El lunes llegué a la empresa veinte minutos antes de la junta.
Daniel ya estaba allí.
Melissa también.
Cuando me vio con el traje negro, su sonrisa desapareció.
—Maya, necesitamos hablar.
—Después.
Entré en la sala.
Había doce directivos esperando la presentación del Proyecto Fénix, el sistema que podía convertirse en el contrato más importante de la compañía.
Daniel se levantó frente a la pantalla.
—Este proyecto representa tres años de mi trabajo.
Casi sonreí.
Tres años.
Exactamente el tiempo que llevaba copiando mis avances.
Daniel comenzó la presentación.
Cinco minutos después, el presidente preguntó:
—¿Puede mostrarnos el repositorio original y el historial de desarrollo?
Daniel palideció.
—Naturalmente.
Abrió su computadora.
Acceso denegado.
Lo intentó nuevamente.
Nada.
Entonces todos los teléfonos de la mesa recibieron un correo.
El mío.
Había programado el envío cuarenta y ocho horas antes.
Contratos.
Registros de acceso.
Versiones originales.
Fechas.
Y documentos que demostraban que yo había desarrollado Fénix mucho antes de que Daniel empezara a presentarlo como suyo.
Melissa se levantó.
—¡Eso está manipulado!
La miré.
—Perfecto. Entonces revisemos los registros del servidor.
El director de tecnología abrió el sistema.
Silencio.
Cada archivo original llevaba mi identificación.
Las modificaciones posteriores mostraban accesos realizados desde las cuentas de Daniel y Melissa.
Daniel dejó de mirarme.
El presidente cerró lentamente la carpeta.
—Señor Shaw, señorita King, entreguen sus credenciales mientras investigamos esto.
Melissa empezó a llorar.
Daniel me siguió hasta el pasillo.
—Maya, espera. Podemos arreglarlo.
Me giré.
—Claro.
Por un instante apareció esperanza en su rostro.
Saqué un sobre.
—Aquí tienes.
Era la solicitud de divorcio.
Su cara se descompuso.
—¿Vas a destruir nuestro matrimonio por Melissa?
—No.
Señalé la sala de juntas.
—Tú destruiste el matrimonio. Ella simplemente tuvo la amabilidad de mandarme una fotografía.
Dos semanas después, la investigación interna confirmó suficientes irregularidades para que la empresa tomara medidas contra ambos y revisara la propiedad del proyecto.
Yo entregué todas mis pruebas y dejé que los abogados hicieran el resto.
Melissa nunca recuperó el dinero que esperaba conseguir utilizando Fénix.
Daniel perdió mucho más que su matrimonio: perdió la confianza de quienes habían creído que aquel proyecto era suyo.
Meses después, Fénix finalmente salió adelante con mi nombre reconocido como creadora principal.
La noche del lanzamiento recibí un último mensaje de Daniel:
“¿De verdad nunca vas a perdonarme?”
Miré aquella vieja fotografía de él abrazando a Melissa.

Y respondí:
“Ya lo hice. Por eso pude seguir adelante.”
Después bloqueé su número.
Aquella foto pretendía destruirme.
Terminó siendo el regalo que necesitaba para dejar de vivir inclinada.