PARTE 2: CUATRO PALABRAS BORRARON EL APELLIDO LANCASTER DEL PODER

El primer teléfono sonó antes de que Edward Lancaster apagara las velas.

Adrian miró la pantalla y rechazó la llamada.

Treinta segundos después volvió a sonar.

Luego el teléfono de su padre.

Después el del director financiero.

Cuando tres ejecutivos abandonaron la mesa simultáneamente, Edward dejó la copa.

—¿Qué ocurre?

El director financiero regresó pálido.

—North Peak acaba de cancelar todas las líneas de financiación.

Adrian se levantó.

—Eso es imposible.

—También retiraron las garantías de los proyectos de semiconductores y baterías. Dos bancos están suspendiendo crédito hasta revisar nuestra exposición.

La música seguía sonando.

Pero las conversaciones comenzaron a apagarse.

Los invitados importantes entendían perfectamente qué significaba aquello.

Natalie apareció junto a Adrian.

—¿No puedes llamar a la presidenta de North Peak?

—Nunca he hablado directamente con ella.

Aquella respuesta casi me hizo sonreír.

Durante tres años, Adrian había presumido de su extraordinaria relación con North Peak.

La verdad era mucho más sencilla.

North Peak tenía una extraordinaria relación conmigo.

Entonces llegó otra noticia.

El socio que debía invertir en biomedicina se retiraba.

Después otro.

Y otro.

El imperio Lancaster no estaba cayendo porque yo lo hubiera atacado.

Simplemente había dejado de sostenerlo.

Edward golpeó la mesa.

—¡Encuentren a “la Novena”! ¡Quiero hablar con ella personalmente!

Mi teléfono vibró.

Claire.

“Todo ejecutado. ¿Hacemos pública su identidad?”

Miré a Adrian.

Él estaba abrazando a Natalie mientras intentaba tranquilizarla.

Incluso entonces la eligió a ella.

Respondí:

“Sí.”

Cinco minutos después, las pantallas del salón que mostraban fotografías del cumpleaños cambiaron.

Apareció el comunicado corporativo de North Peak.

Sophia Langford, fundadora y accionista controladora, retomará oficialmente la presidencia.

El silencio fue absoluto.

Edward miró la pantalla.

Luego me miró a mí.

Adrian hizo lo mismo.

Natalie fue la primera en comprender.

—¿Tú eres… la Novena?

Dejé lentamente mi copa sobre la mesa.

—Así me llaman.

Adrian palideció.

—Sophia… esto tiene que ver con el divorcio.

—No.

Saqué de mi bolso el acuerdo que acababa de firmar.

—El divorcio únicamente terminó mi obligación de seguir protegiendo los intereses de una familia a la que ya no pertenezco.

Edward se levantó.

—¡Pero prometiste cuidar de Adrian!

Aquello sí consiguió hacerme reír.

—Se lo prometí a su madre.

Lo miré directamente.

—No prometí financiar a su amante.

Natalie retrocedió, humillada ante cientos de invitados.

Adrian se acercó.

—Podemos romper el acuerdo. No lo hemos presentado todavía.

Tres millones de yuanes.

Un apartamento.

Diez minutos antes aquello era todo lo que pensaba que yo valía.

Ahora quería recuperar a su esposa.

O quizá solo a su inversionista.

—No confundas arrepentimiento con amor, Adrian.

Pasé junto a él.

Al llegar a la puerta, Claire ya me esperaba.

Detrás de mí escuché a Edward exigir soluciones, teléfonos sonar y ejecutivos abandonar discretamente el banquete.

Tres meses después, dos proyectos Lancaster fueron vendidos y su salida a bolsa quedó suspendida indefinidamente.

Natalie dejó a Adrian poco después.

Él me solicitó una reunión once veces.

Rechacé todas.

La duodécima llegó acompañada de una nota:

“Ahora entiendo todo lo que hiciste por mí.”

La leí una vez.

Luego la eliminé.

Porque ese era precisamente el problema.

Tuvo que perderlo todo para entender lo que había tenido.

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