PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE COMPETIR POR MI PROPIO LUGAR

Ethan todavía sostenía la mano de Chloe cuando cerré mi maleta.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Me voy a otro hotel.

Chloe se incorporó enseguida.

—Olivia, fue solo un perfume. Puedo pagártelo.

La miré.

—Nunca fue por el perfume.

Ethan soltó su mano y se acercó.

—¿Otra vez vas a arruinar el viaje por esto?

Por primera vez, sus palabras no me dolieron.

—No. Tú disfruta el viaje que elegiste. Yo disfrutaré el mío.

Pasé junto a él.

Ethan me sujetó por la muñeca.

—Olivia, deja de comportarte como si Chloe y yo tuviéramos algo.

—No necesito que tengan algo.

Lo miré directamente.

—Solo necesitaba descubrir que cada vez que debías elegir entre hacerme sentir importante o proteger sus sentimientos, elegías los suyos.

Su mano se aflojó.

—Ella me necesita.

—Exactamente.

Sonreí.

—Y yo ya no.

Me marché.

Reservé una habitación pequeña frente al mar y cambié el vuelo de regreso. Después eliminé nuestro itinerario compartido y cancelé la reserva que yo había pagado para nuestra cena de graduación.

A la mañana siguiente fui sola al acantilado de los deseos.

Ethan había prometido que allí pediríamos permanecer juntos hasta viejos.

Yo pedí algo diferente.

No volver a quedarme donde tuviera que suplicar por un lugar.

Cuando regresé al hotel, tenía diecisiete llamadas perdidas.

La última venía acompañada de un mensaje:

“Chloe me dijo que regresaras. Está llorando porque cree que todo esto es culpa suya.”

Me quedé mirando aquellas palabras.

Incluso cuando yo desaparecía de su lado, Ethan seguía preocupado por cómo se sentía Chloe.

Respondí:

“No es culpa de Chloe. Es tu elección. Siempre lo fue.”

Después bloqueé su número.

Tres días más tarde regresé a casa.

Pensé que aquello sería el final.

No lo fue.

Ethan apareció frente a mi apartamento la noche siguiente.

Llevaba el llavero que había llamado infantil.

—Terminé el viaje antes —dijo.

—¿Y Chloe?

—Volvió con su familia.

Esperó una reacción.

No la hubo.

—Olivia, entendí que me equivoqué.

Sacó el llavero del bolsillo.

—Nunca quise perderte.

Lo observé durante unos segundos.

Meses atrás habría dado cualquier cosa por escuchar aquello.

Ahora solo sentía cansancio.

—No me perdiste en el avión, Ethan.

Su expresión se quebró.

—Entonces, ¿cuándo?

—Cada vez que me pediste que fuera comprensiva mientras tú nunca intentabas comprenderme.

Intentó acercarse.

Retrocedí.

—Podemos empezar de nuevo.

Negué.

—Yo ya empecé de nuevo.

Dos meses después acepté un puesto en otra ciudad.

El día de mi graduación encontré un paquete frente a mi puerta.

Dentro estaba el viejo llavero.

También había una carta de Ethan.

No la abrí.

Guardé el llavero en una caja con las cosas de la universidad y tiré la carta.

Porque algunas historias no terminan cuando deja de existir el amor.

Terminan cuando finalmente entiendes que recordar lo que una persona fue no te obliga a aceptar en quién se convirtió.

Ethan había prometido llevarme al acantilado para pedir un futuro juntos.

Al final fui sola.

Y fue allí donde, por primera vez en cuatro años, elegí un futuro que no necesitaba incluirlo.

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