas.
Transferencias.
Una tarjeta secundaria.
Incluso gastos médicos de Laura pagados desde una cuenta empresarial en la que yo tenía participación indirecta.
Todo documentado.
Todo durante nuestro matrimonio.
Mi abogado dejó el bolígrafo.
—Si decides divorciarte, esto cambia bastante la negociación.
Sonreí.
—Entonces sigamos buscando.
Dos días después, Adrián apareció en mi apartamento.
Esta vez no llevaba flores.
Traía una carpeta.
—He terminado con Laura.
Lo miré.
—Qué rápido.
—Nunca quise perderte.
—Pero estabas dispuesto a arriesgarme.
No respondió.
Me entregó la carpeta.
Dentro había documentos para devolver voluntariamente varias propiedades al patrimonio conjunto.
Una disculpa cara.
Muy cara.
—Puedo arreglarlo —dijo.
Cerré la carpeta.
—Adrián, todavía piensas que mi problema es cuánto gastaste.
—¿No lo es?
—Mi problema es que durante dos meses regresabas a nuestra cama después de estar con ella y me mirabas a los ojos como si yo fuera demasiado estúpida para descubrirlo.
Su rostro perdió color.
Entonces mi teléfono vibró.
Era mi abogado.
“Encontramos algo sobre Laura. Necesitas verlo.”
Abrí el archivo adjunto.
Una transferencia de seis cifras.
Pero no provenía de Adrián.
Provenía de una cuenta vinculada a una empresa competidora de los Gu.
Fecha: tres semanas antes de que aparecieran las primeras fotografías.
Levanté lentamente la mirada.
—Adrián… ¿quién te presentó realmente a Laura?
Frunció el ceño.
—Ya la conocía de antes.
—No pregunté eso.
Le mostré la pantalla.
—Pregunté quién la volvió a colocar en tu vida.
Adrián leyó el documento.
Su expresión cambió por completo.
Por primera vez aquella semana, vi miedo real.
Porque de repente nuestra infidelidad matrimonial acababa de convertirse en algo mucho mayor.

Y aquella noche comprendimos que alguien no solo había querido meter a Laura en nuestra cama.
Había querido utilizarla para entrar en la familia Gu.