—Detén el coche.
Adrián me miró por el retrovisor.
—Está lloviendo.
—He dicho que pares.
El automóvil se detuvo junto a la acera.
Antes de bajar, respiré profundamente.
—Sobre aquella noche, no tienes que compensarme.
—Lucía…
—Necesito dinero, sí. Pero no quiero el tuyo.
Abrí la puerta.
Entonces Adrián dijo:
—La pulsera.
Me congelé.
—¿Qué?
Levantó la muñeca izquierda.
La pulsera roja seguía allí.
—¿De verdad creíste que Clara me la regaló?
Mi corazón dio un golpe extraño.
—Yo la hice para ella.
—No.
Adrián me miró.
—La hiciste para mí.
No entendí.
Él soltó una risa breve.
—Hace dos años me regalaste una exactamente igual.
Los recuerdos regresaron.
Antes de aquella noche, había tejido una pulsera roja para su cumpleaños.
Nunca tuve valor para entregársela directamente.
Se la di a Elena, su prima.
—Si pregunta, dile que es de parte de todos.
Después desaparecí y asumí que la habría tirado.
—La que Clara te dio…
—Se rompió el primer día.
Adrián levantó la muñeca.
—Esta lleva conmigo dos años.
Me quedé sin palabras.
—Entonces… ¿por qué?
¿Por qué me rechazaste?
¿Por qué dijiste que esperabas a otra mujer?
Pero no pregunté.
Bajé del coche.
Aquella noche Clara regresó tarde.
Estaba radiante.
—Lucía, tengo buenas noticias.
Sacó una invitación.
—Adrián quiere comprometerse.
Sentí que algo se hundía dentro de mí.
—Felicidades.
—Pero hay otra cosa.
Clara se sentó frente a mí.
—¿Recuerdas que te dije que Adrián y yo fuimos novios en la universidad?
Asentí.
Ella bajó los ojos.
—Mentí.
La miré.
—Nunca fuimos pareja.
—¿Qué?
—Nuestras familias querían unirnos. Yo estaba enamorada de él, pero Adrian nunca aceptó.
La habitación pareció quedarse sin aire.
—Entonces ¿por qué dijiste que había esperado años por ti?
Clara sonrió avergonzada.
—Porque cuando regresé, me buscó.
—Pensé que finalmente había cambiado de opinión.
—¿Y ahora?
Su sonrisa desapareció.
—Ahora sé que no.
Sacó el teléfono.
Había una conversación con Adrián.
Clara había escrito:
“¿Cuándo anunciaremos nuestro compromiso?”
Su respuesta:
“No habrá compromiso.”
Después:
“Solo acepté fingir ser tu novio porque tu padre condicionó la financiación de su tratamiento a que dejaras de ver a aquel músico. Me pediste tres meses para resolverlo. Los tres meses terminan el viernes.”
Sentí que los dedos se me enfriaban.
—Entonces él…
—Nunca fue mi novio de verdad.
Clara me observó.
—Pero hay algo todavía más raro.
Amplió una fotografía.
Era Adrián dormido durante un vuelo.
En su cartera abierta se veía una fotografía vieja.
Una chica de espaldas, sentada en las escaleras de nuestra antigua universidad.
Yo.
—Encontré esto hace semanas —susurró Clara—. Por eso te pedía que no estuvieras aquí cuando venía.
Mi garganta se cerró.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que mencionaba tu nombre, Adrián dejaba de escucharme.
En ese momento llamaron a la puerta.
Clara fue a abrir.
Era Daniel Jiang.
El mejor amigo de Adrián.
Me vio.
Se quedó completamente inmóvil.
Después cruzó la sala y me abrazó con fuerza.
—¡Estás viva!
Retrocedí sorprendida.
Daniel tenía los ojos rojos.
—¿Sabes cuánto tiempo llevamos buscándote?
—Adrián dijo que tú…
Daniel soltó una carcajada incrédula.
—¿Yo?
Giró hacia la puerta.
—Ese desgraciado gastó una fortuna buscándote.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
Daniel comprendió demasiado tarde que había hablado de más.
—Olvídalo.
—No.
Me acerqué.
—Dime la verdad.
Daniel apretó los labios.
Finalmente sacó su teléfono.
Me mostró docenas de correos.
Agencias privadas.
Hospitales.
Registros universitarios.
Búsquedas en varias ciudades.
Todas las solicitudes llevaban el mismo nombre de cliente.
Adrián Liang.
—Durante dos años —dijo Daniel—. Nunca dejó de buscarte.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—Pero él dijo que tú…
—Porque es un idiota.
Daniel respiró hondo.
—Y porque todavía cree que rechazarte aquella mañana fue lo correcto.
—¿Por qué?
Daniel guardó silencio.
Entonces Clara respondió por él.
—Porque aquella noche Adrián recibió los resultados médicos de su padre.
La miré.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo?
—Su padre tenía una enfermedad hereditaria. Adrián creyó durante meses que él también podía tenerla.
Mis dedos empezaron a temblar.
Daniel añadió:
—Cuando te declaraste, todavía esperaba sus propios resultados.
Recordé cada palabra.
“Ya hay una mujer que me gusta.”
“Llevo mucho tiempo esperándola.”
—Entonces aquella mujer…
Daniel me miró como si la respuesta fuera demasiado evidente.
—Lucía.
—Siempre fuiste tú.
No pude hablar.
Dos años creyendo que había sido una noche sin importancia.
Dos años huyendo de un hombre que pensé que nunca me había querido.
Entonces escuchamos un motor abajo.
Me acerqué lentamente a la ventana.
El automóvil negro estaba aparcado bajo la lluvia.
Adrián seguía allí.
No se había marchado.
Estaba apoyado contra el coche, completamente empapado, mirando hacia nuestra ventana.
Y alrededor de su muñeca seguía aquella pulsera roja.
La primera.
La que yo había tejido dos años atrás.
Clara se colocó detrás de mí.
—Creo que deberías preguntarle una cosa.
—¿Cuál?
Ella sonrió con tristeza.
—Por qué un hombre que supuestamente nunca te quiso conservó durante dos años lo único que le regalaste.
Esta vez no esperé.
Bajé corriendo.
Adrián levantó la cabeza al verme.
—¿Qué haces aquí?
Me detuve frente a él.
—Daniel me contó todo.
Su expresión cambió.
—Daniel habla demasiado.
—¿Me buscaste durante dos años?
Silencio.
—¿La mujer que esperabas era yo?
Adrián cerró los ojos.
Por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre que siempre parecía tener una respuesta no tuvo ninguna.
Entonces agarré su muñeca.
—Y dime una última cosa.
Toqué la pulsera roja.
—Si querías que desapareciera de tu vida…
Lo miré directamente.
—¿por qué nunca te quitaste esto?
Adrián bajó los ojos hacia mis dedos.
Cuando volvió a mirarme, toda aquella frialdad había desaparecido.
—Porque rechazar que estuvieras conmigo fue una decisión.
Su voz salió baja.
—Dejar de quererte nunca lo fue.