PARTE 2: LA CASA NO ESTABA EMBRUJADA… ERA EL TALLER PERDIDO DE UN MAESTRO

No abrí la puerta.

—La compraventa está firmada y pagada —respondí desde dentro—. Esta propiedad ya es mía.

El antiguo dueño golpeó otra vez.

—¡Hubo un error! ¡Te devolveré los 180,000!

Miré los frascos.

Ahora estaba segura.

No habían regresado por el apartamento.

Habían regresado por lo que escondía.

—Entonces hablaremos con abogados.

El silencio duró varios segundos.

Uno de los hombres murmuró:

—Ya lo encontró.

Escuchar aquello confirmó mis sospechas.

Llamé al agente inmobiliario y pedí que acudiera con una copia certificada del contrato. Después fotografié cada frasco, el compartimento y el estado original de las paredes.

No tocaría nada hasta documentarlo.

Cuando finalmente llegaron representantes legales, el antiguo propietario cambió su historia.

Primero dijo que la venta había sido un error.

Después aseguró que los objetos ocultos no estaban incluidos.

Finalmente soltó la verdad.

—¡Esas lacas pertenecían a mi abuelo!

Eso me hizo detenerme.

—¿Quién era su abuelo?

No respondió.

Uno de sus acompañantes sí.

—Maestro Shen Rong.

Sentí un escalofrío.

Conocía ese nombre.

Mi abuelo lo mencionaba cuando yo era pequeña.

Shen Rong había sido un artesano extraordinario especializado en técnicas tradicionales de lacado. Décadas atrás desapareció del mundo artístico y muchas de sus fórmulas se consideraron perdidas.

Pero había algo todavía más extraño.

Mi abuelo había trabajado con él.

Saqué uno de los frascos.

En el papel aceitado había un pequeño símbolo dibujado a mano.

Dos círculos atravesados por una línea.

Lo reconocí inmediatamente.

Era la marca que aparecía en las páginas más antiguas del cuaderno de mi abuelo.

Aquello no era simplemente un almacén.

Era un taller.

Y quizá contenía una parte perdida de la historia de mi propia familia.

Durante las semanas siguientes contraté especialistas para revisar el apartamento antes de restaurarlo.

Entonces descubrimos por qué tantas personas se habían sentido mal allí.

No había fantasmas.

Las habitaciones habían permanecido cerradas durante años, con ventilación deficiente y numerosos materiales antiguos almacenados incorrectamente. La combinación producía aquel ambiente desagradable que alimentó la leyenda.

La historia de la “casa embrujada” había reducido su precio durante años.

Y también había protegido accidentalmente lo que escondía.

Detrás de otra pared apareció una caja de madera.

Dentro había herramientas, muestras, fotografías y varios cuadernos.

En una fotografía aparecían dos hombres jóvenes.

Uno era Shen Rong.

El otro…

era mi abuelo.

En el reverso había una frase:

“Cuando podamos volver a trabajar, terminaremos juntos las doce capas.”

Me quedé mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.

Entonces comprendí lo que realmente había comprado por 180,000 yuanes.

No una fortuna rápida.

Una segunda oportunidad.

Utilicé parte de mis ahorros restantes para restaurar cuidadosamente el lugar y contacté con especialistas para autenticar y conservar el material.

Meses después abrí allí un pequeño estudio de laca tradicional.

Conservé una sección de la pared original.

El primer día, mi exnovio apareció.

Su madre también.

La misma mujer que había dicho que una muchacha desempleada de provincia jamás sería suficiente para su familia ahora sonreía como si nunca hubiera pronunciado aquellas palabras.

—Escuchamos que tu propiedad podría valer muchísimo —dijo—. Después de todo, ustedes todavía se quieren…

La miré.

Luego miré al hombre que había permitido que su madre decidiera cuánto valía yo.

—La casa estaba disponible por 180,000 —respondí—. Pudieron comprarla ustedes.

Cerré la puerta.

Un año después, aquel pequeño estudio comenzó a colaborar con galerías y escuelas artesanales.

Pero nunca vendí el apartamento.

La gente seguía llamándolo “la casa embrujada”.

Yo tampoco intentaba corregirlos.

Porque, de alguna manera, tenían razón.

Había algo del pasado viviendo entre aquellas paredes.

Solo que no era un fantasma.

Era un arte que todos habían dado por muerto.

Y estaba esperando a que alguien abriera las cortinas.

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