Clara dejó de sonreír.
Sebastián me miró como si no hubiera entendido.
—¿Policía?
—Sí.
Levanté el teléfono.
—Porque ese anillo es mío.
Clara escondió la mano detrás de la espalda.
—¡Sebas, dile algo! Ella está obsesionada conmigo.
—Entonces enséñalo —dije.
—¿Qué?
—El interior del anillo.
Sebastián frunció el ceño.
Yo misma había encargado aquel diamante.
En la cara interna de la alianza había una inscripción diminuta:
V.M. — 17/09.
Mis iniciales.
La fecha en que Sebastián me pidió matrimonio.
Clara retrocedió.
—No tengo por qué demostrarte nada.
—No tendrás que demostrármelo a mí.
Miré hacia la puerta.
—Se lo explicarás a la policía.
Sebastián dio un paso hacia ella.
—Clara, déjame verlo.
—Sebas…
—El anillo.
Por primera vez, su tono no fue cariñoso.
Clara se lo quitó lentamente.
Sebastián leyó la inscripción.
Su rostro cambió.
—¿De dónde lo sacaste?
Ella empezó a llorar.
—Yo… lo encontré.
—¿Dónde?
—En la oficina.
Solté una risa.
—Curioso. Yo lo perdí dentro de mi apartamento.
Silencio.
Sebastián me miró.
—¿Cómo sabes eso?
Saqué una carpeta del bolso.
—Porque después de que desapareció revisé las cámaras del edificio.
Clara palideció.
Aquella noche, dos días antes de que yo denunciara la pérdida, una cámara del pasillo había grabado a Clara entrando en mi apartamento.
No sola.
Usando una tarjeta de acceso temporal emitida desde la oficina de Sebastián.
Él miró la imagen.
Luego a Clara.
—¿Entraste en su casa?
—Solo fui a buscar unos documentos que tú necesitabas.
—Nunca te envié.
Clara dejó de llorar.
Su máscara empezaba a romperse.
Entonces llegaron los agentes.
Pero el anillo era apenas el comienzo.
Mi abogada también apareció.
Colocó sobre la mesa los estatutos originales de la empresa.
Sebastián se rio nerviosamente.
—¿Qué haces?
—Terminando la reunión que tú empezaste.
Abrí el documento.
—No puedes retirarme mis acciones.
—Soy el director general.
—Y yo soy propietaria del cuarenta y ocho por ciento de la compañía.
Los murmullos regresaron.
Sebastián palideció.
—Eso ya lo sé.
—Entonces también deberías saber que cualquier transferencia superior al cinco por ciento requiere mi firma notarial y la aprobación del consejo.
Señalé los papeles que había roto.
—Ese contrato no valía nada.
Clara me miró.
La codicia desapareció de su rostro.
—Pero Sebas dijo…
—Sebas habla mucho.
Sebastián apretó los dientes.
—Valeria, no hagas esto personal.
Lo miré incrédula.
—Cancelaste nuestra boda, intentaste quitarme mi participación y me acusaste públicamente para proteger a la mujer que robó mi anillo.
Me incliné hacia él.
—Tú lo hiciste personal.
Entonces mi abogada mostró algo peor.
Los informes alterados.
Clara llevaba meses modificando documentos internos para hacer parecer que mis departamentos generaban pérdidas.
Los originales seguían guardados en las copias de seguridad.
Y varias firmas atribuidas a mí no eran mías.
Sebastián comenzó a revisar las páginas.
—Esto es imposible.
—No lo es.
Miré a Clara.
—Simplemente nunca comprobaste nada porque preferías creerle.
Clara explotó.
—¡Porque tú siempre tenías todo!
Todos la miraron.
—La empresa. El puesto. El dinero. A Sebastián.
Su voz ya no era dulce.
—Yo trabajaba para ustedes y tú entrabas a las reuniones como si fueras mejor que todos.
—Así que robaste mi anillo.
—Solo quería que él entendiera que tú no lo merecías.
Sebastián retrocedió.
—¿Tú escondiste el anillo para hacerme creer que Valeria lo había perdido?
Clara guardó silencio.
Eso fue suficiente.
La policía se la llevó para declarar.
Pero cuando pasó junto a Sebastián, lanzó la última bomba.
—No finjas que eres inocente. Tú querías castigarla mucho antes de que yo encontrara ese anillo.
Toda la sala quedó helada.
Lo miré.
Sebastián no negó nada.
Ahí terminó nuestra relación.
No cuando vi el anillo.
No cuando anunció su boda con Clara.
Terminó cuando comprendí que él había estado esperando una excusa para ponerme de rodillas.
Una semana después, el consejo se reunió.
La investigación interna confirmó manipulación de documentos, abuso de autoridad y decisiones tomadas sin autorización.
Sebastián fue removido temporalmente como director general.
Clara fue despedida.
Yo no pedí recuperar la boda.
Pedí recuperar la empresa.
Meses después, vendí parte de mis acciones a un fondo y conservé suficiente participación para seguir en el consejo.
Sebastián intentó buscarme muchas veces.
La última fue frente al edificio donde todo había comenzado.
—Valeria.
Me detuve.
—Clara confesó.
—Lo sé.
—Yo fui un idiota.
—También lo sé.
—Nunca me casé con ella.
Sonreí ligeramente.
—Eso ya no importa.
Sacó algo del bolsillo.
Mi anillo.
La policía se lo había devuelto después de cerrar esa parte de la investigación.

—Es tuyo.
Lo tomé.
Sebastián respiró hondo.
—¿Significa algo para ti todavía?
Miré el diamante.
Durante meses había creído que perder ese anillo había destruido mi boda.
Ahora sabía que me había salvado de ella.
—Sí.
Sus ojos se iluminaron.
Entonces abrí el bolso y guardé el anillo.
—Me recuerda que nunca debo confundir años invertidos con una razón para quedarme.
Su expresión se apagó.
Me marché.
Después vendí el diamante.
Con ese dinero financié el primer proyecto de mi nueva empresa.
Y cada vez que alguien me preguntaba por qué había abandonado una boda, un prometido y una compañía que ayudé a construir, respondía lo mismo:
—No perdí un anillo.
Encontré la prueba de que estaba a punto de casarme con el hombre equivocado.