Álvaro entró detrás de la comisión pocos segundos después.
Al ver la carpeta roja, se quedó pálido.
Mi tutora colocó varios documentos sobre la mesa.
—Tenemos los registros completos del sistema.
Primero apareció el acceso de Álvaro utilizando sus permisos estudiantiles.
Después, la eliminación temporal de mi expediente.
Finalmente, la carga de los documentos de Sonia en mi plaza.
Álvaro intentó defenderse.
—Solo quería ayudarla a comprobar si sus archivos eran compatibles.
Mi tutora levantó otra hoja.
—Entonces explíqueme por qué modificó también la autoría de estos resultados científicos.
Sonia dejó de respirar.
Aquello era peor.
Dos gráficos de su solicitud procedían directamente de mi proyecto.
Yo había compartido los archivos con ella meses antes para que aprendiera a procesar datos.
Sonia empezó a llorar.
—Álvaro dijo que Clara tenía tantos resultados que utilizar dos no le haría daño.
Todos miraron a Álvaro.
Él se volvió hacia ella.
—¡Fuiste tú quien dijo que Clara siempre conseguía todo!
—¡Porque tú prometiste darme su plaza!
La discusión terminó de destruirlos.
La comisión ya no necesitaba demasiadas explicaciones.
Aquella tarde suspendieron temporalmente los privilegios académicos de Álvaro y abrieron un procedimiento disciplinario contra ambos. La solicitud de Sonia quedó invalidada.
Pero Álvaro todavía creyó que podía recuperarme.
Me esperó frente a la residencia.
—Clara, cometí un error.
—No. Cometiste varias decisiones.
Intentó acercarse.
—Pensé que tú podrías recuperarte. Sonia no tiene tus oportunidades.
Lo miré durante unos segundos.
—Eso es precisamente lo que nunca entendiste.
—Mi futuro no vale menos porque yo sea capaz de construirlo otra vez.
Lo dejé allí.
Semanas después llegó la confirmación definitiva de Pekín.
Admitida.
Mi tutora me abrazó cuando vio la carta.
Sonia abandonó el laboratorio. Álvaro perdió su cargo estudiantil y su propia solicitud quedó sometida a revisión por el uso indebido del sistema.
La última vez que lo vi fue el día de mi graduación.
Me preguntó:
—Si aquella noche no hubiera enviado ese mensaje por error, ¿seguiríamos juntos?
Pensé en ello.
Después negué.
—Probablemente.
Álvaro pareció sorprendido.
Sonreí.
—Y eso habría sido mucho peor para mí.
Meses después crucé las puertas de la Universidad de Pekín llevando una sola maleta.
Había perdido un novio.
Había perdido una amiga.
Pero conservaba algo mucho más difícil de recuperar:

el futuro que ambos habían intentado decidir por mí.
Todo porque, cuando faltaban dos minutos, en lugar de llorar…
recordé mi contraseña.